Veo a la llamada prensa de referencia y a sus innúmeros opinadores bastante escandalizados con la revelación de que la Generalitat catalana computa la hora de recreo de sus centros de enseñanza como hora educativa. La revelación proviene de un auto del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) que desestima el recurso del Departamento de Educación contra una sentencia del propio TSJC de diciembre pasado en la que se obligaba a la Administración catalana a indemnizar con 3.000 euros a la familia de una niña que no había sido escolarizada en castellano cuando cursaba P4, o sea, en segundo año de educación infantil. El recurso en cuestión alegaba que a esa edad el aula y el patio, tanto monta, monta tanto. Que todo es educación, vaya, y que si a la niña el castellano no se le aparecía por ningún lado cuando estaba bajo techo, ya se le aparecería al aire libre, allí donde los instintos maternos –la lengua, entre ellos– se manifiestan sin cortapisas. Ante ello, el auto remite a una sentencia de julio de 2011 en la que, aparte de recordarse que la Administración no puede regular el uso de las lenguas en el tiempo libre de los alumnos, se afirma que no puede confundirse el horario lectivo con el tiempo de recreo, que son dos cosas distintas por más que ambas cumplan una función educativa.

Pues no. O, en todo caso, eso debía ser antes de la tragedia. O sea, de la revolución pedagógica. Desde el advenimiento de la LOGSE (1990), e incluso desde la LODE misma (1985), todo es educación y nada es enseñanza. Sobre todo en los niveles donde el maestro ejerce su ley. De resultas de ello, lo que los pedagogos llaman sin rubor alguno «segmento de ocio» y que el común de la gente conoce como «recreo» o como «patio», difiere más bien poco de lo que siempre se ha llamado «la clase». Es más, en Cataluña, ese batiburrillo educativo ha facilitado enormemente la generalización impositiva del monolingüismo en el conjunto del recinto escolar, recreo incluido, tal y como rezaba aquella circular del Departamento de 2004: «No basta con que toda la enseñanza se haga en catalán: debemos recuperar el patio, el pasillo, el entorno». Dados los precedentes, me parece muy bien que los autos y las sentencias vayan poniendo las cosas en su sitio. Pero que nadie se rasgue ahora las vestiduras. Hace mucho tiempo que el barco zozobra. Y es lícito imaginar que ya nada ni nadie podrá reflotarlo.

El recreo educativo

    1 de abril de 2015


Sigo con gran interés, no exento de cierta morbosidad, el salto a la política de actores, catedráticos de universidad, escritores y presentadores televisivos. No se trata de un fenómeno masivo, pero sí lo suficientemente importante como para prestarle la debida atención. Les recuerdo los nombres: Ángel Gabilondo, Luis García Montero, Alberto San Juan, Juanjo Puigcorbé, Ángeles Caso, Fernando Delgado, etc. En los primeros años de nuestra democracia resultaba habitual que los partidos políticos, en especial los de izquierdas, trufaran sus listas electorales con personajes más o menos ilustres procedentes de la llamada sociedad civil. Independientes, los llamaban. Solían ir en puestos de cabeza, donde se les viera, pero sin que una tal posición entrañara generalmente responsabilidad alguna en las tareas parlamentarias o ejecutivas de la formación en la que aparecían encuadrados. Su función era la de florero, y lo más a que podían aspirar era a que les cambiaran el agua de tarde en tarde. Pero, a medida que la política fue profesionalizándose, los llamados independientes empezaron a estorbar. Para los aparatos de los partidos, constituían una suerte de bomba de relojería. Su independencia de criterio y de acción —de haberla, claro— contrastaba con la bien remunerada sumisión de cargos y militantes. Puede que el caso del juez Baltasar Garzón, número 2 de la lista del PSOE por Madrid en las generales de 1993, detrás de Felipe González, fuera el punto culminante y sin retorno de esa desafección. Por lo demás, el propio partido ya había vivido años antes con el ministro de Cultura Semprún un conflicto análogo, maravillosamente narrado por su protagonista en las páginas de Federico Sánchez se despide de ustedes.

Y ahora, coincidiendo con la crisis de los partidos y de los políticos, esas figuras de la sociedad civil han reaparecido. Pero a menudo no ya como simple ornato, sino como válvula de salvación. Es el caso de Gabilondo y García Montero, candidatos de PSOE e IU, respectivamente, a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Y, según cuenta hoy María Jesús Cañizares en Abc, podría ser también el de aquel o aquella a quien el PSC ofrezca la primera plaza de su lista en las autonómicas catalanas, previstas, si nada lo remedia, para el próximo 27 de septiembre. Aquí el problema, ya lo adivinan, no es tanto l’embarras du choix como la falta de hipotéticos candidatos. Y es que el irrefrenable desmembramiento del partido ha ido acompañado de la imparable deserción de sus compañeros de viaje. O han cambiado de bandera, o han hecho mutis por el foro. Años atrás el PSC aún podría haber echado mano de ese hombre bueno llamado Josep Maria Castellet. Pero Castellet ya no es de este mundo. Claro que, bien mirado, el partido tampoco. Y, así las cosas, ¿qué mejor que un fantasma para encabezar la lista de un partido que ha alcanzado ya un estado parecido?

El fantasma de Castellet

    30 de marzo de 2015