En tiempos ya pretéritos hubo entre lo que se entiende por comunidad educativa –sindicatos docentes, asociaciones de padres de alumnos, representantes de centros privados y concertados y editores de libros de texto, principalmente– un deseo ferviente de alcanzar con la administración un pacto educativo. El propósito era encomiable. Se trataba de alcanzar un gran acuerdo que desembocara en una ley suscrita por una mayoría sustantiva de las fuerzas parlamentarias y cuya vigencia no dependiera de los azares de las urnas, sino que los trascendiera. Este era el compromiso; de ahí que se hablara de una ley que tuviera una duración de por lo menos diez años. Ciudadanos, que por entonces había irrumpido con determinación en la política española, era el abanderado del pacto. Su iniciativa, además, se ajustaba como un guante a aquello que lo había traído al mundo: servir de engarce con uno de los dos partidos mayoritarios para hacer posible un gobierno que no dependiera del acostumbrado chantaje de las formaciones nacionalistas y aplicar, en la medida de lo posible, los principales puntos de su programa electoral. La consecución del pacto educativo lo era. Y la ocasión, con un gobierno del Partido Popular apoyado en el Congreso por el propio Cs, favorecía sin duda el propósito. Es más, el otro gran partido de la Cámara, el PSOE, se hallaba entonces, por así decirlo, en barbecho tras la dimisión de Pedro Sánchez después del rocambolesco Comité Federal –el de la urna fantasma– que llevaría a la formación de una Gestora presidida por Javier Fernández y, poco después, a la convocatoria de unas nuevas primarias que se saldarían con el retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del partido.

Esas circunstancias facilitaron la creación en el Congreso de una comisión en la que estuvieran presentes todas las fuerzas parlamentarias. Y, entre ellas, un PSOE que había permitido con su abstención la investidura de Mariano Rajoy y ahora parecía dispuesto, a juzgar por la actitud de sus representantes en el transcurso de las sesiones de trabajo de la comisión, a colaborar en la consecución del objetivo. Pero la esperanza de alcanzarlo duró lo que tardó Sánchez en volver a la secretaría general. Nada más retomar el mando del partido, cambió al portavoz de la Comisión de Educación del Congreso –en cuyo seno tenían lugar las sesiones de la comisión recién creada–, sustituyendo a un catedrático de universidad por una sindicalista asamblearia. El camino hacia la obstrucción y posterior derribo cuando sólo faltaban por aprobar las conclusiones de la comisión estaba trazado. Para el partido socialista, la enseñanza no podía ser materia de acuerdo entre las partes. La opinión de la comunidad educativa importaba más bien poco, por no decir nada, a un partido empeñado en demoler la ley entonces vigente, la Lomce, y reemplazarla por una nueva con marchamo izquierdista y las habituales concesiones, cada vez mayores, al nacionalismo vasco y catalán. Pero para eso había que alcanzar el gobierno y una mayoría suficiente en las Cortes. Lo primero lo logró Sánchez con la moción de censura de junio de 2018; lo segundo, en noviembre del año siguiente, cuando los resultados electorales y el posterior acuerdo de gobierno con Podemos le permitieron asentarse en el poder.

Dicho lo cual, alguien podría creer que esa querencia de los socialistas y demás izquierda por el control de la educación es algo de ayer o de anteayer. En modo alguno. Se fraguó en los años ochenta del pasado siglo, y se plasmó en los noventa, con la aprobación de la Logse (1990). Luego, ya en el presente siglo, primero la Loe (2006) y después la Lomloe (2020), también conocida como ley Celaá, terminaron el trabajo. Se me dirá que entremedias hubo dos leyes promulgadas por gobiernos del PP. Cierto. Pero al contrario que las gestadas y alumbradas por el PSOE, estas –la Loce (2002) y la Lomce (2013)– apenas superaron la primera infancia. Nada más volver al gobierno, el PSOE las derogó. Puede por tanto establecerse entre la Logse y la actual Lomloe una línea del tiempo casi sin solución continuidad. Y los resultados, a la vista están.

Ni siquiera hace falta acudir a la tozuda evidencia de las evaluaciones internacionales. Hemos sabido recientemente que en las oposiciones a docentes de Primaria y Secundaria el porcentaje de suspensos ha alcanzado en algunas comunidades autónomas los dos tercios de los aspirantes, debido en parte a las faltas de ortografía cometidas. Algo que se ha detectado en particular en los aspirantes más jóvenes. Se trata, pues, de opositores formados –o deformados, como prefieran– ya en el actual sistema educativo, donde las sucesivas legislaciones han ido rebajando, una tras otra, los niveles de exigencia más elementales, a sobreproteger a los alumnos, a eximirles de toda responsabilidad. Y estos no han tardado en aprender la principal lección: si puedo pasar de curso con asignaturas suspendidas, ¿por qué voy a perder el tiempo esforzándome en aprobarlas?

Aun así, lo más preocupante no es que algunos de esos opositores hayan escrito, por ejemplo, globo con uve; al fin y al cabo, son jóvenes y estarán acostumbrados a telefonear a Glovo, esa empresa de comida rápida servida a domicilio. Lo que ya no tiene pase, o no debería tenerlo, es que se hayan presentado a reclamar en desacuerdo con la puntuación recibida –en según qué comunidades autónomas las faltas de ortografía penalizan– acompañados de sus padres. Claro que en eso, al menos, la culpa anda repartida.

De dónde vienen los "glovos"

    17 de julio de 2026
En las elecciones generales de 1979 el PSOE utilizó en su cartelería como lema de campaña “100 años de honradez y firmeza”. Aunque la afirmación fuera falsa y lo fuera por diversas y variadas razones –en realidad, lo único cierto era que aquel año se cumplía un siglo desde la fundación del partido–, corrían tiempos propicios al olvido. La Transición, ya se sabe. Prueba de ello es que entre la clase política de entonces el lema sólo obtuvo una respuesta, más bien jocosa, en las filas comunistas, donde le añadieron la coletilla “… y 40 de vacaciones”, en alusión al desvanecimiento del partido socialista durante el franquismo. Hubo que esperar todavía tres años –en concreto, hasta la victoria del PSOE de Felipe González por mayoría absoluta en las siguientes elecciones generales– para que las dudas que se podían tener con respecto a esa honradez y esa firmeza empezaran a disiparse. No por mucho tiempo, es verdad. Ya a finales de los ochenta estallaron el caso GAL de terrorismo de Estado y el caso Filesa de financiación ilegal del partido. Y en los noventa la cuesta abajo se aceleró con los casos Roldán e Ibercorp, entre otros. La llegada del PP de José María Aznar al Gobierno en 1996 impidió probablemente que esa retahíla de casos de corrupción se incrementara.

Pretender que Rebeca Torró, actual secretaria de Organización del PSOE, tuviera conocimiento de estos hechos a todas luces deshonrosos cuando, con 19 años, se afilió a las juventudes del partido, sería mucho pretender. Por la edad y porque la disposición de ánimo de alguien que se afilia a las juventudes de una formación política y va escalando posiciones hasta alcanzar, un cuarto de siglo más tarde, las cotas más altas de la organización; esa disposición de ánimo, decía, no puede ser en modo alguno la de una persona con suficiente criterio e independencia de juicio como para poner en duda lo que se da por cierto sin serlo y actuar en consecuencia, ya disintiendo, ya abandonando el barco. Sus palabras del pasado lunes en la rueda de prensa que ofreció en la sede socialista y que luego difundió en la red social X demuestran a las claras su grado de asunción sin fisuras de la doctrina oficial.

En un discurso leído sin ningún respeto por la prosodia, martilleado más que pronunciado, y en el que no faltó el acostumbrado laudo a su amo y señor como artífice de la inimaginable prosperidad de la que disfrutamos, Torró echó mano del pasado para afirmar que el PSOE es “el partido de 147 años de historia, de lucha por la democracia y por el Estado de Derecho. (…) La honestidad es un valor esencial para el partido socialista.” Ya hemos visto hasta qué punto esa honestidad –léase sobre todo en el sentido de honradez– ha sido quebrantada, al igual que el Estado de Derecho, en los gobiernos socialistas de finales del pasado siglo –a los que podemos añadir los de estos últimos años, que los superan sin duda alguna–. Pero en esos 147 años de historia existen quebrantamientos del Estado de Derecho mucho más graves y trascendentes. Me refiero a los acaecidos durante la República y la guerra civil. Aquel partido socialista de Prieto y Largo Caballero urdidor del golpe de Estado de 1934 contra el Gobierno de la República, contrario a toda alternancia con la derecha y corresponsable de la represión criminal en la retaguardia republicana durante la guerra civil, tenía poco de democrático y ajustado a derecho y mucho de revolucionario. Debería bastar ese recuerdo para que la verdad prevaleciera sobre la falacia y pudiéramos ahorrarnos discursos como el de Rebeca Torró, que miran hacia el pasado comprometiendo en el propósito una honradez y una firmeza que si en 1979 ya eran falsas, lo son muchísimo más a estas alturas.