Pues no. O, en todo caso, eso debía ser antes de la tragedia. O sea, de la revolución pedagógica. Desde el advenimiento de la LOGSE (1990), e incluso desde la LODE misma (1985), todo es educación y nada es enseñanza. Sobre todo en los niveles donde el maestro ejerce su ley. De resultas de ello, lo que los pedagogos llaman sin rubor alguno «segmento de ocio» y que el común de la gente conoce como «recreo» o como «patio», difiere más bien poco de lo que siempre se ha llamado «la clase». Es más, en Cataluña, ese batiburrillo educativo ha facilitado enormemente la generalización impositiva del monolingüismo en el conjunto del recinto escolar, recreo incluido, tal y como rezaba aquella circular del Departamento de 2004: «No basta con que toda la enseñanza se haga en catalán: debemos recuperar el patio, el pasillo, el entorno». Dados los precedentes, me parece muy bien que los autos y las sentencias vayan poniendo las cosas en su sitio. Pero que nadie se rasgue ahora las vestiduras. Hace mucho tiempo que el barco zozobra. Y es lícito imaginar que ya nada ni nadie podrá reflotarlo.
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Veo a la llamada prensa de referencia y a sus innúmeros opinadores bastante escandalizados con la revelación de que la Generalitat catalana computa la hora de recreo de sus centros de enseñanza como hora educativa. La revelación proviene de un auto del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) que desestima el recurso del Departamento de Educación contra una sentencia del propio TSJC de diciembre pasado en la que se obligaba a la Administración catalana a indemnizar con 3.000 euros a la familia de una niña que no había sido escolarizada en castellano cuando cursaba P4, o sea, en segundo año de educación infantil. El recurso en cuestión alegaba que a esa edad el aula y el patio, tanto monta, monta tanto. Que todo es educación, vaya, y que si a la niña el castellano no se le aparecía por ningún lado cuando estaba bajo techo, ya se le aparecería al aire libre, allí donde los instintos maternos –la lengua, entre ellos– se manifiestan sin cortapisas. Ante ello, el auto remite a una sentencia de julio de 2011 en la que, aparte de recordarse que la Administración no puede regular el uso de las lenguas en el tiempo libre de los alumnos, se afirma que no puede confundirse el horario lectivo con el tiempo de recreo, que son dos cosas distintas por más que ambas cumplan una función educativa.
Pues no. O, en todo caso, eso debía ser antes de la tragedia. O sea, de la revolución pedagógica. Desde el advenimiento de la LOGSE (1990), e incluso desde la LODE misma (1985), todo es educación y nada es enseñanza. Sobre todo en los niveles donde el maestro ejerce su ley. De resultas de ello, lo que los pedagogos llaman sin rubor alguno «segmento de ocio» y que el común de la gente conoce como «recreo» o como «patio», difiere más bien poco de lo que siempre se ha llamado «la clase». Es más, en Cataluña, ese batiburrillo educativo ha facilitado enormemente la generalización impositiva del monolingüismo en el conjunto del recinto escolar, recreo incluido, tal y como rezaba aquella circular del Departamento de 2004: «No basta con que toda la enseñanza se haga en catalán: debemos recuperar el patio, el pasillo, el entorno». Dados los precedentes, me parece muy bien que los autos y las sentencias vayan poniendo las cosas en su sitio. Pero que nadie se rasgue ahora las vestiduras. Hace mucho tiempo que el barco zozobra. Y es lícito imaginar que ya nada ni nadie podrá reflotarlo.
Pues no. O, en todo caso, eso debía ser antes de la tragedia. O sea, de la revolución pedagógica. Desde el advenimiento de la LOGSE (1990), e incluso desde la LODE misma (1985), todo es educación y nada es enseñanza. Sobre todo en los niveles donde el maestro ejerce su ley. De resultas de ello, lo que los pedagogos llaman sin rubor alguno «segmento de ocio» y que el común de la gente conoce como «recreo» o como «patio», difiere más bien poco de lo que siempre se ha llamado «la clase». Es más, en Cataluña, ese batiburrillo educativo ha facilitado enormemente la generalización impositiva del monolingüismo en el conjunto del recinto escolar, recreo incluido, tal y como rezaba aquella circular del Departamento de 2004: «No basta con que toda la enseñanza se haga en catalán: debemos recuperar el patio, el pasillo, el entorno». Dados los precedentes, me parece muy bien que los autos y las sentencias vayan poniendo las cosas en su sitio. Pero que nadie se rasgue ahora las vestiduras. Hace mucho tiempo que el barco zozobra. Y es lícito imaginar que ya nada ni nadie podrá reflotarlo.
El recreo educativo
1 de abril de 2015
Sigo con gran interés, no exento de cierta morbosidad, el salto a la política de actores, catedráticos de universidad, escritores y presentadores televisivos. No se trata de un fenómeno masivo, pero sí lo suficientemente importante como para prestarle la debida atención. Les recuerdo los nombres: Ángel Gabilondo, Luis García Montero, Alberto San Juan, Juanjo Puigcorbé, Ángeles Caso, Fernando Delgado, etc. En los primeros años de nuestra democracia resultaba habitual que los partidos políticos, en especial los de izquierdas, trufaran sus listas electorales con personajes más o menos ilustres procedentes de la llamada sociedad civil. Independientes, los llamaban. Solían ir en puestos de cabeza, donde se les viera, pero sin que una tal posición entrañara generalmente responsabilidad alguna en las tareas parlamentarias o ejecutivas de la formación en la que aparecían encuadrados. Su función era la de florero, y lo más a que podían aspirar era a que les cambiaran el agua de tarde en tarde. Pero, a medida que la política fue profesionalizándose, los llamados independientes empezaron a estorbar. Para los aparatos de los partidos, constituían una suerte de bomba de relojería. Su independencia de criterio y de acción —de haberla, claro— contrastaba con la bien remunerada sumisión de cargos y militantes. Puede que el caso del juez Baltasar Garzón, número 2 de la lista del PSOE por Madrid en las generales de 1993, detrás de Felipe González, fuera el punto culminante y sin retorno de esa desafección. Por lo demás, el propio partido ya había vivido años antes con el ministro de Cultura Semprún un conflicto análogo, maravillosamente narrado por su protagonista en las páginas de Federico Sánchez se despide de ustedes.
Y ahora, coincidiendo con la crisis de los partidos y de los políticos, esas figuras de la sociedad civil han reaparecido. Pero a menudo no ya como simple ornato, sino como válvula de salvación. Es el caso de Gabilondo y García Montero, candidatos de PSOE e IU, respectivamente, a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Y, según cuenta hoy María Jesús Cañizares en Abc, podría ser también el de aquel o aquella a quien el PSC ofrezca la primera plaza de su lista en las autonómicas catalanas, previstas, si nada lo remedia, para el próximo 27 de septiembre. Aquí el problema, ya lo adivinan, no es tanto l’embarras du choix como la falta de hipotéticos candidatos. Y es que el irrefrenable desmembramiento del partido ha ido acompañado de la imparable deserción de sus compañeros de viaje. O han cambiado de bandera, o han hecho mutis por el foro. Años atrás el PSC aún podría haber echado mano de ese hombre bueno llamado Josep Maria Castellet. Pero Castellet ya no es de este mundo. Claro que, bien mirado, el partido tampoco. Y, así las cosas, ¿qué mejor que un fantasma para encabezar la lista de un partido que ha alcanzado ya un estado parecido?
Y ahora, coincidiendo con la crisis de los partidos y de los políticos, esas figuras de la sociedad civil han reaparecido. Pero a menudo no ya como simple ornato, sino como válvula de salvación. Es el caso de Gabilondo y García Montero, candidatos de PSOE e IU, respectivamente, a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Y, según cuenta hoy María Jesús Cañizares en Abc, podría ser también el de aquel o aquella a quien el PSC ofrezca la primera plaza de su lista en las autonómicas catalanas, previstas, si nada lo remedia, para el próximo 27 de septiembre. Aquí el problema, ya lo adivinan, no es tanto l’embarras du choix como la falta de hipotéticos candidatos. Y es que el irrefrenable desmembramiento del partido ha ido acompañado de la imparable deserción de sus compañeros de viaje. O han cambiado de bandera, o han hecho mutis por el foro. Años atrás el PSC aún podría haber echado mano de ese hombre bueno llamado Josep Maria Castellet. Pero Castellet ya no es de este mundo. Claro que, bien mirado, el partido tampoco. Y, así las cosas, ¿qué mejor que un fantasma para encabezar la lista de un partido que ha alcanzado ya un estado parecido?
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El fantasma de Castellet
30 de marzo de 2015
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha celebrado la entrada de Ciudadanos en el Parlamento de Andalucía con estas palabras: «Damos la bienvenida a que haya una nueva derecha, civilizada, pero derecha al fin y al cabo». Son palabras muy reveladoras. Entre otras cosas, porque demuestran hasta qué punto el joven secretario general Sánchez pertenece a la vieja política. Para él la derecha es barbarie, barbarie pura y dura. Por eso sólo es digna de recibir la bienvenida aquella que ha sido sometida a un proceso civilizatorio. ¿Y aquí quién civiliza?, se preguntarán. Pues la izquierda, claro. Una izquierda que no precisa de adjetivos edulcorantes ni de liftings radicales para andar por el mundo. Al contrario de lo que ocurre con la derecha, no hay izquierda civilizada ni izquierda ilustrada. Sólo izquierda. Y, por supuesto, no hay tampoco, a sus ojos, extrema izquierda ni izquierda extrema. Todos esos matices son propios de la derecha, y es la izquierda, desde su congénita superioridad moral, la que los otorga y los administra.
Así pues, la gente de Ciudadanos debe dar gracias al cielo por haber sido ungida con ese «civilizada». Para la izquierda son derecha, qué le vamos a hacer, pero, por suerte, parece que pillaron a tiempo el tren de la civilización. Yo, que tomé parte hace ya una década en la gestación de la criatura, me acuerdo aún de aquellos largos debates en los que algunos tratábamos de superar la clásica dicotomía entre derecha e izquierda apelando a la razón. O sea a la ilustración. Y puede que, inconscientemente también, a la civilización. No sé si lo logramos. Pero ahora, vencidos ya diez años, quisiera creer que ese «civilizada» de Sánchez no es sólo el clásico latiguillo de la vieja política, sino un valor firmemente asentado entre los atributos de un partido al que ya nadie se atreve a ningunear.
Así pues, la gente de Ciudadanos debe dar gracias al cielo por haber sido ungida con ese «civilizada». Para la izquierda son derecha, qué le vamos a hacer, pero, por suerte, parece que pillaron a tiempo el tren de la civilización. Yo, que tomé parte hace ya una década en la gestación de la criatura, me acuerdo aún de aquellos largos debates en los que algunos tratábamos de superar la clásica dicotomía entre derecha e izquierda apelando a la razón. O sea a la ilustración. Y puede que, inconscientemente también, a la civilización. No sé si lo logramos. Pero ahora, vencidos ya diez años, quisiera creer que ese «civilizada» de Sánchez no es sólo el clásico latiguillo de la vieja política, sino un valor firmemente asentado entre los atributos de un partido al que ya nadie se atreve a ningunear.
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Civilizados, sí
25 de marzo de 2015
El candidato de UPyD a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Martín de la Herrán, declaró ayer por la noche, tras conocer los resultados electorales, que los comicios los habían «ganado los partidos de la corrupción y no quien la había combatido». Es una forma de ver las cosas. No hay duda que PSOE y PP son partidos manchados por la corrupción, pero sólo el primero ha ganado las elecciones. Y en cuanto a quienes la han combatido, parece algo pretencioso arrogarse en exclusiva el papel, por más que este haya sido el lema de campaña de UPyD. ¿Acaso no la han combatido también Podemos y Ciudadanos? Por lo demás, hay otra forma de entender los resultados. El PSOE de Susana Díaz ha perdido 120.000 votos con respecto a las autonómicas de 2012, pero ha conservado sus escaños y la posibilidad de seguir gobernando la Comunidad. No es el caso del PP, que se ha dejado en el camino medio millón de votos. Ni el de Izquierda Unida, que ha perdido 160.000. Ni, por supuesto, el de UPyD, que ha perdido 53.000, el 40% de los que tenía. Semejante resultado debería llevar a la dirección del partido —no a la dirección andaluza, sino a la nacional— a una profunda reflexión, tanto más cuanto que Ciudadanos, el partido con el que no quisieron ir al baile, ha obtenido cerca de 300.000 votos más, lo que se ha traducido en 9 escaños por ninguno de UPyD. Y tanto más aún cuanto que una coalición de Ciudadanos y UPyD habría logrado por lo menos 12 escaños —que podrían incluso haberse incrementado hasta alcanzar los 15 de Podemos por el efecto multiplicador del voto que suelen producir tales alianzas—. Sí, ya sé que la dirección y el aparato de UPyD tienen a gala proclamar que ellos y Ciudadanos no son lo mismo. Pero la realidad demuestra que cada vez son menos, incluso en UPyD, quienes se lo creen.
Ayer por la noche Rosa Díez cerraba su cuenta de twitter con una cita de Winston Churchill: «El éxito no es definitivo; el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar». Cierto. Pero esto no es exactamente una guerra —excepto quizá en el imaginario de quienes dirigen ese partido—. Aunque un fracaso electoral no sea necesariamente fatídico, si a ese fracaso se le suman, dentro de un par de meses, unos cuantos más es probable que a nadie le quede ya entonces valor para continuar. A pesar de Churchill.
Ayer por la noche Rosa Díez cerraba su cuenta de twitter con una cita de Winston Churchill: «El éxito no es definitivo; el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar». Cierto. Pero esto no es exactamente una guerra —excepto quizá en el imaginario de quienes dirigen ese partido—. Aunque un fracaso electoral no sea necesariamente fatídico, si a ese fracaso se le suman, dentro de un par de meses, unos cuantos más es probable que a nadie le quede ya entonces valor para continuar. A pesar de Churchill.
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A pesar de Churchill
23 de marzo de 2015
Ha dicho Rajoy esta mañana en Onda Cero, en relación con la política catalana y los delirios nacionalistas, que «las cosas están más serenas que hace un año». Y hasta ha augurado que «dentro de un año las cosas estarán más tranquilas que hoy». Por supuesto, cuando uno ha entrado en campaña todo el monte es orégano. O lo parece. Si a un político, llegada la hora de gobernar, no le comprometen ya los programas electorales —y el presidente del Gobierno es un buen ejemplo de ello—, ¿cómo va a comprometerle un simple pronóstico? Que las cosas, en Cataluña, están más serenas que hace un año es indiscutible. Pero, ¿qué nos permite pensar que aún lo estarán más en marzo de 2016? Nada, por supuesto. La sucesión de convocatorias electorales lo mismo puede sumir al soberanismo en una depresión profunda que desatar una euforia desenfrenada entre sus adeptos —no olviden que los catalanes son de un sentimentalismo atroz—. Todo dependerá, al cabo, de los resultados y, en especial, de los de las autonómicas catalanas y las generales.
Distinto es que Rajoy desee lo que pronostica. Yo también lo deseo, sólo que por otras razones. Y es que las de Rajoy están mucho más cerca, me temo, de su interés como gobernante que de cualquier otra circunstancia. Esa tranquilidad con la que sueña significaría que Mas ha perdido su presidencia mientras que él ha conservado la suya. Es decir, significaría que los populismos que nos acechan —el secesionismo catalán y el chavismo español— no se habrían salido con la suya. Lástima que los sueños, sueños sean.
Distinto es que Rajoy desee lo que pronostica. Yo también lo deseo, sólo que por otras razones. Y es que las de Rajoy están mucho más cerca, me temo, de su interés como gobernante que de cualquier otra circunstancia. Esa tranquilidad con la que sueña significaría que Mas ha perdido su presidencia mientras que él ha conservado la suya. Es decir, significaría que los populismos que nos acechan —el secesionismo catalán y el chavismo español— no se habrían salido con la suya. Lástima que los sueños, sueños sean.
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El presidente pronostica
16 de marzo de 2015
No conozco a Josep Lluís Bauzà. Sólo sé que es el flamante coordinador de Ciudadanos en Baleares y que, al decir de los medios, va a encabezar con toda probabilidad alguna de las principales listas que el partido presentará en las elecciones del 24 de mayo. Y sé algo más, algo fundamental para mí: que él y su partido consideran que las medidas tomadas en esta legislatura por el Gobierno del Partido Popular en relación con el uso del catalán en la Administración y la enseñanza —o sea, la rebaja del nivel de exigencia del conocimiento del catalán en determinados sectores administrativos y la puesta en práctica del decreto de trilingüismo, más conocido por TIL— eran innecesarias y no han creado más que crispación. De ahí que sean partidarios de su retirada y de firmar con las demás fuerzas políticas «y de una vez por todas que esa cuestión no se va a mover en función de quién ocupe el Consolat [sede del Gobierno Balear]». En otras palabras: que Bauzà y Ciudadanos están de acuerdo, por ejemplo, en que el conocimiento del catalán sea un requisito para optar a una plaza en el sistema sanitario de la Comunidad, en que no haya libre elección de lengua en la primera enseñanza y en que el decreto de mínimos —que prescribe que un 50% de la docencia debe impartirse en catalán, porcentaje que ha terminado convirtiéndose con el tiempo en un 100%, esto es, en un modelo de inmersión lingüística— vuelva a regir. Y no durante una legislatura, sino por siempre más, amén.
Como no conozco a Josep Lluís Bauzà, ignoro si tiene antecedentes —en el nacionalismo, se entiende— o si es que simplemente se acomoda sin más al statu quo que el pancatalanismo ha establecido en el archipiélago y que todos los partidos que aspiran a obtener representación en el Parlamento autonómico, excepto UPyD y —según la cara de la luna— el PP, aceptan sin rechistar. Sí me consta, en cambio, que Ciudadanos lleva años promoviendo en Cataluña un modelo educativo trilingüe. Y combatiendo, como no podía ser de otro modo, la inmersión lingüística obligatoria. De lo que deduzco que no debe de tratarse del mismo partido. Y como algo sé de la historia del partido en Cataluña, no me cabe la menor duda de que lo de Baleares es un fake. Así pues, avisados quedan. Y créanme que lo siento.
Como no conozco a Josep Lluís Bauzà, ignoro si tiene antecedentes —en el nacionalismo, se entiende— o si es que simplemente se acomoda sin más al statu quo que el pancatalanismo ha establecido en el archipiélago y que todos los partidos que aspiran a obtener representación en el Parlamento autonómico, excepto UPyD y —según la cara de la luna— el PP, aceptan sin rechistar. Sí me consta, en cambio, que Ciudadanos lleva años promoviendo en Cataluña un modelo educativo trilingüe. Y combatiendo, como no podía ser de otro modo, la inmersión lingüística obligatoria. De lo que deduzco que no debe de tratarse del mismo partido. Y como algo sé de la historia del partido en Cataluña, no me cabe la menor duda de que lo de Baleares es un fake. Así pues, avisados quedan. Y créanme que lo siento.
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¿Ciudadanos?
9 de marzo de 2015
Leo con interés el reportaje de José Luis Barbería en El País sobre una gran crecida que no es, por fortuna, la del Ebro. He dicho con interés y, dado el tenor del artículo, debería añadir que también lo leo con satisfacción, pues no en vano soy uno de los padres de la criatura. Y la criatura, por más que no haya alcanzado aún la mayoría de edad, está pronta a cumplir los nueve años, si nos atenemos a la fundación del partido, y los diez, si tomamos como referencia la llama prendida con el manifiesto de junio de 2005. O sea, está creciendo a lo ancho y a lo largo. Por otra parte, según informa Barbería, «el prototipo de votante de Ciudadanos es una persona urbana con estudios universitarios y edad comprendida entre los 25 y los 54 años». Se trata, sin duda, de otra buena noticia, aunque no afecte más que al prototipo. Ni el segmento de edad más irracional —el de los más jóvenes y el de los más viejos—, ni la población más tradicionalmente conservadora —la rural—, ni la menos formada —la carente de estudios universitarios, si bien esos estudios, hoy en día, ya no son lo que fueron— dominan entre los votantes del partido. Y el reportaje arroja todavía otra buena noticia. Así como en el conjunto de España Ciudadanos es percibido como un partido de centro, en esa parte de España llamada Cataluña se le considera de extrema derecha, esto es, antisistema. Como pueden comprender, que el nacionalismo dominante lo etiquete de este modo es algo de lo que debemos sentirnos todos —fundadores, dirigentes, militantes, simpatizantes, votantes y, en general, cualquier español de bien— profundamente orgullosos. Porque supone que el partido ha sabido ocupar el centro político, el eje de la balanza, el espacio en el que se asientan los cimientos mismos del sistema. Que no son otros —y perdonen la obviedad— que los de un Estado formado por ciudadanos libres e iguales.
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La crecida ciudadana
2 de marzo de 2015
A juzgar por las réplicas mediáticas del ligero temblor parlamentario de ayer por la tarde en el Congreso, a Rajoy se le fue la mano al decirle a Sánchez: «Ha sido usted patético». Por lo visto, un parlamentario no puede espetarle a otro que ha sido patético. Tal vez porque nadie parece advertir en el adjetivo su sentido recto, el único recogido en el DRAE, y sí en cambio uno derivado y que equivaldría a lastimoso o, mejor aún, a grotesco. Aun así. ¿puede espetarle el jefe del Gobierno al de la oposición que ha sido grotesco, esto es, ridículo? Por supuesto. No veo yo qué hay de malo en ello si este es su parecer. Sobra añadir que, con anterioridad, su interlocutor tampoco se había parado en barras al calificarle a él. Donde las dan las toman, sobre todo en un debate parlamentario. Pero lo más sorprendente de todo es que ningún medio repare en la pandemia patética que asola a nuestra clase política. En el sentido recto de la palabra, esta vez, que no es sino la antesala del usado ayer por Rajoy en su réplica a Sánchez. Hace unos días, en un magnífico artículo, Gabriel Tortella se preguntaba: «¿Cómo podríamos conseguir que los votantes, “en tiempo de desolación”, votaran con el cerebro y no con el hígado (que es la glándula que segrega la bilis)?». Y, claro está, no ofrecía respuesta alguna —no en vano, unas líneas antes había afirmado que «el rasgo definitorio del intelectual es la impotencia»—. Sin ánimo de enmendarle la plana —al fin y al cabo, yo también pertenezco, ay, a la cofradía impotente—, creo que algo ganaríamos si, en sus intervenciones públicas, nuestros políticos —y en especial quienes tienen o aspiran a tener la máxima responsabilidad de gobierno—, se dejaran de patetismos y usaran el cerebro en vez del hígado. Que predicaran con el ejemplo, vaya. Así, quizá lograríamos, con el tiempo, que una buena parte de los votantes hiciera lo propio.
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Patéticos
25 de febrero de 2015
Que Artur Mas y Oriol Junqueras recorren un mismo camino está fuera de toda duda. Es posible que ya no vayan de la mano como antes, dado que uno y otro aspiran ahora a encabezar la marcha, pero es evidente que comparten objetivo. Y estrategia. Esa estrategia pasa, en ambos casos, por convertir las elecciones municipales del 24 de mayo en un entrante de las autonómicas del 27 de septiembre. O sea, en unas primarias de unas secundarias que no van a ser en modo alguno autonómicas, sino plebiscitarias. Se trata, sobra precisarlo, de un fraude a los ciudadanos. De un doble fraude. La perversión del sentido del voto queda perfectamente explicitada en esta frase sabatina de Mas: «Si fallamos el 24 de mayo, en las elecciones municipales, debilitamos una estructura de país fundamental que son los ayuntamientos, estructura de país y estructura de Estado». Y en esta otra, dominical, de Junqueras: «El 27-S será nuestro referéndum, y el 24-M la primera vuelta en la que nos jugamos tener nuevos consistorios (…) que ayuden a hacer realidad el resultado del referéndum del 27-S».
Pues bien, creo que ya va siendo hora de que, entre las medidas regeneradoras propuestas por determinados partidos en sus programas, figure la de inhabilitar a todo dirigente político, esto es, a todo teórico servidor de lo público que contravenga con sus actos —en los que se incluyen, por supuesto, los actos de habla— el sentido de las distintas citas electorales que se celebran en España. ¿O acaso no prevarica un político en ejercicio cuando falta a sus obligaciones a sabiendas?
Pues bien, creo que ya va siendo hora de que, entre las medidas regeneradoras propuestas por determinados partidos en sus programas, figure la de inhabilitar a todo dirigente político, esto es, a todo teórico servidor de lo público que contravenga con sus actos —en los que se incluyen, por supuesto, los actos de habla— el sentido de las distintas citas electorales que se celebran en España. ¿O acaso no prevarica un político en ejercicio cuando falta a sus obligaciones a sabiendas?
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Primarias y secundarias
23 de febrero de 2015

En 1925, a los 51 años, André Gide publicó la que él mismo consideraba su primera novela. Les faux-monnayeurs, se llamaba. O sea, Los falsificadores de moneda. La primera traducción al español de la obra apareció en 1970 en Seix Barral. Luego, en 2003, Ediciones El País sacó otra. Finalmente, en 2009, Alba Editorial publicó una tercera. Según resulta de los datos ofrecidos por la Agencia Española del ISBN, las tres se encuentran disponibles, si bien la primera en una reimpresión de 1985. Yo no he leído más que esta, en la primera edición de 1970. Ignoro, pues, qué diferencias habrá entre unas y otras. Excepto en un aspecto, claro. La más reciente, la de Alba, se titula Los falsificadores de moneda, mientras que las más antiguas llevan ambas por título Los monederos falsos. Y es que un monedero, según el DRAE, es, aparte de un saquillo donde meter las monedas, un fabricante de moneda. Otra cosa es que la palabra sea usada aún en esa acepción. Hoy en día cualquiera que acuñe moneda ilícitamente —o sea, cualquiera que la fabrique sin ser el Banco de España— será calificado de falsificador de moneda y no de monedero falso; de ahí el acierto de Alba y de su traductor al titular en pleno siglo XX su edición española de la obra—y el correspondiente desacierto, claro, de Ediciones El País y su traductor, que en 2003 todavía seguía con el monedero de marras en la portada—.
Pero, más allá de esas consideraciones, el que ambos títulos coexistan en el mercado para identificar en español esa deliciosa novela de Gide tiene también su lado positivo. En efecto: ¿qué mejor adjetivo que «falso» para referirse a otro monedero, de nombre Juan Carlos? ¿Qué mejor apelativo que «falsificador» para calificar al personaje? Y falsificador no sólo de la renta, sino también del currículo académico. Lo que en la obra de Gide remitía a un mundo de hipócritas, en el que, quién más, quién menos, todos hacían trampa, en la figura de Monedero, Juan Carlos, remite a un mundo semejante, el de los dirigentes de Podemos, en el que, de momento, el ex asesor de Hugo Chávez y presunto urdidor de una falsa moneda bolivariana se lleva sin duda la palma.
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Monederos falsos
9 de febrero de 2015
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Ese pobre Sacristán, oficiando de martillo de herejes ante la mirada complacida del presidente de la Generalitat y las risitas de conejo de sus cofrades. Algunos han visto en sus palabras —y, entre ellos, el consejero Mascarell, que hasta se creyó en la obligación de replicar— un llamamiento a la unidad de todos los españoles, catalanes incluidos. Nada más falso. Su llamamiento —como corresponde, por otra parte, a un comunista pata negra— va dirigido tan sólo a los de su clase. O sea, a la farándula. Esos sí deben estar unidos. Les va el negocio. Pero a los demás que les zurzan. Y, para cohesionar al grupo, nada como atizar al enemigo común, que para Sacristán y los de su clase no es otro que el Gobierno —de derechas— del Estado. La cultura de la queja, y de la ceja, en estado puro. Y, como corolario, esa permanente cobardía del gremio frente a la vileza del nacionalismo.
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Cobardes con causa
2 de febrero de 2015
Se ve que, poco a poco, la proyección internacional de la huida hacia delante emprendida por el presidente Mas —también llamada Procés— va cuajando. Atiendan, si no, a la anécdota. Londres, 29 de enero de 2015. El avión de la British Airways 478 con salida a las 8:00 —hora inglesa— del aeropuerto de Heathrow y llegada a Barcelona a las 11:30 —hora española— está a punto de despegar. Se trata de un vuelo de conexión. Gran parte de los 180 pasajeros proceden en realidad de Nueva York, de donde han salido con retraso y realquilados en otros trayectos por culpa de la tormenta de nieve que finalmente no fue. Por la megafonía se comunica a los presentes que dentro de nada el avión va a despegar con destino a Barcelona etc., etc., etc. Lo dice una voz enlatada y la lata es catalana. O sea, una llauna. Bien. El problema es que luego no se oye otra voz que la inglesa del piloto. Ni en lata ni en directo pueden escuchar los pasajeros —muchos de ellos españoles y no necesariamente catalanes— explicación alguna en la lengua oficial del país. Y eso que British Airways se fusionó con Iberia hará pronto un lustro, por lo que algún influjo español debería tener ya a estas alturas. Pues no, no lo tiene. Y así nos va por el mundo.
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«Verba volant»
30 de enero de 2015
Hará pronto diez años, el entonces presidente de la Generalitat Pasqual Maragall aprovechó la proximidad del Día Internacional de la Mujer —antes, también Trabajadora— para asegurar que se sentía «como una mujer maltratada» por culpa de los ataques de la oposición. La comparación, sobra indicarlo, era como mínimo desafortunada, y así lo pusieron de manifiesto, entre otros colectivos, los movimientos feministas y las asociaciones contra el maltrato a la mujer. Ayer, el actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, en un acto conmemorativo del Día Internacional del Holocausto, afirmó: «Nuestras armas no son los fusiles, ni las bombas, ni las cámaras de gas; son el diálogo, la palabra, la negociación y el acuerdo». La contraposición, sobra añadirlo, estaba fuera de lugar, y a estas horas de la mañana nadie, que yo sepa, se lo ha echado en cara, a excepción de la propia noticia que daba cuenta de ello. No deja de resultar sintomático de la decadencia de esta región llamada Cataluña el que sean dos presidentes de la Generalitat quienes rivalicen en frivolidad mezclando el drama humano —y ninguno equiparable, sin duda, al Holocausto— con sus propios dramas particulares, estrictamente deudores de su ambición política. Claro que en el caso de Maragall luego supimos que la enfermedad ya debía de rondarle por aquellas fechas. Habrá que ver qué nos depara el futuro en el caso de Mas: si alguna explicación parecida o, simplemente, la pertinaz evidencia de que estamos ante un personaje tan zafio como amoral.
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Tal para cual
28 de enero de 2015
Después de lo de Grecia y antes de lo de España, tal vez no esté de más dejar testimonio, aquí y ahora, de ese particular homenaje a la Nova cançó al que se está entregando esa formación de nuevo cuño y tan rancias hechuras apellidada Podemos. Si en su asamblea constituyente de octubre en Madrid tiró de L’estaca y en el mitin de diciembre en Barcelona hizo, claro, lo propio, ayer en Valencia echó mano de Al vent. A este paso, cuando la gira de su máxima estrella pase por Palma de Mallorca es de esperar que en el cónclave suene Què volen aquesta gent. Sí, on connaît la chanson. Y, al contrario que la bella cinta de Resnais, esa vuelta al pasado no tiene ni pizca de gracia. Como si los españoles fuéramos incapaces de aprender.
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«On connaît la chanson»
26 de enero de 2015
En la entrevista de Maiol Roger y Clara Gil del Olmo a Oriol Junqueras que publica hoy El País hay un momento estelar. En fin, hay más de uno, por cuanto la entrevista no tiene desperdicio, pero yo, al menos, puesto en la tesitura de escoger, escojo este:
P. También deben buscar apoyo internacional, de momento muy pobre.
R. No explicaremos los buenos resultados porque se desactivarían. Cuando ejerzamos la independencia se verán.
Téngase en cuenta que quien eso sostiene ha sido eurodiputado durante media legislatura y, ya fuera del Parlamento Europeo, ha pronunciado una conferencia en Bruselas como máximo líder de ERC y máximo aliado del presidente de la Generalitat en su proceso soberanista en la que, tras amenazar con «parar la economía catalana durante una semana» si el Gobierno de España no permitía la celebración de la llamada consulta, soltó, fardón: «Nosotros también tenemos nuestros instrumentos». Esos son, pues, los argumentos internacionales del aspirante a presidir el futuro Estado catalán. O los instrumentos, como prefieran. Y ese personaje, cuando se le recuerda que el proyecto en el que se ha embarcado junto a Artur Mas carece de los mínimos apoyos en la política no ya mundial, sino europea, tiene la desvergüenza de prescindir de ellos con la excusa de que explicar ahora «los buenos resultados» que comportaría la independencia traería como consecuencia que estos se desactivaran. No sabemos si por culpa de la endeblez fáctica y argumental en que descansan o si porque, al igual que el jugador de póquer que va de farol, «los buenos resultados» que Junqueras esconde no existen. En todo caso, ese es el hombre que quiere gobernar Cataluña. Parece mentira que tantos catalanes le sigan la corriente.
P. También deben buscar apoyo internacional, de momento muy pobre.
R. No explicaremos los buenos resultados porque se desactivarían. Cuando ejerzamos la independencia se verán.
Téngase en cuenta que quien eso sostiene ha sido eurodiputado durante media legislatura y, ya fuera del Parlamento Europeo, ha pronunciado una conferencia en Bruselas como máximo líder de ERC y máximo aliado del presidente de la Generalitat en su proceso soberanista en la que, tras amenazar con «parar la economía catalana durante una semana» si el Gobierno de España no permitía la celebración de la llamada consulta, soltó, fardón: «Nosotros también tenemos nuestros instrumentos». Esos son, pues, los argumentos internacionales del aspirante a presidir el futuro Estado catalán. O los instrumentos, como prefieran. Y ese personaje, cuando se le recuerda que el proyecto en el que se ha embarcado junto a Artur Mas carece de los mínimos apoyos en la política no ya mundial, sino europea, tiene la desvergüenza de prescindir de ellos con la excusa de que explicar ahora «los buenos resultados» que comportaría la independencia traería como consecuencia que estos se desactivaran. No sabemos si por culpa de la endeblez fáctica y argumental en que descansan o si porque, al igual que el jugador de póquer que va de farol, «los buenos resultados» que Junqueras esconde no existen. En todo caso, ese es el hombre que quiere gobernar Cataluña. Parece mentira que tantos catalanes le sigan la corriente.
[ En crisis ]
Oriol Junqueras nos quiere gobernar
19 de enero de 2015
Ya sólo espero el momento en que a Artur Mas le ocurra lo que al periodismo americano de hace un siglo con la obsesión por adelantar la hora de salida de las ediciones: que de tanto querer anticipar las elecciones llegue el día en que la legislatura ni siquiera consiga inaugurarse. O sea, y por decirlo con Camba, que la política catalana alcance la más absoluta parálisis.
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El peligro de la anticipación
16 de enero de 2015
En el imaginario de cierto catalanismo, París ha sido siempre fuente y espejo. No me refiero al catalanismo surgido del carlismo, o sea, no al inaugural, para el que París ha encarnado en todo momento al mismísimo demonio, sino al que entronca con el republicanismo de finales del XIX y comienzos del XX. Para este catalanismo, la capital de las luces ha sido siempre fuente de inspiración y espejo donde mirarse. Lo fue en los albores del pasado siglo, lo siguió siendo en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera y de la Segunda República, y no dejó de serlo, claro está, cuando la larga dictadura franquista. En realidad, y exceptuando el interregno republicano, ese embeleso parisino ha tenido siempre como contrapunto Madrid. O sea, Madrit. Incluso en nuestra actual democracia ese recurso antitético ha continuado vigente.
Así, el viaje de Artur Mas a París para asistir a la manifestación de ayer domingo, más allá de la pueblerina vanidad de querer aparecer como un alto mandatario —baste decir que a su lado no desfilaba otra personalidad que la muy cateta del alcalde de Barcelona—, ha obedecido también a ese tópico constituyente del nacionalismo catalán. El catalanismo de Mas —y, en general, el de todos los que tomaron parte en la farsa consultiva del 9-N— es un sincretismo entre carlismo y modernidad. Sólo que la modernidad, en su caso, no es más que fachada; lo realmente sustancial es el carlismo, o sea, los valores preconstitucionales y predemocráticos: derechos históricos, negación de la ciudadanía y demás antiguallas. La manifestación de París fue un canto a la unidad de los ciudadanos y a los valores democráticos en que esa unidad se sustenta. Justo lo que el nacionalismo catalán lleva combatiendo desde hace décadas y, en particular, en los últimos años. En este sentido, la presencia en la marcha de la delegación catalana encabezada por el presidente de la Generalitat no podía ser más paradójica, afrentosa y, en definitiva, absurda. Confiemos en que el viaje haya servido al menos a sus componentes para aprender a contar manifestantes.
Así, el viaje de Artur Mas a París para asistir a la manifestación de ayer domingo, más allá de la pueblerina vanidad de querer aparecer como un alto mandatario —baste decir que a su lado no desfilaba otra personalidad que la muy cateta del alcalde de Barcelona—, ha obedecido también a ese tópico constituyente del nacionalismo catalán. El catalanismo de Mas —y, en general, el de todos los que tomaron parte en la farsa consultiva del 9-N— es un sincretismo entre carlismo y modernidad. Sólo que la modernidad, en su caso, no es más que fachada; lo realmente sustancial es el carlismo, o sea, los valores preconstitucionales y predemocráticos: derechos históricos, negación de la ciudadanía y demás antiguallas. La manifestación de París fue un canto a la unidad de los ciudadanos y a los valores democráticos en que esa unidad se sustenta. Justo lo que el nacionalismo catalán lleva combatiendo desde hace décadas y, en particular, en los últimos años. En este sentido, la presencia en la marcha de la delegación catalana encabezada por el presidente de la Generalitat no podía ser más paradójica, afrentosa y, en definitiva, absurda. Confiemos en que el viaje haya servido al menos a sus componentes para aprender a contar manifestantes.
[ En crisis ]
París, fuente y espejo
12 de enero de 2015
Aprovechando el parón informativo de estas fiestas siempre entrañables que ya tocan afortunadamente a su fin, el PPC —léase el PP catalán— ha propuesto una suerte de frente amplio —con UDC, PSC y Ciutadans— contra los partidos que en un grado u otro han abrazado el soberanismo. No es la primera vez, sólo que en esta ocasión lo ha denominado, y eso sí es novedad, «mesa social». Según algunos cronistas, esa incidencia en lo social tiene que ver no sólo con la denuncia de la parálisis y el desgobierno a que está sometida Cataluña desde el inicio de la legislatura, sino también con la aparición de Podemos en el tablero electoral. Sea como fuere, el portavoz del PPC en el Parlamento autonómico, Enric Millo, se ha apresurado a afirmar que su intención no es promover ninguna alianza preelectoral, ni siquiera en el orden programático, con esos partidos, porque eso «sería situarse en las tesis independentistas». Hombre, en la forma, sin duda. Pero no más. Y es que no es lo mismo promover una lista única —CIU— o un punto común en el programa electoral de cada partido —ERC— con vistas a romper el orden constitucional, que hacer lo propio para defender el Estado de derecho y exigir a las fuerzas políticas que vayan a formar gobierno tras las elecciones que gobiernen para el conjunto de los ciudadanos, o sea, atiendan a sus necesidades más perentorias. No sé en qué va a consistir esa «mesa social» anunciada por Millo, aunque mucho me temo que no pase de la categoría de anuncio. PPC, UDC, PSC y Ciutadans tienen propuestas sociales harto distintas en sus respectivos programas. Pero en algo coinciden o deberían coincidir: en la defensa de nuestra ciudadanía compartida. Eso sí vale una mesa. Y con cuantas más patas, mejor.
[ En crisis ]
En torno a la mesa catalana
5 de enero de 2015
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