Dice Artur Mas que pronto va a tomar «nuevas decisiones complicadas y no exentas de riesgo». Sin duda. Si toda decisión que se toma es ya de por sí más o menos complicada y tiene más o menos riesgo, las que viene adoptando el presidente de la Generalitat lo son por partida doble. Por un lado, porque le afectan y afectan también al conjunto de los catalanes y al resto de los españoles. Y, luego, porque se sitúan desde hace más de dos años en un terreno espinoso, donde no parece regir ni la ley, ni la moral, ni el decoro. En este mes de enero de 2015 que mañana empieza, Mas va a tener que decidir si adelanta o no las elecciones al primer trimestre del año, antes pues de las municipales, o si no lo hace y las deja para otoño o para dentro de dos años, que es cuando toca. Esa decisión, que le afecta a él y afecta a todos los catalanes y al resto de los españoles, por cuanto esos comicios anticipados, de convertirse en plebiscitarios, pueden constituir un fraude de ley, depende de una serie de factores y ninguno parece estar por completo en sus manos. El frente electoral soberanista que proyecta junto a las forces de frappe del independentismo —ANC, Òmnium y AMI— no cuenta con el beneplácito de ERC, contraria a la «lista de país» de Mas y partidaria de concurrir por separado con un miniprograma común. Pero la opción de retrasar las elecciones, o sea, de no adelantarlas o no adelantarlas tanto —alternativa planteada por Mas si su propuesta unitaria no sale adelante— es rechazada de plano por ERC y las forces de frappe, conscientes de que el movimiento nacional empieza a flaquear y más flaqueará sin duda con el paso del tiempo. Así las cosas, todo indica que al presidente no le quedará más remedio que convocar esos comicios para dentro de nada, tanto más cuanto que ERC se niega a dar por buenos unos presupuestos para 2015 si no se aceptan sus condiciones. Y, en tal caso, no hace falta añadir cuál va a ser el riesgo para Mas. El de perder, por supuesto. Y el de los catalanes y el resto de los españoles, el de seguir enredados en la madeja del nacionalismo sin poder atender a lo que realmente importa y resulta perentorio para devolver a nuestro país, o sea, España, a la senda de la igualdad, la libertad y el progreso.

Del riesgo compartido

    31 de diciembre de 2014


Veo esa foto de las dos selecciones autonómicas formando en el centro del campo mientras suenan —imagino— los himnos y me fijo en las pancartas. La de los vascos reza «One country, one team»; la de los catalanes, «Una nació, una selecció». Se supone que rezan lo mismo, pero no es así. Cierto: ambas reclaman el reconocimiento oficial de las selecciones, la posibilidad de que se conviertan, para entendernos, en la Gales o la Escocia ibéricas. Sin embargo, la primera lo hace en inglés y la segunda en catalán. ¿Por qué? La presencia del inglés parece obedecer a la retransmisión televisiva del evento y a la consiguiente oportunidad de que el mundo entero —un decir— conozca los anhelos de sus protagonistas. La del catalán no puede tener otro valor que el meramente simbólico, a no ser que la insultante proximidad con el castellano, del que no le separan —«què hi farem»— más que sendas enes finales, sirva asimismo para trasladar el mensaje a la comunidad hispanohablante. En todo caso, del hecho se desprende una evidencia incontestable: los vascos han sacrificado su lengua, y los catalanes, no. Y, dado el contexto, quien dice lengua, dice símbolo y cuanto este símbolo lleva asociado.

Así las cosas, a mí, qué quieren, esa renuncia me parece altamente significativa. Igual que me lo parece la actitud que viene manteniendo el Gobierno de Urkullu en relación con el Gobierno del Estado, si la comparamos con la mantenida a su vez por el Gobierno de Mas. Lo que va del sentido de la realidad al ensueño independentista. O, si lo prefieren, de tocar con los pies en el suelo a amagar con echarse al monte.

Don de lenguas

    29 de diciembre de 2014


(Pesilva [Manuel Penella de Silva], "La emoción en silencio", Destino, 15-6-1940)
No digo yo que la cosa no empezara antes, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que el 14 de octubre supuso un verdadero punto de arranque. Aquel día Artur Mas convocó a la prensa en el palacio de la Generalitat para dar cuenta de sus reuniones semiclandestinas con el resto de las fuerzas políticas secesionistas tras el fallo del Constitucional suspendiendo cautelarmente la llamada «consulta» y para comunicar «urbi et orbi» que, pasara lo que pasara, el 9-N los catalanes iban a poder decidir. Fue entonces, tal vez lo recuerden, cuando surgió aquel hombre taimado, desafiante, chulesco, sumamente mal educado, que tanto cautiva a un montón de catalanes, acaso porque ven en él la sublimación de sus reiterados fracasos o, lo que es lo mismo, la última posibilidad de pasar de la sólida realidad que les ha tocado vivir a un futuro gaseoso lleno de promesas. Lo ocurrido desde aquella fecha hasta hoy no ha hecho sino reforzar esa imagen del todavía presidente de la Generalitat. En cada una de sus intervenciones públicas, el desprecio hacia el Estado y las instituciones que de él emanan ha sido constante. Esta semana hemos tenido ocasión de comprobarlo de nuevo a raíz del discurso navideño del Rey. Al día siguiente, junto a las cenizas de aquel antecesor suyo en el cargo que sólo soñaba, en sus años de presidente de la Generalitat, con conservar las prebendas que le correspondían como teniente coronel del Ejército español, Mas se jactaba de haber obligado al Rey a admitir que el Estado tiene «un problema de relación con Cataluña». Por supuesto, si Felipe VI no se hubiera referido para nada a Cataluña, el presidente de la Generalitat le habría echado en cara el menosprecio, la afrenta, el oprobio que semejante silencio significaba para el «pueblo catalán». O sea que el desenlace, de una forma u otra, estaba servido. Pero la mala educación de Mas —no lo olvidemos, el máximo representante del Estado en Cataluña— estuvo sobre todo en un detalle: el de reconocer que ni siquiera se había tomado la molestia de invertir 13 minutos de su tiempo en escuchar al jefe del Estado. Tan miserable, el hombre, como despreciable.

(ABC, 27 de diciembre de 2014)

Tan miserable como despreciable

    27 de diciembre de 2014


La primera vez que vi Gente que vive fuera —creo recordar que fue el 8 de noviembre, poco antes de participar en la lectura del manifiesto «Sí me importa el 9-N», promovido por Libres e Iguales— me emocioné. Sí, qué le vamos a hacer, uno no es de piedra. Por supuesto, el hecho de ser coprotagonista del documental y de verlo en la intimidad, sin estar sujeto a la contención emocional a que nos obligan los lugares públicos, debió de contribuir lo suyo. Pero el pasado jueves pude comprobar que la cosa es mucho más compleja. En la sede de UPyD de Palma, dentro de su V Ciclo de Cine Político, se proyectó Gente que vive fuera. Calculo que seríamos más de medio centenar de personas, lo que, teniendo en cuenta las dimensiones del local y lo difícil que es movilizar a los mallorquines, equivalía a un llenazo. El ambiente, por lo demás, era el propio de los cinefórums de antaño, pero sin humo ni llamadas apremiantes a hacer la revolución. Quiero decir que existía aquel recogimiento con que uno se apresta a ver y escuchar algo prohibido. No era exactamente el caso, aunque algo de fruta prohibida tendrá un documental que no ha podido ser proyectado hasta la fecha en ninguna sala de cine ni en ningún canal de televisión y que, para más inri, en la única ocasión en que ha contado con público, el 6 de noviembre en Barcelona, fue víctima de un boicot por parte de la tecnología, siempre imprevisible y caprichosa.

El pasado jueves, en Palma, la proyección estuvo en un tris de tener que suspenderse de nuevo. El primer portátil no dio la talla y hubo que buscar otro. El que llegó para sustituirlo amenazó al comienzo con un sonoro chispazo, aunque por fortuna la cosa no pasó a mayores. Sobra decir que esa serie de circunstancias adversas no hicieron sino añadir más expectación a la ya existente. Y en lo que a mí respecta, cierta zozobra, a qué negarlo. Tenía muy presente aquella emoción inaugural y no sabía cómo iba a reaccionar ahora, mezclado entre el público y sin la coraza de la intimidad. Pero entonces ocurrió algo imprevisto: a medida que iban sucediéndose las imágenes y las voces, aquel recogimiento preliminar fue trocándose en murmullos aprobatorios, semblantes risueños y hasta en franca carcajada. No es que la emoción desapareciera; es que entre la sonrisa y la lágrima, los asistentes optaban por la sonrisa. Por otra parte, los cortes con que el relato testimonial iba pespunteándose —esas fotos fijas de Barcelona tan expresivas, en las que nada parece moverse y, sin embargo, todo es tránsito: de olas, de luces, de pájaros, de piernas y, por supuesto, de moralidades— servían como rellano. Incluso la felicidad debe administrarse con tiento. Y es que lo que el documental ofrecía, al cabo, era la narración de cuatro hombres felices de vivir fuera. Por duro que fuera a veces su testimonio, había siempre detrás esa distancia benefactora que procuran el humor y la ironía. Y, claro está, esa otra distancia, más fáctica, del que ha podido irse y rehacer su vida.

Vencidos los títulos de crédito —esos títulos en los que no figura más que un nombre, el del periodista Arcadi Espada—, y antes de que se encendieran las luces, la sala prorrumpió en un prolongado aplauso. Quise creer que, emociones aparte, la aventura había valido la pena.

Esa gente que vive fuera

    24 de diciembre de 2014


De «orgía independentista» califica Crónica Global la ceremonia de la 64 edición de la Nit de Santa Llúcia – Festa de les Lletres Catalanes. Me parece un acierto. Lo que ocurre en Cataluña, especialmente en el campo de la cultura, hace tiempo que tiene un carácter orgiástico. Sólo faltaba que Juanjo Puigcorbé, cuya máxima cota actoral fue aquel papel estelar en La orgía de Bellmunt, se sumara también al carro de la independencia. Desde el consejero Mascarell —¿cuántas veces repetirá aún ese hombre su adhesión pública al caudillo?— hasta el último de los mindunguis premiados, todos alcanzaron su p’tit’ mort independentista. ¿Todos? No estoy seguro en lo que concierne a Muriel Casals. Ignoro si tiene algún tipo de carencia, pero lo cierto es que esa mujer, más que disfrutar, riñe. Aunque tampoco cabe descartar que disfrute riñendo —como Mas, como Pujol, como Forcadell—. Sí, la orgía indepe catalana tiene un punto sado-masoca. Otra singularidad, ya ven.

Orgía independentista

    23 de diciembre de 2014
(Respuestas de Xavier Pericay)

¿En qué ha cambiado Cataluña desde que un grupo de intelectuales hicisteis público el manifiesto que dio lugar a la creación de Ciutadans?
–Pues ha cambiado en un doble aspecto, que al fin y al cabo no son sino las dos caras de la misma moneda. Lo que nosotros advertíamos en el manifiesto de Ciutadans y de lo que advertíamos al conjunto de los ciudadanos, concretado en aquella pérdida del sentido de la realidad a la que nos estaba conduciendo el nuevo Estatuto cocinado por la clase política catalana, no sólo se ha acrecentado enormemente, sino que ha adquirido, con la llegada de Mas a la Presidencia de la Generalitat, tintes manifiestamente patológicos. Pero, por otro lado, nuestro propósito de ir construyendo una oposición nítida, resuelta y combativa al nacionalismo se ha hecho también realidad. Y hay que felicitarse por ello.

¿Por qué la mayoría social, que es castellanohablante y no nacionalista, ha dejado que el nacionalismo catalán se haya apoderado de todos los resortes del poder?
–Aquí confluyen sin duda muchos factores. Pero yo destacaría sobre todo el papel de los partidos de izquierda, del PSC y de aquel PSUC hoy reconvertido en ICV y compañía. Ya sea por complejo ante el nacionalismo de CIU y Pujol, en el primer caso, ya sea por convicción en el segundo, ambos partidos han venido predicando a sus bases y a sus votantes que la integración en Cataluña pasaba por aceptar la hegemonía del nacionalismo. O sea, el hecho diferencial, cuyo máximo exponente es la sacralización de la llamada lengua propia y de cuantas instituciones se sirven de ella –administración, sistema educativo, medios de comunicación–. A partir de ahí, muchos castellanohablantes no nacionalistas, la gran mayoría sin duda, han ido aceptando la supremacía institucional del catalán y del nacionalismo y su condición de ascensor social, aun cuando la mayoría social siga siendo, en efecto, castellanohablante y no nacionalista. Ah, y en este terreno el PP se ha comportado también, antes y después de la etapa Vidal Quadras, como un partido miedoso y acomplejado.

¿Pensabas que llegaríamos tan lejos?
–Pues no, la verdad. Sin confiar para nada en Rodríguez Zapatero o incluso en el último Maragall, nunca imaginé que la deriva podía alcanzar tales proporciones. El afán por llegar al poder y conservarlo rompió por completo el dique antinacionalista que a priori debía representar el socialismo español. Así les ha ido y así nos ha ido, claro, a todos los demás.

¿Crees que algo cambió el día que todos los medios escritos catalanes publicaron un editorial común? ¿Qué significó este gesto?
–Cambiar, no cambió nada. Fue simplemente la evidencia, la confirmación, de que en Cataluña no existe pluralidad informativa alguna. ¿Cómo puede haberla si todos los medios escritos –y casi todos los audiovisuales y digitales– se sostienen con fondos públicos?

¿En qué se ha equivocado el resto de España?
–En considerar que lo que estaba ocurriendo en Cataluña no iba con ellos, en que se trataba un asunto estricto de los catalanes en el que no había que entrometerse.

¿En qué nos hemos equivocado los catalanes que nos sentimos españoles?
–Pues en algo parecido. En considerar que los asuntos públicos de Cataluña sólo pueden gestionarse desde Cataluña y gestionarlos el nacionalismo. Y que, por lo tanto, toda presencia o intervención en este espacio público debe acarrear necesariamente la aceptación de su hegemonía.

¿Han ganado los nacionalistas la batalla del lenguaje?
–Yo no sé muy bien qué es la batalla del lenguaje. Pero, en fin, si se refiere, pongamos por caso, a la identificación entre Cataluña y el nacionalismo, o a la contraposición entre Cataluña y España, como si de dos entidades políticas distintas se tratara, es evidente que la han ganado. Al menos de momento.

¿Ha habido políticos del resto de España que han aceptado el vocabulario nacionalista?
–Por supuesto. La hemeroteca está llena de ejemplos.

¿Qué sientes cuando escuchas “España nos roba”?
–Un gran hastío.

¿Te has sentido “señalado” por no haber aceptado la ideología dominante en Cataluña?
–Claro. Pero dadas las circunstancias, y a pesar de la incomodidad que supone, ese señalamiento constituye, no hace falta añadirlo, un gran honor.

¿Oriol Junqueras, de mayor, quiere ser Jordi Pujol o Garibaldi?
–Quizá quería ser Jordi Pujol antes del 25 de julio de 2014; pero dudo mucho que, a estas alturas, siga queriéndolo. Y en cuanto a Garibaldi, me temo que no da el tipo. Lo que no impide que sueñe con ello.

¿Por qué CiU ha pasado de ser un partido “de orden” a uno de “agit prop”?
–Por razones diversas. Las principales: porque todo nacionalismo acaba siendo, tarde o temprano, agitprop, y porque en todos estos años quienes debían ejercer la oposición y denunciar los excesos del totalitarismo han preferido callar y otorgar.

¿Qué papel ha jugado el PSC en la radicalización del “procés”?
–Me parece que ya he contestado a la pregunta. El PSC ha sido el compañero de viaje del nacionalismo, el colaborador necesario, la falsa oposición, el dique contra todo intento de resistencia. Al empezar la deriva en que nos encontramos, y como si la cosa no fuera con ellos, ha tratado de mantenerse al margen, en una posición equidistante, en vez de optar de un modo resuelto por el bando de la ley. Y con Navarro todavía mostró cierta firmeza. Me temo que con Iceta ni eso.

¿Y cuál ha sido el papel del PP catalán?
–El acostumbrado desde que Aznar decidió prescindir de Vidal-Quadras. Una de cal y otra de arena. Pactando en el Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona, y amagando con una oposición férrea en el Parlamento autonómico. Y, sobre todo, muy pendientes de los bandazos estratégicos del PP nacional.

¿Ves en el futuro otros pactos de PP y PSOE en el Congreso con los nacionalistas catalanes si la aritmética electoral los propicia? ¿O ya no hay marcha atrás?
–Por supuesto que los veo si la aritmética electoral los propicia. Pero no parece que esa aritmética, en un futuro próximo al menos, vaya a ser cosa de dos. Y no es lo mismo vender tus votos cuando todo depende de ti que venderlos cuando hay un tercero o un tercero y un cuarto en liza.

¿La batalla está perdida?
–¿Cuál? ¿La batalla contra el nacionalismo? Si el objetivo es derrotarlo, impedir que vuelva a gobernar en Cataluña y a condicionar de un modo u otro los gobiernos de España, es posible que, al menos a corto plazo, esté perdida. Pero si es plantarle cara, demostrarle que los asuntos de una determinada Comunidad competen no sólo a quienes allí residen sino al conjunto de los españoles, entonces la cosa cambia. De nosotros depende.

¿Qué podemos hacer para conseguir que el nacionalismo catalán no consiga la secesión?
–Pues actuar en el sentido de lo propuesto por el Manifiesto de los Libres e Iguales. O sea, reaccionar, movilizarse, demostrarle al nacionalismo que una gran mayoría de españoles, entre los que se encuentran no pocos catalanes, no están dispuestos a permitirlo. Y exigir al Gobierno de España y a los partidos políticos constitucionalistas la máxima firmeza y unidad.

¿Ha sido el mundo catalán de la cultura “complaciente” con el nacionalismo? (si contestas afirmativamente, “¿Por interés o por convicción?”).
–Por supuesto. Y lo ha sido por interés y por convicción –y, en muchos casos, por ambos factores a la vez–. La cultura catalana es una cultura fuertemente subvencionada, una cultura dependiente, pues, de la Administración y sus humores. Así las cosas, ¿quién será el valiente que se atreva a desafiar a esa Administración, dominada desde el primer día por el nacionalismo?

Vives en Mallorca. ¿Cómo se ve desde los llamados “Països Catalans” el ‘Procés’?
–Se ve con mucha preocupación y con bastante temor por parte de los ciudadanos que no son pancatalanistas –o sea, por la gran mayoría–. En cambio, tanto los pancatalanistas como los asimilados de derecha y, sobre todo, de izquierda no caben en sí de gozo. Como suele decirse, están que se salen.

¿Piensas que podéis ser los siguientes en ser engullidos por la ola independentista?
–Bueno, ante todo hay que desear que la ola no engulla a nadie, empezando por los propios catalanes. Pero es evidente que el independentismo ha puesto siempre el foco en esa entelequia llamada Països Catalans. Y es también evidente que los valencianos le han plantado cara con bastante más eficacia que los baleares.

¿El Gobierno Balear no da una de cal y una de arena en el tema del dominio del nacionalismo catalán en el mundo de la enseñanza balear? ¿O tal dominio no es real, solo se vende desde TV3 y los medios de la Generalitat?
–No, el dominio en el mundo de la enseñanza es muy real, más allá de que TV3 y compañía tengan también interés en propiciarlo y airearlo. Su existencia sólo se explica por la connivencia cobarde de los gobiernos del PP con el nacionalismo. Luego, cuando el nacionalismo ha compartido el poder con la izquierda toda, ha rematado la faena. Pero, insisto, porque el propio PP había sentado antes las bases o permitido que los nacionalistas las sentaran. Y ahora, cuando un gobierno popular ha querido ponerle remedio, se ha encontrado, como es lógico, con una resistencia brutal y una insumisión manifiesta, en las que nacionalistas e izquierdistas de todo grado y condición van de la mano.

¿El pancatalanismo podría ser mayoritario en las Baleares a corto o medio plazo?
–No lo creo. La sociedad balear no es como la catalana. Ahora bien, si en las próximas elecciones autonómicas los nacionalistas vuelven al poder –lo que no resulta en modo alguno descartable dada la flacidez del PP y el empecinamiento de UPyD en rechazar un acuerdo con C’s para asegurar la presencia en las instituciones de la opción política que unos y otros representan–, la puerta estaría abierta de par en par. Y no sería el resto de la izquierda en el gobierno quien la cerrara.

¿Hay una actitud más firme de resistencia en las Baleares que en Cataluña a los intentos de construcción de un Estado catalán o pancatalán? ¿Por parte de quién?
–Hombre, insisto en lo anterior. La sociedad balear no es como la catalana. Baste recordar que el partido hegemónico en Baleares, el PP, no es un partido pancatalanista, aunque a veces haya podido tener connivencias con el nacionalismo. No es el caso de Convergència o de Unió, partidos nacionalistas de raíz.

En TV3 nos venden que hay unos nacionalistas “demócratas” en las Baleares y un gobierno autonómico intransigente y que roza la falta de respeto a los derechos civiles. ¿Tienes la misma sensación? ¿O no ves esa cadena?
–En absoluto. En TV3 venden lo que venden. O sea, ideología, pancatalanismo; nada que ver con los hechos, con lo que debería ser la información. TV3 no es un medio de comunicación; es un medio de propaganda. Un megáfono, una pancarta.

Lanza un mensaje para la esperanza, si es que la hay.
–Pues claro que la hay. En todas partes. Si los ciudadanos españoles se movilizan, si son conscientes de lo que tienen y de lo que pueden perder, los nacionalistas no se saldrán con la suya. Pero si todo lo fiamos a la iniciativa de los políticos o a la rectitud de los gobiernos, me temo que lo pasaremos mal.



(Manuel del Arco, "José María de Sagarra", La Vanguardia, 27-1-1960)
Este jueves, en la presentación de un ensayo que trata al parecer de las aportaciones catalanas a la historia del universo —ignoro en cuántos volúmenes, pero seguro que serán muchos—, el presidente Mas reclamaba a la clase política de por aquí «altura de miras y sentido de país». La víspera, la televisión autonómica programaba un documental, «L’endemà», que combinaba un rosario de testimonios entusiastamente favorables a la secesión con una especie de trama en la que un joven insulta y amenaza a su pareja cuando esta le comunica su intención de separarse. El guión no puede ser más burdo: la pobre Cataluña, a la que acompaña no sólo el sacrosanto derecho a decidir, sino también una retahíla de voces que acuden en su auxilio, es maltratada sin piedad por ese Estado —español, ¿cuál si no?— que no atiende a razones. La autora de ese churro pestilente, Isona Passola, es presidenta de la Academia del Cine Catalán, ha ejercido en numerosas ocasiones de palmera mayor del presidente de la Generalitat y había ya perpetrado cinco años atrás un documental de factura parecida, aunque algo más comedida, «Cataluña-Espanya».

Por supuesto, que Artur Mas reclame «altura de miras y sentido de país» a la clase política catalana mientras su televisión se entrega a la propaganda más zafia que imaginarse pueda —el NODO franquista y no digamos ya la TVE de antes del UHF eran un inocente juego de niños en comparación con la actual TV3— no constituye, en el fondo, sino las dos caras de un mismo mecanismo. Esa elevación que pide a sus iguales para que sacrifiquen toda rencilla, todo interés partidista, a la consecución del ideal, encarnado en ese «sentido de país» sublimador de cualquier disonancia, tiene su contrapunto en el vuelo rasante, gallináceo, al que se entregan los medios de comunicación locales, con la televisión autonómica a la cabeza, para excitar los más bajos instintos ciudadanos. El mecanismo, sobra añadirlo, es de corte profundamente totalitario. No existe pluralidad ninguna. No existe tolerancia ninguna hacia el discrepante. Sólo un pertinaz bombardeo hecho de odio y rencor.

(ABC, 20 de diciembre de 2014)

Altura de miras

    20 de diciembre de 2014
En los últimos años la política balear no ha sido precisamente una balsa de aceite. Primero fue la corrupción, que no dejó partido inmune, por más que la Unió Mallorquina de Maria Antònia Munar, organizada de punta a cabo como una verdadera máquina de delinquir, se llevara la palma, seguida a muy escasos méritos por el Partido Popular de Jaume Matas. Luego, la crisis económica, que castigó con fuerza una Comunidad donde el ladrillo constituye, junto al turismo, una de las principales fuentes de riqueza y trabajo. Y desde 2012, en consonancia con la deriva secesionista emprendida por Artur Mas en Cataluña, el nacionalismo pancatalanista ha completado el estropicio, sirviéndose de la enseñanza pública y concertada como punta de lanza para sus propósitos. El resultado, a la vista está, es desolador. La fe en la política, la confianza en sus representantes y, lo que es peor, en las instituciones que los españoles nos dimos hace ya un montón de tiempo y en las que se asienta nuestra condición de ciudadanos libres e iguales, se encuentran en Baleares bajo mínimos. A nadie debe sorprender, pues, que las formaciones y propuestas populistas se hayan abierto paso y cuenten ya, según indican las encuestas, con no pocas simpatías entre el electorado.

Frente a ello, las franquicias regionales de los dos grandes partidos —sigo llamándoles así, hasta que los votos me obliguen a rectificar— se han revelado incapaces de ocupar ese centro del tablero político que tanto reivindican. El PP, tras un inicio de legislatura relativamente prometedor, ha terminado naufragando en sus miedos, sus complejos y sus incoherencias, lo mismo en el campo económico que en el lingüístico o cultural. El PSIB-PSOE, por su parte, se ha echado al monte antisistémico sin recato alguno, dispuesto a aliarse con cuantos extremismos sean precisos para intentar regresar al poder. Así las cosas, en la política balear el centro lo ocupa en estos momentos una fuerza extraparlamentaria, UPyD. De forma manifiestamente anómala, no hace falta añadirlo, dado que no es normal que en un sistema de partidos el centro político se halle fuera de los límites que fija el propio arco parlamentario. Por lo demás, pugnando por ese mismo espacio electoral va a estar dentro de nada Ciutadans, si se confirma la intención de sus dirigentes de abrir oficina en Baleares e ir consolidando de este modo su presencia en el conjunto del territorio español. Dos en uno, pues. Y compitiendo entre sí.

No seré yo quien se sume al coro de plañideras por la imposible unión de lo que no es, al cabo, sino uno y lo mismo. Se intentó y, por hache o por be, salió rana. Allá cada cual, por lo tanto, con sus pecados y con su penitencia. Lo que ahora me interesa subrayar es otra cosa. En Baleares el núcleo dirigente de UPyD está formado, casi por entero, por ex miembros de Ciutadans. Esos ciudadanos, que llevan más de seis años tirando del carro del partido sin otro apoyo casi que el de su entusiasmo, su mesura y su probidad, han sido siempre partidarios de la unión. En otras palabras: se han sentido miembros de UPyD sin dejar de sentirse, a un tiempo, miembros fundadores de Ciutadans en el archipiélago. Una especie de pioneros, como si dijéramos. Y en esa larga travesía en la que, en más de una ocasión, han estado a punto de arrojar la toalla, lo que les ha salvado han sido sus convicciones. O sea, la certeza de que esa centralidad que estaba siendo abandonada por quienes debían ejercerla —esto es, PP y PSOE, víctimas de sus componendas con el nacionalismo— precisaba de unas siglas distintas en las que encarnarse y, esas siglas, de un lugar en el Parlamento y en los principales ayuntamientos del archipiélago. El próximo mes de mayo esos jóvenes veteranos de la política insular intentarán de nuevo hacer realidad ese propósito. Están muy cerca de lograrlo, pero, para ello, necesitan que el elector les vea como lo que en verdad son, UPyD y también Ciudadanos, todo en uno y por el mismo precio. No será fácil. Sobra decir que si Albert Rivera y los suyos se echaran a un lado, aunque sólo fuera aquí y en estos comicios, no sólo facilitarían mucho las cosas, sino que demostrarían una generosidad bárbara.

(Crónica Global)

El centro balear

    17 de diciembre de 2014


Es de agradecer que, de vez en cuando, en eso que llaman la cultura catalana alguien levante la voz para decir algo sensato. Aunque ese alguien responda a unas siglas tan abstrusas como GRECS, lo que al parecer significa Grupo de Investigación sobre Exclusión y Control Sociales. Ese colectivo, formado por unos 80 antropólogos de la Universidad de Barcelona, ha hecho público un manifiesto en el que denuncia la conversión del antiguo Museo Etnológico de la ciudad —situado en la montaña de Montjuïc y cuyas colecciones, procedentes por lo general de las colonias españolas de ultramar, han sido trasladadas al nuevo Museo de las Culturas del Mundo—, en un museo dedicado a «la exhibición de objetos que pertenecen a la(s) cultura(s) catalana(s)», o sea, en un museo que sustituye su vocación universal por un localismo gallináceo. Por de pronto, ya ha trascendido la naturaleza de dos de las piezas que va a exhibir: una urna de cartón de las que se utilizaron el 9-N y la figura de la Grossa, la lotería catalana de Navidad, ese monigote a medio camino entre Núria Feliu o Magda Oranich, por un lado, y Pilar Rahola, por otro. Es de prever que más adelante el centro incorpore también la famosa estilográfica con la que el presidente Mas firmó el decreto de convocatoria de lo que aún era «la consulta», la sandalia con la que el diputado Fernàndez amenazó a Rodrigo Rato en sede parlamentaria y, por supuesto, el original autógrafo de la carta en la que el Muy Honorable Evasor se autoinculpaba de los crímenes del clan familiar. Las colas, ya lo estoy viendo, van a llegar hasta el Mediterráneo.

Un nuevo pesebre

    15 de diciembre de 2014


(Juan Cabot Llompart, "Los cuadernos mallorquines de Antonio Marí Ribas", Blanco y Negro, 5-6-1971)
Me sorprendió leer hace unos días que David Fernàndez abogaba por el boicot de los partidos soberanistas a las próximas elecciones generales, previstas para dentro de un año. Pero más me sorprendió que la iniciativa no fuera suya —lo cual habría sido lógico, dado que su partido, la CUP, nunca ha concurrido a esa clase de comicios—, sino de un tal Alfons Claver, tuitero. Uno no puede estar en todo, naturalmente, y por más que haga ímprobos esfuerzos para captar las palpitaciones del tiempo, incluso las de la sociedad del ciberespacio, siempre se le escapa alguna cosa. Como esa «Via Claver», que así ha sido ya bautizada la propuesta. Detrás de ese boicot a las legislativas, al que deberían sumarse CIU y ERC, amén de la propia CUP, existe la creencia de que, por un lado, la baja participación resultante debilitaría de forma considerable al Estado en su afán por vender al exterior la «españolidad» de Cataluña y de que, por otro, la hipotética victoria de Podemos, tanto en Cataluña como en el conjunto de España, facilitaría enormemente las cosas a la hora de negociar la secesión con el ejecutivo surgido del nuevo Parlamento.

Yo no sé si esos cálculos, realizados a partir de sondeos y a un año vista, son muy fiables. Y, por supuesto, dudo mucho que las dos fuerzas hoy mayoritarias se avinieran a perder todas las prebendas, empezando por las estrictamente económicas, que su presencia en las Cortes les depara. Pero sí creo que una iniciativa de esta índole sería coherente con la ideología que defienden. Si creen que Cataluña debe separarse de España cuanto antes, ¿a qué seguir calentando bancada en Madrid? ¿No sería mucho más noble dar ejemplo y portazo, todo en uno? Yo mismo abogué en estas páginas, hará pronto dos meses, por una abstención activa de las fuerzas constitucionalistas catalanas en unas futuras elecciones autonómicas convertidas en plebiscitarias por obra y gracia de la lista única del presidente Mas. Y en esas sigo, pues, como dije entonces, «no se puede ser parte de un fraude». Sólo me faltó llamarlo «Vía Pericay», pero eso, queridos lectores, como comprenderán, lo dejo en sus juiciosas manos.

(ABC, 13 de diciembre de 2014)

La «Via Claver»

    13 de diciembre de 2014


El Gobierno ha tenido que publicar su Portal de la Transparencia para que algunos españoles, entre los que me cuento, hayamos por fin comprendido el porqué de su inacción durante la aciaga jornada del 9-N. En efecto, ¿cómo puede un gobierno actuar —o, lo que es lo mismo, un Estado dar fe de vida— cuando 264 altos cargos —y, entre ellos, el propio director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno— cobran más que el presidente del Gobierno? ¿Cómo puede ese gobierno actuar cuando los secretarios de Estado ganan un 30% más que los ministros que lo componen? Y, sobre todo, ¿cómo puede un gobierno así imponerse a un gobierno asá —en este caso, el de Cataluña—, donde no se da esta relación retributiva, sino más bien la inversa? La verdad tarda en llegar, pero, cuando llega, es inapelable.

La transparencia clarificadora

    11 de diciembre de 2014
El director general de la Policía, Ignacio Cosidó, estuvo el pasado lunes en Sabadell. Se cumplían 24 años del atentado de ETA que acabó con la vida de seis policías nacionales en la capital vallesana y el Cuerpo Nacional de Policía rendía homenaje a su memoria y, por extensión, a la de todas las víctimas del terrorismo etarra. Junto a Cosidó, presidían el acto la delegada del Gobierno en Cataluña, María de los Llanos de Luna, y el alcalde de Sabadell, Juan Carlos Sánchez. También estaban representadas las distintas fuerzas policiales que operan en Cataluña: Mossos d’Esquadra, Guardia Civil, policías locales y, claro, la propia Policía Nacional. Quien no acudió a la cita fue el consejero de Interior de la Generalitat, Ramon Espadaler. Se le esperaba, pero parece que la tarde anterior cambió de opinión.

Las relaciones del nacionalismo catalán con ETA han sido siempre complejas. Han basculado entre la condena y la comprensión. Entre la condena del terror y la comprensión de los fines que lo justifican o lo justificaban. Por supuesto, no todo el nacionalismo ha actuado de la misma forma. Ha habido grados. Y el partido al que pertenece el consejero de Interior ha sido precisamente el menos comprensivo de cuantos componen la hermandad nacional catalana. De todos modos, si dejamos a un lado los matices, en esa actitud cuando menos liviana con respecto al terrorismo de ETA coinciden o coincidían por igual una fascinación casi étnica por lo vasco y un rechazo visceral de cuanto guardara relación con el Estado. Como la Policía Nacional, por ejemplo, o la Guardia Civil. El famoso artículo de Carod-Rovira pidiendo una paz separada, rematado luego con su escapada a Perpiñán, constituyen sin duda la máxima expresión de esa actitud.

Y aunque ETA, por suerte, ya no mate, en la ausencia del homenaje del consejero Espadaler subyace ese repudio del Estado. La víspera, el político de Unió había hecho unas declaraciones que pueden interpretarse como una explicación de su futura incomparecencia. A su entender, existe una «sobrepresencia» de miembros de la Policía Nacional en Cataluña y eso revela una falta de confianza del Gobierno central en el papel desarrollado por los Mossos. Lo curioso es que, acto seguido, el consejero se mostraba comprensivo con la decisión de los jueces de encargar a la Policía Nacional o a la Guardia Civil los principales casos de corrupción investigados en Cataluña. Es más, de sus palabras se deducía incluso que el respeto por el estamento judicial le impedía manifestarse de otro modo.

Por descontado, que los jueces encomienden sus pesquisas a los cuerpos policiales dependientes del Gobierno central significa que no confían, o no confían lo suficiente, en los Mossos. No es extraño, pues, que ese mismo gobierno refuerce también su presencia en Cataluña para actuar en ámbitos como el terrorismo yihadista, o incluso el orden público cuando lo que hay que controlar es la efervescencia nacionalista y antisistema y sus secuelas. Pero no sólo eso. El consejero haría bien en tener presente, si es que no la tiene ya, la actitud del gobierno del que forma parte y muy especialmente de quien lo preside en relación con lo que él y sus correligionarios llaman «el Estado». Es una actitud de profundo desprecio. Y de radical alteridad, como si ese Estado al que reclaman una interminable sarta de derechos, la mayoría históricos o prehistóricos, no tuviera nada que ver con ellos. ¿Y quiere luego un consejero de la Generalitat, responsable encima de la seguridad del territorio, que el Gobierno del Estado confíe en ellos, en su bondad, en su lealtad, en su compromiso? ¡Vamos, anda!

(Crónica Global)

El repudio del Estado

    10 de diciembre de 2014


Leo que entre la ANC y Òmnium van a pagarle al Ayuntamiento de Barcelona 275.000 euros en compensación por el par de enormes lonas que las dos organizaciones responsables de las campañas de agitprop nacionalista habían colgado en el centro de ciudad para llamar a votar el 9-N y a votar un doble sí. Según fuentes municipales, esa cantidad va a servir para restaurar, en parte, la fachada de la Pedrera. No sé si reparan en el proceso de transición nacional del dinero de los contribuyentes. Tanto la ANC como Òmnium son entidades fuertemente subvencionadas por las instituciones catalanas, entre las que destaca, por sus caudales, el propio Ayuntamiento de la capital. El dinero sale, pues, del capítulo de subvenciones, va a parar a las dos organizaciones, estas lo gastan como les parece y luego lo restituyen en parte al Consistorio para que este le lave la cara a uno de los edificios emblemáticos de Barcelona. La operación, sobra indicarlo, constituye un ejemplo de blanqueo, aunque sólo sea porque en la administración las partidas o los capítulos son compartimentos estancos entre los que no caben vasos comunicantes. A saber a qué ingeniería contable habrán recurrido los chicos de Trías. Eso sí, maestros en el arte del blanqueo, seguro que no les han faltado.

El blanqueo nacionalista

    9 de diciembre de 2014


Por si no bastaba con los derechos históricos, ahora les toca el turno a los deberes. Alberto Garzón, esa joven promesa de la política patria al que todos sitúan ya como nuevo líder de Izquierda Unida, declaró hace unos días que «si IU hubiera hecho sus deberes históricos (…) Podemos hoy no existiría». Las crónicas no precisan qué entiende el diputado de IU por «deberes históricos», pero lo cierto es que el sintagma, así, a pelo, no resulta tranquilizador, que digamos. Si el recurso a los derechos históricos nos retrotrae inevitablemente a un terreno prepolítico, de súbditos y no de ciudadanos, a un imaginario colectivo en el que las guerras y los enfrentamientos civiles constituyen el pan de cada día, la apelación a los deberes históricos, pese a remitir al terreno de la responsabilidad y no al del viva la pepa, se mueve en parecidos parámetros. La historia como sumidero de nuestras frustraciones. Pero es que, además, siendo Garzón un comunista confeso, cuando uno le oye hablar de deberes históricos no puede por menos de recordar lo que el comunismo se ha impuesto como deberes a lo largo de la historia y los efectos subsiguientes. Como para echar a correr, vaya.

Deberes históricos

    8 de diciembre de 2014


(Bagaría, "El Sindikaliki y Romanones", El Sol, 2-2-1919)
En los últimos diez días hemos asistido en Cataluña a la escenificación de una sociedad escindida. El martes 25 de noviembre Artur Mas hacía públicos sus planes de ruptura en presencia de Oriol Junqueras y una legión de conmilitones, lisonjeros y estómagos agradecidos. Una semana más tarde Junqueras hacía lo propio en presencia de Mas y otra cohorte de semejante condición. Por supuesto, uno y otro habrían podido reunirse en privado, decirse lo que tuvieran que decirse y extraer de esa confrontación de pareceres algo más que unos cuantos titulares. Pero no habría sido lo mismo, claro. El soberanismo catalán se mueve en gran medida en el terreno de lo simbólico y esos actos, aparte de acarrear casi siempre una retransmisión televisiva y una cobertura mediática desaforada, suponen un chute sentimental de primer orden, por lo que dos mejor que uno. Mientras tanto, al otro lado de la zanja cavada por el soberanismo, unas cuantas fuerzas políticas escenificaban el pasado jueves su apoyo a la Constitución y, en último término, al Estado de derecho y a la democracia que de él emana. En el acto, promovido por SCC, estaban representados PP, Ciutadans, UPyD y ese PSC que nunca se sabe si se sube o se baja del carro. Por supuesto, nada que ver con las conferencias de Mas y Junqueras, ni en el fondo, ni en la forma, ni en la atención recibida por parte de los medios locales. Cataluña es una comunidad autónoma en la que el partido en el Gobierno y la principal fuerza de la oposición ponen todo su esmero en destruir el sistema que les da de comer —con el apoyo, más o menos condicionado, de CUP e ICV-EUiA—, mientras que el resto de las formaciones políticas presentes en el Parlamento regional, más UPyD, se afanan por defenderlo, sin que ello comporte renunciar a futuras reformas. Y todo indica que en los próximos meses, con elecciones anticipadas o sin ellas, con varias «listas de país» o una sola, esa zanja entre los antisistema y los constitucionalistas no hará sino crecer. Y, con ella, las tensiones, las rencillas, los enfrentamientos y, en definitiva, la devastación de la sociedad.

(ABC, 6 de diciembre de 2014)

La Cataluña escindida

    6 de diciembre de 2014


Una lección del pasado por si el Moisés catalán vuelve a convocar un sucedáneo de consulta ilegal y al presidente del Gobierno le da esta vez por actuar. ¡Es muy difícil arrasar una ciudad!

A Mariano Rajoy, por si acaso

    5 de diciembre de 2014


Como decíamos ayer… Salvando todas las distancias que haya que salvar, claro.

Como decíamos ayer

    4 de diciembre de 2014
Mal que les pese a algunos, la ciudad sigue siendo, en nuestro mundo al menos, un organismo social dinámico, emprendedor, progresista —en el sentido más noble de la palabra—. Si somos lo que somos, esto es, ciudadanos de un Estado de derecho, es gracias, sin duda, a la ciudad. No a la ciudad como espacio físico, sino como espacio mental, como compendio de lo que el hombre, a lo largo de los siglos y con grandes trabajos, ha sido capaz de producir en el orden de la libertad, la igualdad y la justicia. Por supuesto, ello no significa que fuera de la ciudad reine la barbarie. En modo alguno. Pero no nos engañemos: lo que de civilizado tiene el llamado mundo rural, no lo debemos a Rousseau y a sus constructos utópicos; lo debemos a la propia ciudad. A las ideas que en ella han germinado. Incluso a las malas, aunque sólo sea por los anticuerpos que generan.

Esa contraposición entre campo y ciudad se refleja, claro, en el terreno de la política. Las opciones más conservadoras, las menos partidarias del cambio, suelen encontrar su nicho en el campo. Las más renovadoras, las más partidarias de romper con lo heredado, suelen concentrarse en la ciudad. Ciutadans y UPyD nacen en la ciudad. Y ese es también el territorio de Podemos. PP y PSOE, por el contrario, resisten sobre todo en el campo. Lo mismo que el nacionalismo. En el socialismo balear, por ejemplo, se da un caso curioso. El PSIB, franquicia del PSOE por esas latitudes, está partido en Mallorca en dos mitades. Por un lado, la denominada Part Forana —o sea, todo lo que no es Palma—; por otro, la capital, cuya aglomeración equivale a más de la mitad de la población de la isla. El sector llamémosle rural —al que pertenece la actual secretaria general— es profundamente nacionalista; tanto, que apenas se distingue, en sus planteamientos, de la izquierda pancatalanista. En Palma, en cambio, el PSIB presenta una cara mucho más social y progresista, hasta el punto de significarse por su oposición al aparato y, en consecuencia, al perfil más nacionalista del otro sector. De lo que se sigue, sobra precisarlo, una bipolaridad nada fácil de congeniar.

El caso de Cataluña resulta todavía más elocuente. El país se fue construyendo, desde la muerte del dictador, sobre la base de una oposición entre campo y ciudad. El nacionalismo reinaba en el campo, los partidos progresistas en la ciudad. Esa dicotomía alcanzó su máxima expresión en Barcelona, en la mismísima plaza San Jaime. A un lado, la reacción, con Pujol al frente; al otro, el progreso, con Maragall. Lo antiguo y lo moderno. Los Juegos Olímpicos constituyeron sin duda el punto culminante en el enfrentamiento entre rive droite y rive gauche, o, por decirlo a la catalana, entre cantó muntanya y cantó mar. Y ganó, no hace falta añadirlo, el Ayuntamiento de la capital y cuanto simbolizaba entonces. Luego, en 1995, cuando Maragall acabó con las últimas esperanzas políticas de Miquel Roca y, meses más tarde, Aleix Vidal Quadras dejó a Jordi Pujol sin mayoría absoluta en el Parlamento regional, Barcelona tuvo su gran oportunidad. La de urbanizar el campo. Pero enseguida se vio que Maragall no estaba por la labor. Le pareció mucho más práctico convertirse en granjero —o en segador, que para el caso es lo mismo— que apostar por la secularización del país.

El último estadio de esa decadencia de la ciudad fueron las municipales de 2011 y la consiguiente pérdida de la alcaldía por el socialismo catalán. La involución se había consumado. Ya toda Cataluña, con la capital incluida, estaba en manos de la reacción. Lo que hemos vivido desde entonces, con los ominosos fastos del tricentenario en primerísimo plano, no es sino la consecuencia de esta derrota. Nos queda algún consuelo. Por ejemplo, la más que discreta participación registrada el 9-N en la primera corona metropolitana —no en Barcelona, ciertamente, donde el voto rozó la media catalana—. Ya ven, poca cosa. Pero a algo hay que aferrarse, ¿no?

(Crónica Global)

Añoranza de la ciudad

    3 de diciembre de 2014


Golpe de Estado [Nueva acepción]
“Soldar la legitimidad de los ciudadanos cuando se expresa en las urnas y la legalidad” (Artur Mas Gabarró, presidente de la Generalitat de Cataluña, 1-12-2014).

Golpe de Estado (artículo enmendado)

    2 de diciembre de 2014


Nunca pensé que Andorra diera para tanto. Como mucho, para hacer realidad aquel eslogan —«Andorra, la escapada»— con que las autoridades del Principado atraían veinte años atrás a sus vecinos catalanes con vistas a llenar sus hoteles, tiendas y pistas de esquí. En fin, lo que se espera de una ciudad o de un país que viven por y para el turismo. Tenía conocimiento, a qué negarlo, de que los valles andorranos habían sido en el pasado tierra de contrabando. Como cualquier zona fronteriza, al cabo. Y hasta me acuerdo de alguna celebridad que tributaba allí para ahorrarse el zarpazo fiscal de la madre patria. Pero todo esto formaba parte del anecdotario. Hasta hace algunos meses, en que todo cambió. Desde la gran confesión del muy honorable expresidente de la Generalitat, Andorra ha dejado de ser la escapada turística para convertirse en el sumidero moral del nacionalismo catalán. Estos últimos días, el caso de la dirigente de CDC y miembro del Consejo General del Poder Judicial a propuesta de CIU, Mercè Pigem, nos ha traído una nueva versión de esa práctica. Por supuesto, nada que ver con los manejos del clan Pujol. En comparación, lo de Pigem es peccata minuta. Pero, aun así, resulta muy instructivo. Porque indica hasta qué punto ha llegado la obscenidad del régimen. Que esa mujer y su hermana entraran en España con 20.000 euros encima —repartidos entre ambas, curiosamente, de modo que el delito, de ser cazadas, sólo afectara a la hermana— ha sido considerado tanto por Jordi Turull, portavoz de CIU en el Parlamento autonómico, como por Josep Antoni Duran i Lleida, portavoz en el Congreso de los Diputados, como algo que «estéticamente genera mucha desorientación y confusión» o como algo que «estéticamente fue un error», respectivamente. O sea, como algo que afecta al campo de la estética. ¿Y la ética?, se preguntarán. Pues en el sumidero, por supuesto.