Cataluña, tal cual.es

Manifiesto

    30 de septiembre de 2012
La verdad, no sé muy bien qué es el masismo. Ni siquiera si tal movimiento existe. Estos días hemos visto como distintos palmeros, algunos resueltamente entrados en años —y quien dice palmeros dice palmeras, claro—, se apostaban a las puertas del Palacio de la Generalitat o del Parlamento de Cataluña para celebrar que Artur Mas hubiera dado el paso. Quizá el masismo no sea más que eso, al cabo: un paso, un paso dado. Y a «un terreno desconocido», como precisó el propio interesado a mediados de mes ante las huestes veraniegas de su partido. En tal caso, el movimiento tendría, sin duda alguna, un fondo romántico, aventurero, sentimental. Algo así como ¡adelante, y que sea lo que Dios quiera! —sin reparar, como muy bien advertía Javier Cercas esta semana, en que «si se estrella, vamos todos detrás»—. Por lo demás, ese componente sentimental forma parte del «atrezzo» al que suele recurrir el presidente de la Generalitat. Por ejemplo, al afirmar que «hay algo que está por encima de las leyes, los partidos e incluso los parlamentos, que es la llama que calienta el corazón de las personas». O al asegurar, en lo que no cabe sino interpretar como una suerte de acto sacrificial, que, una vez cumplido el objetivo —esto es, una vez completada esa «transición nacional» que debe llevarnos a lo desconocido—, él no volverá a presentarse como candidato. Lo cual ha sido recibido con suma incredulidad por más de uno: cómo no va presentarse —sostienen esos escépticos—, si aquí, quién más, quien menos —y perdón por la anfibología—, todos se agarran a la poltrona. Pues ojalá, llegado el caso, Mas cambie de parecer y se presente. Es lo mínimo que cabe exigirle. Sólo faltaría que después de meternos donde nos quiere meter, se largara a Liechtenstein —un decir—. No, aquí a aguantar mecha. Con los palmeros y las palmeras. Y el masismo todo. No vaya a resultar que esa llama que ahora calienta el corazón de las personas acabe calentando el de las tinieblas.

(ABC, 29 de septiembre de 2012)

El masismo

    29 de septiembre de 2012
Dudo que vayamos a salir de esta subiendo impuestos. Ni aunque la subida sea o aspire a ser, como en el caso del IRPF, algo temporal y extraordinario. Basta ver cómo andan de ánimos los autónomos, que son quienes se supone que deben tirar del carro, para convencerse de que las políticas impositivas, más que activar, paralizan, si es que no echan por tierra lo poco que todavía permanece en pie. Aun así, y puesto que no nos queda más remedio que convivir con lo que tenemos, no estará de más tratar de sacar alguna enseñanza de las medidas adoptadas por el Gobierno y, en especial, de lo que el sector de la cultura ha bautizado ya como el «ivazo», esto es, la aplicación del nuevo tipo de IVA general (21%) al precio de las entradas a cines, teatros, circos, conciertos y exposiciones, en lugar del anterior tipo reducido (8%).

Ese aumento de un 13% —en vez del 2%, que es lo que habría aumentado de mantenerse en el mismo tipo— ha producido ya las naturales ronchas entre los afectados. En realidad, lleva produciéndolas desde el día primaveral en que el ministro Montoro anunció la medida, pero no ha sido hasta la víspera misma de su aplicación, a finales del pasado mes de agosto, cuando las reacciones alcanzaron una intensidad notoria. Mientras la Unión de Asociaciones Empresariales de la Industria Cultural Española, entidad que agrupa a más de 4.000 empresas del sector, confiaba todavía en lograr una suerte de moratoria que permitiera, negociación mediante, si no eliminar, sí mitigar cuando menos la subida anunciada, un portavoz del Ministerio de Hacienda explicaba las modificaciones introducidas por el Gobierno en la nueva tipología del IVA y, en concreto, la que distingue los «productos de entretenimiento», que pasan al tipo general y aumentan, pues, un 13%, de los «productos culturales» como las entradas a museos, archivos, bibliotecas, centros de documentación, galerías de arte y pinacotecas, que conservan el tipo reducido y no aumentan más que un 2%. (El precio del libro de papel, por su parte, se mantiene en ese puesto de privilegio que es el tipo superreducido (4%), junto a revistas y periódicos, y en compañía del pan, los huevos, la leche y otros productos de primera necesidad.) Sobra decir cómo se tomaron semejante distinción las empresas culturales agrupadas bajo la bandera de la Unión. No sólo se quedaban sin moratoria, sino que encima el Ministerio les negaba el derecho a seguir luciendo —impositivamente, al menos— el adjetivo. Cornudas y apaleadas, vaya. Peor imposible.

Y lo cierto es que las palabras del portavoz ministerial, mal que les pese a los directivos de esas empresas, ni son «escandalosas», ni constituyen un «grave atentado a la razón», ni están en modo alguno fuera de lugar. Al contrario, inciden en un viejo debate, que rebrota de forma más o menos cíclica y que en los últimos tiempos, gracias en buena medida al denuedo con que Mario Vargas Llosa ha arremetido contra «la civilización del espectáculo» —primero en las páginas de la revista «Letras Libres» y luego, ya más extensamente, en forma de libro en Alfaguara—, ha cobrado cierta actualidad. Me refiero al que gira en torno al concepto de cultura y a su demarcación. A juzgar por el comunicado de la Unión de Asociaciones Empresariales, cultura sería cualquier tipo de espectáculo producido por alguna de las empresas cuya representación ejerce la Unión —lo que no impide, claro, que también puedan serlo, para ella, otras formas de expresión no espectaculares—. Según el portavoz de Hacienda, en cambio, todo espectáculo sería, en esencia, entretenimiento —y de ahí la equiparación impositiva con los espectáculos deportivos o las corridas de toros—, mientras que la cultura quedaría circunscrita a la creación literaria y artística y a la gestión del patrimonio generado, a lo largo de los siglos, en cada uno de estos ámbitos.

Semejante separación, si bien se mira, es la que han venido observando los diarios, desde mediados del pasado siglo y hasta hace cosa de una década, al distinguir entre una sección de Cultura y otra de Espectáculos, o incluso, dentro de la misma sección, entre ambos conceptos. Cierto es que, coincidiendo con el cambio de siglo, esa prensa de papel empezó a encajar todos los contenidos en un solo recipiente y a ordenarlos y jerarquizarlos según dictara la actualidad, lo que trajo como consecuencia que la sección pasara a denominarse «Cultura» aun cuando no acogiera a menudo sino espectáculos. Es más, en las contadas ocasiones en que las noticias adscritas tradicionalmente al campo de la cultura encontraban hueco en sus páginas, el enfoque que se les daba era inequívocamente espectacular, o sea, bien poco cultural. Y así seguimos.

Por supuesto, no seré yo quien eche toda la culpa a los medios de una tal mezcolanza; al fin y al cabo, los medios reflejan la realidad tanto como la construyen, y, en último término, no pueden sustraerse a la demanda de sus audiencias. Ni seré yo tampoco quien sostenga que los productos del teatro, la danza, el cine, los conciertos, las exposiciones o incluso el circo no forman parte de la cultura. Dependerá de cada obra: de lo que proponga, de cómo trate lo propuesto, de las fuentes de las que haya bebido, de la novedad que aporte, del enriquecimiento espiritual o intelectual que procure; en síntesis, del grado de pensamiento que la recorra de punta a cabo. De igual modo, no todo producto de la creación literaria, por más que se inscriba en dicha categoría, adquiere «de facto» el marchamo cultural; dependerá también de esos mismos factores. Sea como sea, ese «mundo en el que —en palabras de Vargas Llosa— el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal», no parece tener en gran aprecio lo que desde la antigüedad grecolatina y hasta no hace mucho se había entendido por cultura.

En este proceso no todo ha sido, por supuesto, sometimiento a las leyes del mercado y a los dictados de la sociedad de masas. Los poderes públicos, siempre tan proclives a remar a favor del viento, han contribuido también con sus políticas al actual estado de cosas. Las ayudas a la cultura, incorporadas singularmente con los gobiernos socialistas de Felipe González —en una operación hecha a imagen y semejanza del modelo francés, ese que Marc Fumaroli ha desmenuzado sin contemplaciones en su ensayo «El Estado cultural» (Acantilado)—, han combinado las inyecciones de dinero a fondo perdido, en forma de convenios o subvenciones, con las rebajas fiscales. Lo cual ha tenido, claro, consecuencias. La más llamativa, la construcción de una industria del ocio también llamada cultural, dependiente en gran medida del Estado y fiel, en justa correspondencia, a sus requerimientos.

Ignoro si esos vínculos van a perdurar en el futuro o si, por el contrario, el cambio de tipo y las declaraciones del portavoz ministerial preludian ya la ruptura. Pero, por si acaso, yo les recomendaría a esos directivos de la Unión un cambio de táctica. Olvídense de la cultura y concéntrese en el IVA. Si lo que les afean es que se lucran con el entretenimiento, es decir, que colaboran en el «panem et circenses» al que tan aficionados son los gobiernos, ¿por qué no reivindican que se les aplique un 4%, como al pan, en vez del 21% a que les ha llevado el circo? Aunque no les escondo que eso tiene su riesgo. Porque, con lo mal que está la cosa, igual esos desalmados de Hacienda le dan la vuelta a la propuesta y nos encontramos, en un próximo Consejo de Ministros, con el anuncio de que el pan pasa al 21%.

(ABC, 24 de septiembre de 2012)

Pan y circo

    24 de septiembre de 2012
Querido lector: ignoro cuántos años tiene usted. Pero si se da el caso de que está entre los 18 y los 35, año más, año menos; de que ha vivido toda su vida o gran parte de ella en Cataluña y de que no es nacionalista —o sea, catalanista en cualquiera de sus múltiples grados—, permítame que le felicite. Lo suyo tiene mérito. Usted no ha conocido otra Cataluña que la autonómica, ni otra España que la de las Autonomías. A no ser que sus padres tuvieran interés y dinero bastantes como para matricularle en un colegio extranjero, a usted lo habrán escolarizado según el modelo establecido en Cataluña para la escuela pública, privada y concertada. En lo lingüístico y en todo lo demás. Por otro lado, usted habrá consumido, en dosis tan variables como inevitables, los medios de comunicación del país y, en especial, la televisión autonómica, con su tufillo patriótico. Y, aun así, usted ha tenido el buen gusto de no ser nacionalista. Mi enhorabuena —que hago extensiva, sobra decirlo, a sus progenitores—. Pero usted es joven, le queda todavía mucha cuerda. Como ciudadano de Cataluña, le corresponderá tomar, dentro de nada, decisiones importantes. Y esas decisiones conviene que puedan tomarse en libertad, esto es, con conocimiento de causa. Por eso es necesario que contribuya usted a la apertura de un gran debate sobre el futuro de Cataluña que contrarreste, en lo posible, el discurso único que el nacionalismo se ha arrogado desde hace más de tres décadas. En fin, que debe usted saltar a la arena, pedir la palabra, pronunciarse. Otros lo hicimos ya en épocas pasadas y ahí seguimos, mal que bien. Pero nuestro ciclo ha terminado. O casi. El que ahora cuenta es el suyo, lector. Piense en su responsabilidad, en su responsabilidad ciudadana. Piense en la de gente que está esperando una palabra, un gesto, una señal para movilizarse. Y tenga usted por seguro que ese mérito que ya se le reconoce se volverá, con el tiempo, profundo agradecimiento.

(ABC, 22 de septiembre de 2012)

Carta catalana

    22 de septiembre de 2012
Las guerras de toda la vida

Contra el olvido

    16 de septiembre de 2012
No estaba en mis cálculos hablarles de cálculos. Pero las palabras del presidente Mas me obligan a ello. Este jueves el Odiseo catalán ha realizado en Madrid, ante un público de empresarios, una regla de tres. Ha dicho Mas: «Que no se cometa el peor error, que es minimizar lo que está ocurriendo (…). Un millón y medio en Cataluña sobre siete millones es la quinta parte. Es como si nueve millones de personas salieran en toda España». Cierto. El problema es que uno de los valores usados es falso. Según aquellos que se han tomado la molestia de contar los asistentes a la manifestación del martes, el número de movilizados apenas habría alcanzado la quinta parte de ese millón y medio. O sea, que estaríamos, Mas, en la quinta parte de la quinta parte. Es más, incluso en este supuesto, cualquiera con un mínimo de probidad eliminaría del recuento, aparte de a los curiosos y paseantes, a esa legión de párvulos y adolescentes a los que sus papás se han llevado de marcha, bien para educarlos en la ciudadanía —catalana, claro—, bien para no verse obligados a pagar un canguro. Aunque ya comprendo que los sueños del presidente difícilmente van a plegarse al imperio de la realidad y el razonamiento. Cuando uno sueña en pleno siglo XXI con llegar a Ítaca, y encima —lo que ya es tener mal gusto—, Lluís Llach mediante, es que está dispuesto a falsear cualquier valor. Incluso el de los clásicos como Heródoto —griego, por más señas—, que allá por el siglo V antes de Cristo dejó escrito en uno de sus libros: «Es mucho más fácil engañar a una multitud que a un solo hombre».

Por lo demás, al Odiseo catalán le crecen los enanos. La nueva ley de educación que prepara el Ministerio del ramo prevé, entre otras cosas, ampliar en un 10% los contenidos comunes, lo que equivale a rebajar en un 10% el cupo de que dispone la Generalitat para la formación del espíritu nacional. Se abre, pues, un nuevo frente. Nacional, por supuesto.

(ABC, 15 de septiembre de 2012)

Cálculos y porcentajes

    15 de septiembre de 2012
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Cataluña camina hacia la independencia

    12 de septiembre de 2012
He sido siempre partidario de conservar los restos. Cualquier resto, incluso el más insignificante, posee un determinado valor. Aunque sólo sea porque permite que uno se plante delante y diga, mientras observa esa placa, esa estatua, ese edificio, ese pedazo de tierra: fue, significó, pasó —al margen de la consideración en que uno tenga al referente—. Comprendo que a veces no quede más remedio que extirpar o derribar. El progreso, claro. O la higiene, que a menudo viene a ser lo mismo. Pero, insisto: en la medida en que somos, en gran parte, lo que hemos sido, cuanto más conservemos, más y mejor nos conoceremos. Por eso, cuando las obras de cimentación de la futura Biblioteca Provincial de Barcelona, en el Mercado del Born, destaparon los restos de la trama urbana de comienzos del siglo XVIII, asediada y bombardeada por las tropas de Felipe V, me manifesté a favor de su salvaguarda. Y con más motivo, si cabe, cuando supe que el historiador García Espuche —exresponsable de exposiciones del CCCB y autor de un precioso libro, «El inventario», sobre la Barcelona de mediados del XVII— estaba al frente del proyecto museístico. Desde entonces han pasado 12 años. Y, entre lo gastado y lo que todavía se va a gastar —está previsto que se inaugure el 11 de septiembre de 2013—, la inversión ascenderá a 84 millones. Con todo, lo más grave no es esto. Lo más grave es que el nuevo director, el editor Torra, quiere que el centro cultural sea la «punta de lanza para la ambición nacional», lo que concuerda con los deseos del teniente de alcalde Ciurana —que, en definitiva, es quien lo ha fichado— de convertir el Born en el «centro neurálgico» de los fastos conmemorativos de 1714 —comisariados, por lo demás, por esos dos portentos del independentismo regional apellidados Calzada y Soler—. ¿Que todo esto se veía venir y sólo un cándido podía engañarse al respecto? Quizá. Pero, qué quieren, uno entonces aún se hacía ilusiones.

(ABC, 8 de septiembre de 2012)

Los restos del 11 de septiembre

    8 de septiembre de 2012
1. A Unió le va la marcha… hasta cierto punto. Desfilará el 11-S detrás de la pancarta, pidiendo que Cataluña se convierta en el próximo Estado de Europa, pero lo hará orteguianamente. O sea, mandará allí al hombre masa y dejará en casa a la minoría de ilustrados. Sí, ya sé que considerar ilustrados a Duran, Ortega y Pelegrí es llevar la analogía algo lejos, pero, qué quieren, en Cataluña es lo que arde. Y, por cierto, el caso de Ortega merecería un estudio interdisciplinar —subvencionado, sobra añadirlo— que combinara la ciencia política con la psicología clínica. La vicepresidenta empezó diciendo que iría a la manifestación, si bien a título personal. El martes, cuando el Benemérito Padre de la Patria Nueva dio permiso a sus consejeros para obrar según les dictara su conciencia nacional, ya no sabía a título de qué debía manifestarse. Y ahora resulta que su jefe de filas ha decretado que no asista a la marcha ningún dirigente del partido, lo que todavía complica más la cosa. Yo de ella, y puesto que parece ilusionada con la cita, iría en calidad de estudiante de psicología, que es una condición que no caduca, cuando menos en su caso, ni compromete demasiado.

2. Esos trenes patrióticos que saldrán el 11-S de Figueras con parada en Gerona y destino en Barcelona para que los nacionalistas del norte puedan sumarse a la fiesta y cuyo flete obedece a un llamamiento de los alcaldes convergentes de ambas capitales de comarca en lo que ha sido ya justamente asociado a los autocares de los tiempos del franquismo; esos trenes, digo, a mí me recuerdan el convoy que la Unión Patriótica, el partido fundado por Primo de Rivera, fletó el 18 de marzo de 1930 para traer a Madrid, desde Irún, el cadáver del dictador, muerto en París. Sólo que el tren paraba entonces en cada estación, para que le echaran flores al féretro, le tocaran la Marcha Real y le rezaran un responso. No sé, igual todavía estamos a tiempo de arreglarlo.

(ABC, 1 de septiembre de 2012)

Apuntes veraniegos (y 5)

    1 de septiembre de 2012