He leído con gran interés la noticia firmada ayer por Alejandro Tercero en Crónica Global y referida a la nueva web que el Ministerio de Propaganda de la Generalitat ha puesto en circulación. «Catalonia votes», se llama, y puede consultarse en inglés, francés y alemán. Aparte de leerse la muy precisa e instructiva exégesis de Tercero, yo les aconsejo que naveguen un rato por el último juguete del ministro Homs. Eso sí, agarren fuerte el timón y no lo suelten, no vayan a naufragar después de un par de meandros. El desatino es de tal calibre que supera todo cuanto pueda imaginarse. Entre las muchas barbaridades del engendro, a mí me ha llamado poderosamente la atención el apartado titulado «La historia de Cataluña en 15 episodios» Y no tanto por las falsedades que contiene como por sus omisiones. Entre estas, hay una muy significativa. La referida al postrer levantamiento —hasta la fecha— de los catalanes contra la España opresora. Estando como están los dos anteriores, el de 1640 y el de 1714, no alcanzo a comprender por qué no figura en la lista el golpe de Estado fallido de 1934. ¿Porque el gobierno de la República contra el que se levantó entonces el de la Generalitat era democrático, o sea, legalmente constituido? ¿Por el ridículo hecho? ¿Porque lo de 1934 se parece demasiado en las formas a lo que se traen hoy entre manos Mas, Homs y compañía? Misterio. Pero en un momento como el presente, en el que ya casi sólo queda esperar el desenlace, no estaría de más que los responsables de haber metido a todos los españoles donde nos han metido, nos aclarasen esas dudas.

1934

    23 de abril de 2014


En una entrevista publicada ayer en Abc en la que decía una serie de cosas por lo general la mar de razonables, el historiador Joaquim Coll, uno de los impulsores de la recién nacida Societat Civil Catalana, decía también algunas que me dejaron algo sorprendido. Por ejemplo, eso de que «se debería hacer una ley de lenguas donde el catalán y el resto de lenguas que se hablan en España sean reconocidas como un patrimonio cultural», como resulta de «una reforma constitucional en la que podamos votar todos juntos (…) un nuevo marco de convivencia parecido al actual pero más clarificado». No sé por qué, pero me da la impresión de que se trata sobre todo de hacer algo para que nadie pueda alegar ¬que no se ha hecho nada. Quien se tome la molestia de consultar la Constitución vigente, verá que en el artículo 3, punto 3, se afirma que «la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». Es posible que semejante precepto constitucional no haya tenido el grado de concreción que hubiera sido de desear o, lo que es lo mismo, que el patrimonio en cuestión no se haya respetado y protegido lo suficiente. Pero mucho me temo que también habrá quien considere que se ha respetado y protegido más de la cuenta. En realidad, todo depende de qué entiende cada cual por Estado. Si entiende la suma de cuantas administraciones lo integran, no creo que pueda dudarse de que el respeto y la protección se han dado y de forma generosa. Otra cosa es que por Estado se entienda sólo el Gobierno central y su ridícula y acomplejada administración periférica; entonces es evidente que no. Pero enseguida habría que objetar que ocurre otro tanto con el castellano, si se toma como ejemplo de representación estatal a los gobiernos autonómicos de Cataluña, el País Vasco o Galicia. O sea, que el problema no parece ser la Constitución, ni la falta de una Ley de Lenguas, sino algo bastante más simple: la imposibilidad, o la extrema dificultad, de transferir competencias, cuando quien debe gestionarlas es el nacionalismo catalán, o el vasco, o el gallego, o el que corresponda. En fin, un mal asunto, a no ser que una futura reforma constitucional impida precisamente, de una vez por todas, esas deslealtades.

Una ley de lenguas

    21 de abril de 2014