Recordemos la secuencia. El 23 de septiembre se ejecuta el cuarto desahucio de Maricarmen Abascal de su piso en el madrileño barrio del Retiro. El 26 del mismo mes empieza una acampada en la Puerta del Sol y movilizaciones en España, principalmente en Madrid, en señal de protesta por el mencionado desahucio y los que están por venir. El 27 Sánchez aprovecha un acto de partido para comunicar que el martes 29 el Gobierno va a aprobar un decreto para comenzar “a aliviar la situación de emergencia habitacional que viven muchos colectivos vulnerables”. El 1 de octubre, con el decreto-ley –que al final son dos– ya aprobado por el Consejo de Ministros y sólo pendiente de su convalidación en un pleno extraordinario en el Congreso, la Moncloa hace público que los Reyes viajarán a Ceuta y Melilla los próximos 13 y 14 de octubre y que Sánchez –tras pensárselo mucho, filtran desde Presidencia del Gobierno– no formará parte de la comitiva. (Con posterioridad el ministro Bolaños precisaría que para qué iba a viajar a Ceuta si ya lo había hecho.) El viernes 2 de octubre el castillo de naipes levantado por el Gobierno se derrumba con estrépito en el Congreso y los partidos de izquierda convocan movilizaciones para el día siguiente en toda España, con un resultado desigual pero no por ello despreciable. Finalmente, el pasado lunes Sánchez convoca elecciones generales el 29 de noviembre.

Hasta aquí los hechos. Como se ve, el día en que el Gobierno, tras un veto de dos meses y medio, da por fin su placet al viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla –o, cuando menos, el día en que lo anuncia y permite anunciarlo a la Zarzuela– es el mismo en que está apurando las horas en sus negociaciones para salvar los dos decretos, o por lo menos uno, sobre la vivienda y en que las turbulencias callejeras por el desahucio de Maricarmen Abascal van en aumento. Aunque la tentación de confundir la temporalidad con la causalidad está siempre presente –como una suerte de variante de la falacia post hoc en la que el “se sigue” es reemplazado por el “coincide”–, no hay duda de que el traslado del Rey y jefe del Estado junto a la Reina a las ciudades autónomas, y en especial a la primera de ellas, donde los efectos de la invasión de finales de julio tardarán en disiparse por más que el Ejecutivo haya ordenado ahora a toda prisa una limpia, tendrá lugar a años luz de donde se encuentre por entonces el presidente del Gobierno, ya sea en la Moncloa dictando decretos-ley, ya en cualquier otra parte de España excepto Ceuta y Melilla. No, la distancia entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno se halla sobre todo en el terreno de lo simbólico. Así como el Rey personifica la unidad y la continuidad, Sánchez representa la división y la ruptura. Así como el primero encarna los valores recogidos en nuestra Constitución, el segundo, con su proceder a lo largo de los últimos ocho años, tipifica justo lo contrario: el despotismo y la permanente erosión del Estado de derecho. Es más, como con agudeza señala Àngel Duarte en “¿Monarquía para siempre? España ante su dilema constitucional” (Antonio Rivera y Juan Sisinio Pérez Garzón [eds.], Mitos y disputas en la historia de España, Catarata, 2026), “la monarquía parece adquirir una renovada eficacia actualmente [con relación a algunas catástrofes]. El misticismo un tanto taumatúrgico que permite a unos reyes desprovistos de poder efectivo obrar con su presencia como lenitivo para las desgracias que enfrenta un pueblo, no ya de súbditos, sino de ciudadanos quejosos ante la gestión política parece resurgir en los momentos críticos.” En resumidas cuentas, no creo que sea en absoluto exagerado ver en Pedro Sánchez la némesis de Felipe VI.

Así las cosas, estimados lectores, si no tienen aún decidido qué van a votar el 29-N –porque no están los tiempos para abstenerse–, no lo duden ni un segundo: voten a la Monarquía. Cualquier opción política que ayude a preservar y fortalecer los valores que esta encarna y esté dispuesta a defenderlos servirá al propósito. Y si, con todo, siguen dudando, sumen a los apremios del presente la fe en un futuro radicalmente distinto de lo vivido en estos últimos ocho años y seguro que aciertan.


Votar a la Monarquía

    9 de octubre de 2026
Al poco de advenir la Segunda República, el periodista Agustí Calvet, conocido por el seudónimo de Gaziel, empezó a plasmar en sus artículos lo que para él eran las principales carencias del nuevo régimen. (Por si desconocen la vida y la obra de Gaziel, tienen ahora a su alcance la utilísima biografía escrita por Francisco Fuster: Insobornable, Galaxia Gutenberg, 2026). La primera de esas carencias no era otra que el hecho mismo de que la República adviniese, como si de un milagro se tratara, y no estuviese legitimada por los resultados de unas elecciones generales. Pero eso entonces ya no tenía remedio. Lo que sí lo tenía, creía Gaziel, y cuya carencia constituía un lastre que podía acabar con el propio régimen –como así terminó sucediendo, por cierto, si bien no sólo por ese motivo–, era la conformación de un centroizquierda y de un centroderecha que, al igual que ocurría en las democracias europeas consolidadas –en especial la francesa y la británica–, pudieran alternarse en el ejercicio del poder. Para ello, la conjunción republicano-socialista debía dejar de considerar la República como algo privativo, al tiempo que las derechas, hubieran votado o no la Constitución, debían aceptar el nuevo régimen y desarrollar en adelante su actividad política dentro del marco que la Carta Magna republicana había establecido.

A Gaziel no se le escapaba que era sumamente difícil llevar a buen puerto tales afanes, tanto más cuanto que la coalición de izquierdas descansaba en un partido socialista que no ocultaba su ambición revolucionaria, mientras que en el bloque de derechas había fuerzas monárquicas y clericales cuyo objetivo manifiesto era, si no tumbar la República, sí modificarla hasta tal punto que la propia Constitución, caso de mantenerse, sufriera una transformación radical. Tal vez por ello, consciente del peligro que representaban para la democracia unos fundamentos tan quebradizos, siguió insistiendo en sus artículos en la inexorable necesidad de consolidar la alternancia, o lo que lo mismo, un centro derecha y un centro izquierda que aceptaran las reglas del juego.

Dentro de cinco años se cumplirá un siglo del advenimiento de esa República. Dudo mucho que el país esté entonces para grandes celebraciones, al margen de las que puedan organizar las formaciones levantiscas de izquierda, tan ignorantes por lo general de la historia como interesadas en ignorarla. Pero si gobierna el centroderecha, ya con el apoyo de una derecha civilizada, ya formando con ella una coalición, tal y como prevén los sondeos que ocurra a partir de 2027, uno de sus mayores empeños debería ser el de garantizar la alternancia entre las dos fuerzas mayoritarias a un lado y otro de ese centro político inexistente y siempre anhelado. Dicho de otro modo: debería ser el de devolver el rebaño socialista al redil democrático del que nunca tendría que haber salido. Se me dirá que ese rebaño seguirá vigilado de cerca, para que ninguna oveja se escape, por Perro Sánchez. Sin duda. El Puto Amo se ha cuidado durante estos años de mandamás del gobierno y del partido de preparar el terreno para el caso de que no pueda conservar el poder. Desde el gobierno, mediante una política de tierra quemada en el Legislativo y de acoso y derribo en el Judicial, combinada con la colocación de afines en puestos clave cuya vigencia no prescribe con el final de la legislatura o en reguladores económicos cuya actividad se desarrollará en la siguiente. Y en el partido, tratando de que los barones regionales, presentes y por venir, estén a su servicio, por más que no siempre haya logrado su propósito.

Habrá quien objete que con este PSOE la alternancia, lo mismo que los grandes acuerdos entre partidos en que se sustenta toda democracia representativa, serán imposibles; que el autor del “no es no”, en definitiva, recurrirá de nuevo al bloqueo de cuanto esté en sus manos bloquear, aunque la formación del nuevo gobierno no dependa en esta ocasión de sus votos. Así será, con toda probabilidad. Pero también será tarea del PP ir fomentando la alternancia en el propio partido socialista, confrontando los intereses de los barones regionales socialistas con las directrices que puedan emanar de Ferraz. Algo parecido, para entendernos, a lo que está sucediendo ya en estos momentos con el nuevo modelo de financiación autonómica.

Sea como sea, lo que muchos esperamos es que el futuro gobierno no se arrugue y tenga redaños suficientes para limpiar todo lo que haya que limpiar, reformar lo que chirría un día sí y otro también, y reconstruir, en la medida de lo posible, esta devastada España nuestra.

Deberes del PP para el futuro

    25 de septiembre de 2026