Sostiene Francesc Homs que en Cataluña no hay «crispación social». Que, como mucho, habría «tensión política». Una doble rebaja, pues. De intensidad —la crispación no sería, al cabo, sino simple tensión— y de alcance —en vez de afectar al cuerpo social en su conjunto, afectaría únicamente a la clase política—. Por supuesto, los hechos, y no sólo los más recientes, desmienten al campanudo ministro de Propaganda catalán. Existe crispación —lo que no impide que a veces pueda quedar en mera tensión—, y esa crispación sobrepasa con creces el campo de la política. Pero Homs no se ha conformado con esta rebaja. También ha dicho que las causas de la crispación que él ve como tensión son muchas. Que no todo es culpa del pleito soberanista, en una palabra. Y de la chistera se ha sacado los recortes sociales, la prohibición de las corridas de toros, la ley del aborto y hasta cuestiones relacionadas con el medio ambiente. Fantástico. Ahora ya sólo falta que explique por qué esas descerebradas cincuentonas que andan sueltas por los pueblos y ciudades de Cataluña la emprenden con los políticos del PSC y del PP a puñetazo y empujón limpios y al grito de «¡Hijo de puta!» y «¡Facha!», en vez de arremeter con parecido furor contra los propios gobernantes autonómicos —pongamos que un Artur Mas o un Oriol Junqueras—, causantes, en definitiva, de esos recortes y esas prohibiciones y adalides de cuantos pleitos soberanistas «es fan i es desfan».

El mago Homs

    30 de abril de 2014


Ayer al mediodía el primer secretario del PSC, Pere Navarro, fue agredido por una señora de 50 años —de mediana edad, la califican algunos medios— cuando se disponía a asistir a la primera comunión de un familiar en la Catedral de Tarrasa. «Tu ets un fill de puta!», parece que le soltó la agresora antes de propinarle un puñetazo en la cara. Dado que la mujer no ha prestado declaración y ni siquiera ha sido identificada —el propio Navarro pidió a sus familiares que la dejaran irse justo después de la agresión— resulta imposible saber a estas alturas si se trata de una independentista ferviente, de una perturbada, o de todo a la vez, esto es, de una independentista ferviente y perturbada. En todo caso, lo más sorprendente son algunas de las reacciones que ya han transcendido. No me refiero ahora a las condenas, tan manidas —e inútiles, por desgracia—, sino a las palabras de quienes se afanan por desvincular el incidente de la transición nacional en la que se han metido el presidente Mas y sus leales. Hombre, no digo yo que sea imposible, en tiempos de paz social, imaginar a una perturbada cincuentona arreándole al líder de los socialistas catalanes, pero convendrán conmigo en que la demonización del personaje por parte de Raholas, Barbetas y otras celebrities del star system mediático nacionalista habrá contribuido lo suyo a orientar ese puño hacia su objetivo. Aunque la más relevante, entre las reacciones, es la del ínclito Josep Turull, todavía no repuesto de su éxtasis oratorio en las Cortes Españolas. Tras condenar rotundamente la agresión, Turull ha pedido que «nadie quiera convertir un hecho puntual en categoría». Según él, vamos, se trata de una simple anécdota y no procede ir más allá. Lástima que no se aplique el cuento a sí mismo. Y es que, si bien se mira, ¿qué es el nacionalismo sino el afán de convertir una simple anécdota en categoría?

La anécdota y la categoría

    28 de abril de 2014


(Paulino Masip, "Las naturalezas poéticas y la política", La Voz, 6-12-1932)
Los socialistas de Gerona fueron siempre, con respecto al PSC, un poco como los de Guipúzcoa con respecto al PSE. O sea, un caso aparte. Esa singularidad tenía mucho que ver con la geografía: si en algún sitio podía uno soñar con que España era un Estado residual, ese sitio era la provincia de Gerona. Pero también guardaba relación con la propia gestación del partido, ya que una de sus fuerzas constituyentes, el Reagrupament Socialista, se hallaba fuertemente implantada en la zona, debido en buena medida a los orígenes ampurdaneses de su fundador, el otrora miembro del POUM y siempre catalanista acérrimo, Josep Pallach. Aun así, lo que más caracterizaba a los socialistas gerundenses era la familia. Me refiero, claro, a la familia Nadal. Mientras Joaquim era el alcalde de la ciudad, su hermano Manel controlaba la agrupación territorial del partido. Y hasta había otro hermano, Josep Maria, al frente de la universidad local. Ese sistema de corte caciquil era generalmente aceptado por los órganos de gobierno del PSC, entre otras razones porque no iba más allá de la provincia y daba sus frutos —circunscritos, eso sí, al campo municipal—. Pero tras los sucesivos batacazos electorales de la última década y la polarización del debate político en torno a la tan cacareada consulta, esto se acabó. Como parece haberse acabado, aunque por otros motivos, el aura de la familia Maragall en la federación barcelonesa del partido. La dimisión de Joaquim Nadal de la presidencia del PSC en Gerona, junto a la de nueve acólitos, ha sido interpretada por su sucesor provincial como un repliegue a tiempo ante una batalla —la de las primarias para elegir candidato a la alcaldía gerundense— en la que llevaban las de perder. Es posible. En el caso de Barcelona, las cosas fueron al revés: Jordi Martí, el candidato maragallista, se presentó a las primarias, las perdió y, en consonancia con ello, renunció a sus responsabilidades en el Ayuntamiento e incluso a su escaño. De un modo u otro, pues, el socialismo de clanes, tan connivente con el nacionalismo que hasta se confundía con él, va retirándose. Ahora sólo queda saber si lo que está en vías de reemplazarlo tiene todavía algún sentido.

(ABC, 26 de abril de 2014)

Socialistas en retirada

    26 de abril de 2014


He leído con gran interés la noticia firmada ayer por Alejandro Tercero en Crónica Global y referida a la nueva web que el Ministerio de Propaganda de la Generalitat ha puesto en circulación. «Catalonia votes», se llama, y puede consultarse en inglés, francés y alemán. Aparte de leerse la muy precisa e instructiva exégesis de Tercero, yo les aconsejo que naveguen un rato por el último juguete del ministro Homs. Eso sí, agarren fuerte el timón y no lo suelten, no vayan a naufragar después de un par de meandros. El desatino es de tal calibre que supera todo cuanto pueda imaginarse. Entre las muchas barbaridades del engendro, a mí me ha llamado poderosamente la atención el apartado titulado «La historia de Cataluña en 15 episodios» Y no tanto por las falsedades que contiene como por sus omisiones. Entre estas, hay una muy significativa. La referida al postrer levantamiento —hasta la fecha— de los catalanes contra la España opresora. Estando como están los dos anteriores, el de 1640 y el de 1714, no alcanzo a comprender por qué no figura en la lista el golpe de Estado fallido de 1934. ¿Porque el gobierno de la República contra el que se levantó entonces el de la Generalitat era democrático, o sea, legalmente constituido? ¿Por el ridículo hecho? ¿Porque lo de 1934 se parece demasiado en las formas a lo que se traen hoy entre manos Mas, Homs y compañía? Misterio. Pero en un momento como el presente, en el que ya casi sólo queda esperar el desenlace, no estaría de más que los responsables de haber metido a todos los españoles donde nos han metido, nos aclarasen esas dudas.

1934

    23 de abril de 2014


En una entrevista publicada ayer en Abc en la que decía una serie de cosas por lo general la mar de razonables, el historiador Joaquim Coll, uno de los impulsores de la recién nacida Societat Civil Catalana, decía también algunas que me dejaron algo sorprendido. Por ejemplo, eso de que «se debería hacer una ley de lenguas donde el catalán y el resto de lenguas que se hablan en España sean reconocidas como un patrimonio cultural», como resulta de «una reforma constitucional en la que podamos votar todos juntos (…) un nuevo marco de convivencia parecido al actual pero más clarificado». No sé por qué, pero me da la impresión de que se trata sobre todo de hacer algo para que nadie pueda alegar ¬que no se ha hecho nada. Quien se tome la molestia de consultar la Constitución vigente, verá que en el artículo 3, punto 3, se afirma que «la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». Es posible que semejante precepto constitucional no haya tenido el grado de concreción que hubiera sido de desear o, lo que es lo mismo, que el patrimonio en cuestión no se haya respetado y protegido lo suficiente. Pero mucho me temo que también habrá quien considere que se ha respetado y protegido más de la cuenta. En realidad, todo depende de qué entiende cada cual por Estado. Si entiende la suma de cuantas administraciones lo integran, no creo que pueda dudarse de que el respeto y la protección se han dado y de forma generosa. Otra cosa es que por Estado se entienda sólo el Gobierno central y su ridícula y acomplejada administración periférica; entonces es evidente que no. Pero enseguida habría que objetar que ocurre otro tanto con el castellano, si se toma como ejemplo de representación estatal a los gobiernos autonómicos de Cataluña, el País Vasco o Galicia. O sea, que el problema no parece ser la Constitución, ni la falta de una Ley de Lenguas, sino algo bastante más simple: la imposibilidad, o la extrema dificultad, de transferir competencias, cuando quien debe gestionarlas es el nacionalismo catalán, o el vasco, o el gallego, o el que corresponda. En fin, un mal asunto, a no ser que una futura reforma constitucional impida precisamente, de una vez por todas, esas deslealtades.

Una ley de lenguas

    21 de abril de 2014


(Francisco Lucientes, "Religión. Industria religiosa", Heraldo de Madrid, 2-2-1931.)
Hace apenas una docena de días que Sociedad Civil Catalana (SCC) se presentó en sociedad y todo indica que la iniciativa ha sido un éxito. Así se deduce, al menos, de la atención que le han prestado partidos políticos y medios de comunicación, lo mismo en Barcelona que en Madrid, y del número de adhesiones que su manifiesto fundacional ha recibido hasta la fecha —unas 5.000, según los representantes de SCC—. Como es sabido, la entidad, en la que confluyen sectores ideológicamente muy diversos, se define por su defensa de una Cataluña integrada en España y Europa —siendo lo segundo, claro está, una consecuencia de lo primero— o, en otras palabras, por su oposición a la larga marcha hacia la nada emprendida por el Gobierno de Artur Mas. SCC tiene, pues, un carácter transversal y marcadamente reactivo, como reclama sin duda el momento. Y tiene asimismo un programa ambicioso: un acto público de presentación el próximo miércoles, Diada de Sant Jordi, en el Teatro Victoria de Barcelona, y dos grandes movilizaciones futuras, el 24 de junio en Barcelona y el 11 de septiembre en Tarragona.

Ese afán movilizador, tan saludable y necesario, ha sido definido por uno de los portavoces de la entidad como la voluntad de «dar voz a los catalanes que están dentro del armario», esto es, como una invitación a que salgan de una vez de él. Hay que demostrar en la calle, o en el espacio público cuando menos, que somos, si no tantos como ellos, sí «molts més dels que ells volen i diuen» ¬—por expresarlo, pues de resistencia se trata, con palabras del otrora resistente Raimon—. Pero ello no debería hacernos olvidar que el armario en cuestión no es sino un módulo de un armario muchísimo mayor, el español. Y que, de momento, sólo un 2% de las adhesiones recibidas son, al decir de la propia SCC, de fuera de Cataluña. Movilizar a los catalanes que no comulgan con el nacionalismo está muy bien. Pero el desvarío de Mas y sus congéneres secesionistas es un problema español y como tal hay que abordarlo. Reducirlo al campo de juego catalán, además de un lamentable error conceptual, sería desaprovechar una ocasión inmejorable para demostrar que España, como Teruel, existe.

(ABC, 19 de abril de 2014)

El armario español

    19 de abril de 2014
El pasado lunes, Carles Viver Pi-Sunyer, presidente del llamado Consejo Asesor de Transición Nacional, presentó junto a Francesc Homs la sexta entrega documental del organismo. No quisiera caer, Dios me libre, en el enaltecimiento de un Consejo que cuenta entre sus miembros con alguien como Pilar Rahola y cuya única función en este mundo es allanar en lo posible la larga y nauseabunda travesía de Artur Mas y sus muchachos. Pero resulta que en la citada presentación el presidente Viver dijo, entre otras cosas, lo siguiente: «El gran debate no es jurídico. La cuestión no es tanto la expulsión, sino cómo y cuándo se convierte Cataluña en Estado de pleno derecho». Y lo ejemplificó, según recogen las crónicas, apelando al absurdo de que el no de la Unión Europea a una Cataluña independiente pudiera imponerse sobre la voluntad de 7,5 millones de ciudadanos.

Dejemos a un lado, si les parece, esa voluntad de 7,5 millones de ciudadanos, ofrecida, faltaría más, sin fisura alguna, como una mole granítica, con la misma desfachatez con que se afirma que todo ataque al nacionalismo catalán constituye, en definitiva, un ataque a Cataluña. Lo que me interesa destacar no es eso, sino el empeño, ya desatado, de esos próceres —y Viver, recordémoslo, fue miembro del Tribunal Constitucional— en saltarse la ley. Considerar, como hace el presidente del Consejo, que «el gran debate no es jurídico» y reducirlo a una mera cuestión de voluntades —en la que uno no puede por menos de percibir aquella «voluntad de un pueblo» a la que se agarró el presidente de la Generalitat en septiembre de 2012 para disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas— equivale a afirmar que el marco jurídico no existe. O, si lo prefieren, que existe, sí, las cosas como son, pero el saltárnoslo no depende más que de nosotros. Como en Crimea y en el este de Ucrania, vaya, pero pacíficamente, que los catalanes somos gente de paz.

Este ha sido, desde un primer momento, el empeño del nacionalismo: saltarse la ley. Bien es cierto que en los primeros compases de su particular transición lo disimularon al máximo. Había que tratar de obtener, por todos los medios legales, un reconocimiento internacional. Pero como ese reconocimiento se ha revelado imposible —lo que no puede ser no puede ser, Talleyrand dixit—, ahora hemos entrado en otra fase, en la que ya no valen excusas. Ahora es sí o sí, sin tapujos, sin sujeción al ordenamiento jurídico, sin respeto alguno por el Estado de derecho. Ahora vamos a por todas. O sea, derechos al precipicio. Y, por desgracia, arrastrando en la aventura a un país entero.

Que no es precisamente Cataluña, sino España. La estrategia del nacionalismo ha consistido, también desde el primer momento, en quitarle a España, esto es, a los españoles, toda legitimidad. De esa operación han sido además partícipes muchos de estos españoles —y, entre ellos, no pocos catalanes— que han convenido de buena fe en que Cataluña, o sea, los catalanes, tenían todo el derecho del mundo a decidir por ellos mismos y sin interferencias lo que deseaban ser de mayores. Curiosamente, esa ilegalidad —la más flagrante, sin duda, por cuanto niega al pueblo español la condición, recogida en nuestra Carta Magna, de depositario único de la soberanía nacional— empieza a ser advertida en los últimos tiempos por muchos de los que no habían reparado antes en ella y, de forma singular, por algunos de los que hasta la fecha habían transigido a conciencia con ese supuesto derecho privativo. Es posible que no sea ajeno a esa circunstancia el que los levantinos levantiscos se hayan dejado por fin de historias y de cuentos presuntamente legales y se muestren a cara descubierta, tal cual son. En todo caso, se trata de una excelente noticia. Ahora sólo queda perseverar en esta línea, hasta lograr que ese problema que nos afecta a todos, en tanto que españoles, encuentre también, lo antes posible, la respuesta de todos.

(Crónica Global)

Saltarse la ley

    16 de abril de 2014


Así llamaban los falangistas durante la guerra civil a José Antonio Primo de Rivera. Y así llama hoy Josep López de Lerma, el otrora brazo derecho de Miquel Roca en Madrid y portavoz de la minoría de CIU en el Congreso de los Diputados, a Artur Mas. Por supuesto, por razones radicalmente distintas. Mientras los primeros recurrieron al apelativo para continuar alimentando la creencia de que su jefe supremo, fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936, seguía con vida, el segundo lo hace para reprochar al presidente de la Generalitat que no acudiera la pasada semana al Palacio de las Cortes para defender la propuesta del Parlamento catalán o, como mínimo, para sentarse en la tribuna de invitados y avalar con su presencia lo que allí se debatía. Con todo, en ambos casos se evidencia lo que vale un líder. O lo que debería valer. Más allá de sus limitaciones intrínsecas, una de las grandes carencias del actual movimiento secesionista catalán es la falta de un verdadero conductor. O sea, de alguien con arrojo, coraje y carisma. Artur Mas, sobra decirlo, no da la talla. No la ha dado nunca, en realidad. Y quienes le secundan, menos aún. De ahí el desbordamiento. De ahí ERC y su apéndice asambleario lanzando a los cuatro vientos hojas de ruta golpistas mientras el presidente de la Generalitat promete atenerse a la legalidad.

Hay quien ve ya en Artur Mas a un protomártir. Una suerte de José Antonio, para entendernos. Nada más falso. Ni más grotesco. No, el Ausente de López de Lerma no alcanza siquiera, en su cobarde mediocridad, la categoría de apóstol. Como mucho, la de embaucador. Y gracias.

El Ausente

    14 de abril de 2014


(Manuel del Arco, "Mano a Mano: Dr. Pedro Martínez García", La Vanguardia, 31-10-1953)
Leo en «La Vanguardia» española —esto es, en la que está escrita en español— que en la madrugada del martes al miércoles pasados, o sea, cuando apenas habían transcurrido unas horas desde que el Congreso de los Diputados rechazara la propuesta de cesión de competencias presentada por el Trío La, la, la —o Sí, sí, sí o Cat, cat, cat, como gusten— del Parlamento catalán, unos desaprensivos serraron los mástiles emplazados en las villas gerundenses de Celrà, Fornells de la Selva, Bescanó y Serinyà a fin de hacerse con las «estelades» que de ellos colgaban —y digo desaprensivos, porque qué culpa tenían los pobres mástiles de que les hubieran puesto aquello encima—. Sobra añadir que a los ediles de las plazas afectadas les faltó tiempo para establecer una relación de causalidad entre el debate parlamentario de Madrid y el robo de las enseñas independentistas. Y para afirmar, gallardos, que esto no les «arronsará». Como resulta difícil imaginar que las declaraciones fueran hechas en otra lengua que la catalana, es de creer que la citada forma verbal fue, en efecto, pronunciada por esos representantes de la voluntad pueblerina, aun cuando en el texto de la noticia —escrito en español, recordémoslo— la palabra aparezca sin marca alguna que permita atribuírsela. Para quien no conozca el catalán, precisaré que «arronsar-se», en este contexto, significa algo así como «arrugarse». Vaya, que los ediles aseguran que no se van a arrugar por más mástiles que les sierren. Ignoro, claro, por qué el redactor de la noticia no tradujo el término, tanto más cuanto que, al no llevar comillas, aparece puesto en boca suya. Pero como yo tampoco logro sustraerme al impacto de las relaciones de causalidad, se me ha ocurrido que acaso no fuera consciente de su origen catalán. O que simplemente ignorara su equivalente en español. ¿Que dónde está entonces la relación de causalidad?, tal vez se pregunten. Hombre, yo creo que después de oír a la aprendiz de rapsoda y no obstante diputada autonómica Marta Rovira expresarse en castellano en el hemiciclo del Congreso, uno no puede por menos de contagiarse un poquitín. Patrióticamente hablando, se entiende.

(ABC, 11 de abril de 2014)

No les «arronsará»

    12 de abril de 2014


En mi artículo de ayer en Crónica Global reproduje unas palabras de Salvador Dalí fechadas en octubre de 1930. Como ya advertí entonces, esas palabras forman parte de un pasaje más extenso, publicado en la revista Le Surréalisme au Service de la Revolution, donde el artista se despachaba a gusto con ese «innoble país» llamado Cataluña. Al escribir el artículo, me pareció que el pasaje entero era demasiado largo para lo que yo perseguía en aquel momento, y me conformé con extractar la parte final. Pero he aquí que ayer no pocos lectores —y cuando digo lectores digo sobre todo lectoras— se mostraron interesados en conocer la cita completa, acaso por aquello de que faltaba precisamente el fragmento donde Dalí empleaba los términos más crudos. Es, pues, con sumo gusto y como una suerte de servicio a la comunidad que reproduzco ahora el párrafo completo, sacado de la biografía que Ian Gibson dedicó al artista:

Creo que es absolutamente imposible que exista en la tierra (con excepción, naturalmente, de la horrenda región de Valencia), un lugar que haya producido nada tan abominable como lo que comúnmente se conoce como intelectuales castellanos y catalanes; estos últimos son verdaderos puercos, llevan los bigotes siempre llenos de verdadera y auténtica mierda, además la mayoría de ellos se limpian el culo con papel en lugar de enjabonarse el agujero comme il faut, como se hace en otros países, y los pelos de sus cojones y sobacos rezuman una infinidad purulenta de pequeños y furiosos «Mestre Millets» y «Àngel Guimeràs». A veces estos intelectuales se ofrecen corteses reuniones en honor de ellos mismos, y conceden recíprocamente que sus respectivas lenguas son muy hermosas y bailan danzas realmente fabulosas como la sardana, por ejemplo, que por sí misma bastaría para cubrir de oprobio y vergüenza un país entero si no fuera imposible, como ocurre en la región catalana, añadir un solo aspecto vergonzoso más a los que ya forman el paisaje, las ciudades, el clima, etcétera, de este innoble país.

Salvador Dalí, 1930

    10 de abril de 2014
El nuevo presidente del Ateneo Barcelonés, Jordi Casasses, tiene muy claros los límites. Los del propio Ateneo y los que, vista su trayectoria pública, se supone que lleva en la cabeza y le gustaría ver implantados en Cataluña. En una entrevista reciente los ha explicitado. Según Casasses, en lo sucesivo en el Ateneo se podrá hablar de todo menos «de lo que pueda herir la sensibilidad media, lo que atente contra los comportamientos democráticos básicos y lo que sin justificación sea una descalificación contra nuestro país». Y ha añadido como ejemplo: «La conferencia que hizo Rosa Díez en 2008 estuvo en el límite». Para quienes no lo recuerden, indicaremos que Rosa Díez pronunció el 4 de diciembre de 2008 en el Ateneo Barcelonés una conferencia en la que expuso el ideario de su partido, lo que generó un fuerte movimiento de contestación por parte de no pocos ateneístas —entre los que se encontraban nombres más o menos insignes como los de Heribert Barrera o Muriel Casals, que aún no había dado el salto a la presidencia de Òmnium Cultural— y hasta un intento de boicot. La conferencia, claro está, no la había organizado el Ateneo; al parecer, la sala había sido alquilada por alguien próximo a UPyD y el sector gerencial de la casa no había tenido inconveniente en acceder a la solicitud. Como reza el dicho —tan catalán por lo demás—: «Pagant sant Pere canta». Pues eso; el Ateneo Barcelonés aquel día cantó.

Pero volvamos a Casasses y sus límites. A tenor de los supuestos aducidos por el nuevo presidente para ejercer la censura de un acto, es de creer que la conferencia de Díez, o bien hirió la sensibilidad media, o bien atentó contra los comportamientos democráticos básicos, o bien constituyó una descalificación injustificada contra Cataluña. Sin que quepa descartar, sobra decirlo, que los tres supuestos a que alude Casasses se dieran a la vez. En todo caso, lo importante son las líneas rojas, pues permiten aventurar lo que ese hombre y los de su especie nos tienen preparado para el futuro si llega el día —y confiemos en que no llegue nunca— en que nuestros destinos ciudadanos estén plenamente en su poder. Porque, si bien se mira, esos límites son los de un régimen totalitario. Cualquier cosa puede considerarse una descalificación contra Cataluña. Cualquier cosa puede herir la sensibilidad media de determinados catalanes. Cualquier cosa puede atentar contra los comportamientos democráticos básicos. Sobre todo si uno repara en lo que representa Cataluña para esa gente, en lo sensible —y sensiblera— que es ante cualquier rasguño dialéctico y, en fin, en su forma particularísima de concebir la democracia. Y no me vengan con que el Ateneo es una entidad privada. Hace décadas que esa entidad recibe cuantiosas sumas de dinero público. Tantas, que sin ellas apenas podría generar más actividad que la de un club de fumadores de pipa.

En marzo de 1930 Salvador Dalí pronunció también una conferencia en el Ateneo Barcelonés. Pues bien, esa conferencia, como la de Rosa Díez en 2008, trajo cola. Y es que Dalí, ante el pasmo del entonces presidente del Ateneo, Pere Coromines, presente en la sala, calificó a Àngel Guimerà, gloria de las letras catalanas, de «gran cerdo», «gran pederasta» e «inmenso putrefacto peludo». Como pueden figurarse, se armó la de San Quintín. De haber estado ahí Casasses, seguro que habría visto desobedecidos todos los mandamientos, cruzadas todas las líneas, transgredidos todos los límites. Pero la prensa apenas se hizo eco del escándalo, dado que aquel fin de semana primaveral se celebraba en Barcelona un encuentro entre intelectuales castellanos y catalanes y las miradas estaban puestas por entero en aquellos fastos. Y esa fue la razón, al decir de Ian Gibson, biógrafo del artista, por la que al cabo de unos meses Dalí se desahogó en una revista surrealista francesa en estos términos —entre otros, por cierto, muchísimo más crudos—: «A veces estos intelectuales se ofrecen corteses reuniones en honor de ellos mismos, y conceden recíprocamente que sus respectivas lenguas son muy hermosas y bailan danzas realmente fabulosas como la sardana, por ejemplo, que por sí misma bastaría para cubrir de oprobio y vergüenza un país entero si no fuera imposible, como ocurre en la región catalana, añadir un solo aspecto vergonzoso más a los que ya forman el paisaje, las ciudades, el clima, etcétera, de este innoble país».

Ya ven, igual, igual que hoy. Y, si no se lo creen, repitan conmigo, masticando cada palabra: «(…) si no fuera imposible, como ocurre en la región catalana, añadir un solo aspecto vergonzoso más a los que ya forman el paisaje, las ciudades, el clima, etcétera, de este innoble país».

(Crónica Global)


Esta misma mañana, dentro de nada, va a presentarse en el Colegio de Periodistas de Cataluña el manifiesto «Sociedad Civil Catalana». O sea, va a presentarse la Sociedad Civil Catalana. La noticia no es una noticia cualquiera. El nacionalismo siempre se ha jactado de ser la representación de la sociedad civil. Nada más falso. El nacionalismo, a través de los múltiples tentáculos de la administración, representa a la sociedad subsidiada, dependiente, abducida; servil, en una palabra. Es decir, justo lo contrario de lo que ha sido siempre una sociedad civil. Entre quienes se han asociado para crear Sociedad Civil Catalana hay gente de derechas, de izquierdas y de centro; gente moderada y gente que no lo es tanto; gente que lleva mucho tiempo en la lucha contra el nacionalismo y gente que apenas acaba de empezar. A todos les une un compromiso: defender la ley y el orden, esto es, la españolidad de Cataluña y la catalanidad de España. No tienen deudas con nadie; son libres. Han surgido en Cataluña y mañana se presentan en Madrid. Ahora sólo falta que ese movimiento civil se extienda al conjunto de España. Porque lo que les ha llevado a dar este paso, a erigirse en verdadera sociedad civil, es, ante todo, un problema de España.

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Los socialistas baleares han celebrado sus primarias para designar el candidato a las próximas autonómicas —en versión ampliada, como en Barcelona: o sea, militantes, simpatizantes y ocasionales a dos euros y una rúbrica por barba—. Ha vencido, cómo no, el aparato, o sea, la actual secretaria general, Francina Armengol. Pero ha vencido mal. Y es que ha ganado en gran medida gracias al campo mallorquín —la llamada part forana, cautiva del social-nacionalismo— y a los votos de la isla de Ibiza. Aina Calvo, su oponente, se ha impuesto en Menorca, y, sobre todo, en Palma y los principales núcleos urbanos. Si esto fuera el 12 abril de 1931 en vez del 6 de abril de 2014, ya tendríamos a Calvo saludando a la militancia desde el balcón de la sede del partido y a Armengol poniendo rumbo a Argel en un falucho igualitario.

Son sociedad civil

    7 de abril de 2014


(Juan G. Olmedilla, "España a sangre y fuego captada por ojos y oídos españoles", Caras y Caretas, 30-1-1937)
Dice Andreas Schleicher —responsable de Educación de la OCDE y, en consecuencia, de los sucesivos informes PISA— que «en el siglo XXI debe haber un enfoque diferente en la enseñanza». A su juicio, el que los alumnos españoles hayan logrado en las pruebas de habilidades prácticas resultados incluso peores que los ya de por sí calamitosos obtenidos en ciencias, matemáticas o comprensión lectora —esto es, por recurrir a una de las preguntas del examen, el que uno de cada tres quinceañeros patrios no sepa encontrar la ruta más corta en un mapa de carreteras—, demuestra que nuestros jóvenes carecen de creatividad o, lo que es lo mismo, que sus profesores no ponen el énfasis suficiente en «estudiar de forma creativa los conocimientos». La culpa, pues, la tiene el método. Según Schleicher, hay que cambiar, sí o sí, de metodología, que es como decir, en muchísimos casos, que hay que cambiar de profesor.

Sin duda. La cosa no funciona, y algo habrá que hacer para subsanar ese déficit de creatividad y, digo yo, de espíritu crítico de los jóvenes españoles. Ahora bien, lo que a mi entender resulta más preocupante es que el día en que Schleicher se manifestó de ese modo tenía a su lado a la secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, que también se manifestó al respecto. En estos términos: «Hace falta un cambio radical en la metodología de la enseñanza, (que es) anticuada (y) pone todo el énfasis en el aspecto memorístico». ¿De qué enseñanza estaba hablando la secretaria? Por supuesto, no de la primaria, donde la llamada renovación pedagógica arrasó hace ya décadas todo vestigio de memoria y de transmisión del conocimiento. Tampoco de la secundaria, que la Logse convirtió en una prolongación de la primaria. Quizá se refiriera a algún reducto de la vieja enseñanza media, tan extraordinario en todo caso como aquel poblado galo de Astérix y compañía.

No, secretaria, la memoria y su cultivo fueron barridos de la escuela hace ya mucho tiempo. Lo que se estila desde entonces es la «tabula rasa», condición «sine qua non» de la tan alabada comprensividad. Con los resultados de todos conocidos, por cierto.

(ABC, 5 de abril de 2014)

Memoria y desmemoria educativas

    5 de abril de 2014
En un artículo publicado ayer aquí mismo, Mercè Vilarrubias volvía sobre el asunto que ya le ocupó en su valiente y utilísimo Sumar y no restar. Este asunto es la creencia, convertida en doctrina por el nacionalismo catalán, de que la inmersión lingüística favorece la cohesión social hasta el extremo de que cualquier otro modelo educativo no puede sino acarrear su quiebra. Por supuesto, tal y como demuestra Vilarrubias, esa creencia no tiene base alguna. Ni racional, ni factual. En otras palabras: no existe ningún vínculo entre inmersión y cohesión, aparte del eco de una vulgar rima consonántica. Si los apóstoles de la escuela catalana insisten en pregonar lo contrario es justamente para blindarse ante cualquier crítica, para no tener que dar explicaciones de sus actos, próximos —y la justicia se encarga de recordárnoslo casi cada día— al delito. La cohesión social depende de múltiples factores, y entre ellos, muy en primer plano, los educativos. Pero esos factores educativos son la calidad, la equidad y los índices de fracaso escolar. La lengua vehicular no está ni se le espera.

Excepto en la Cataluña nacionalista. Porque este es, al cabo, el problema. Estamos tan acostumbrados a reducir nuestro marco analítico al que los propios nacionalistas nos imponen, que a nadie se le ha ocurrido, que yo sepa, contraargumentar del siguiente modo: de acuerdo, demos por bueno que la inmersión lingüística —o sea, la existencia de un único idioma vehicular— es el factor educativo determinante de la cohesión social; siendo así, ¿a qué espera el Gobierno central para recuperar sus competencias plenas en educación y establecer un modelo educativo cohesionador para el conjunto del territorio nacional en que el castellano sea la única lengua vehicular? ¿O acaso no merecen los españoles, tomados como un todo, el mismo privilegio del que hasta ahora sólo se ha beneficiado una parte, la de aquellos que también disfrutan de la condición de catalanes? ¿O acaso no son todos sin distinción, hayan nacido donde hayan nacido y residan donde residan, ciudadanos libres, iguales y fraternos?

No hace falta añadir cómo sería recibido en la Cataluña nacionalista semejante contraargumento. Se armaría la de Dios es Cristo. Que si supone una agresión contra Cataluña; que si se trata de una medida totalitaria, dada la pluralidad idiomática española; que si estamos ante una vuelta al franquismo; todo menos reconocer su identidad con el argumento al que los propios nacionalistas recurren para defender su statu quo educativo. Pero esa ampliación del foco, ese convertir por sistema los asuntos catalanes en asuntos españoles, no debería utilizarse tan sólo como reactivo. También como acto afirmativo. Todo cuanto afecta a Cataluña afecta a España entera. Lo que significa que todos los españoles, hayan nacido o no en Cataluña y residan o no residan en esa Comunidad, tienen algo que decir sobre sus asuntos. Y ese algo adquiere proporciones considerables cuando el tema en cuestión trasciende el campo familiar e interesa el espacio público. La inmersión lingüística, por ejemplo. O, ya que estamos y no parece que vayamos a salir pronto de ella, la pomposamente llamada «transición nacional».

No se me escapa que tres décadas y media de nacionalismo gobernante tienen que haber hecho mella por fuerza en las conciencias y en las costumbres. Uno no es de piedra. Pero los catalanes, si en verdad aspiramos a seguir siendo libres, iguales y fraternos, o sea, a seguir siendo españoles, no tenemos más remedio que reafirmar nuestra españolidad. Y no me refiero ahora a simbologías o identidades. Sólo a algo tan simple y, sin embargo, tan olvidado como es el convencimiento de que los problemas de los demás españoles son nuestros problemas, del mismo modo que los nuestros son los suyos.

(Crónica Global)

Para seguir siendo españoles

    2 de abril de 2014