Entre las muchas calamidades que nos legaron los años de gobiernos tripartitos, está la de haber convertido Barcelona en una ciudad abierta. Abierta en tanto que guay, enrollada y alternativa. Y abierta en tanto que abandonada a su suerte por quienes desistieron en su momento, por convicción o ineptitud, de aplicar en ella el imperio de la ley —lo cual, si bien se mira, no es sino una consecuencia de lo anterior—. Todo ello coincidió, por otra parte, con el despliegue de los Mossos d’Esquadra en la provincia, por lo que el orden público pasó a depender de esos mismos gobiernos nacionalizquierdistas y de unas fuerzas de seguridad que pronto se mostraron incapaces de atajar los disturbios provocados por los movimientos antisistema, tan cercanos, en lo ideológico, a los políticos cuya obligación era reprimir sus desmanes.

Con la vuelta de CIU a la Generalitat y su posterior acceso al gobierno de la ciudad, la mano tendida del tripartito se volvió puño de hierro. Pero las cosas no mejoraron. No diré que la gestión de los consejeros de Interior Puig i Espadaler haya hecho buena la de sus antecesores Tura y Saura —hay cosas manifiestamente imposibles—, pero sí es cierto que no hemos salido del barrizal, como demuestran la reciente dimisión del máximo responsable de la policía autonómica y, por supuesto, las revueltas del barrio de Sants. Es más, el carácter extremadamente violento de los disturbios y la aparición del líder de la CUP, David Fernàndez, como mediador y chantajista a un tiempo, recuerdan demasiado a la «kale borroka» vasca y a la figura del hoy preso Arnaldo Otegi, respectivamente. Incluso esa Convergència desbordada por los acontecimientos, sin otra hoja de ruta que la que mueve el viento independentista, recuerda al PNV y a su reiterada impotencia. Tanto es así que ni siquiera las tradicionales apelaciones al pacifismo de los catalanes resultan ya creíbles. Cataluña se está convirtiendo en un nuevo País Vasco. Y, como advertía este jueves Arcadi Espada, nada impide pensar que estemos asistiendo a un ensayo general con vistas al próximo 9 de noviembre.

(ABC, 31 de mayo de 2015)

Hacia el País Vasco

    31 de mayo de 2014


Todo indica que la tercera se va abriendo camino. La tercera es siempre la más astuta. La que espera agazapada a que la primera y la segunda se hayan desgastado lo suficiente con sus disputas para saltar al ruedo y ofrecerse. La equidistante. La que sentencia que en esta vida nadie está exento de culpa ni de razón. La salvadora. La sincrética. La proactiva. La audaz. La tercera es la que inventa soluciones donde no las hay. La que abre vías de esperanza. La tercera es la tercera vía. La que propone reformar la Constitución, porque algo hay que hacer para salir del atolladero. La conciliadora. La que quiere evitar a toda costa el choque de trenes. La neofederal. La que cree que Cataluña no está cómoda en España y que ya va siendo hora de que España se mueva. La integradora. La inclusiva. La tercera es la lenitiva. La partidaria, qué remedio, del pacto fiscal y del blindaje competencial. La dispuesta a todo, incluso al chantaje.

La tercera es la vieja amiga del nacionalismo. Su ersatz. Su sosias. Su interina. La que sólo vive pendiente de que saquen la plaza a oposición.

La tercera

    28 de mayo de 2014


1. La primera y principal conclusión de las elecciones celebradas ayer en España es que han vencido los dos partidos mayoritarios, inequívocamente europeístas, lo que sólo sucede en otro país de la UE, Alemania —en Italia, si bien ha ganado el Partido Democrático del primer ministro Renzi, el segundo clasificado ha sido el antieuropeísta Cinco Estrellas, de Beppe Grillo—. Algo es algo. La segunda es que esos partidos nuestros, PP y PSOE, han perdido un montón de apoyos con respecto a 2009. Y les han crecido los enanos.

2. El voto de los españoles —y de muchos otros europeos, sin duda— ha sido un voto bilioso. Mucho cuidado, pues, con proyectarlo sobre el resto de las citas electorales. No digo que no marque tendencia, pero la gente se lo piensa bastante más en las generales, autonómicas o locales. Y, sobre todo, vota bastante más.

3. La prensa catalana está exultante con los resultados estrictamente autonómicos. Y con la participación. Más de diez puntos con respecto a las de 2009, exudan. Cierto. Pero esa participación apenas supera en dos puntos la media española. Y encima, tratándose como se trata de un aumento circunstancial, fruto de la movilización permanente del Movimiento Nacional, se me antoja una cifra más que discreta. Ni siquiera alcanza el cincuenta por ciento. Ni siquiera llega a la ya de por sí paupérrima participación en el referéndum por el Estatuto de 2006. En definitiva, y a pesar de las reiteradas proclamas europeístas, a la gran mayoría de los catalanes Europa se la suda.

4. La familia Maragall ha vuelto a sacar la esfinge. En esta ocasión ha sido para celebrar, en el hotel donde ERC festejaba su supuesta victoria electoral, el nuevo empleo en Estrasburgo del hermanísimo.

5. Así como los cuatro diputados de UPyD se daban como seguros, los dos de Ciudadanos han constituido una agradabilísima sorpresa. Y, en especial, el que más de dos tercios de los sufragios cosechados por la formación provengan del resto de España, o sea, no de Cataluña. Para rematar la faena ya sólo falta que esos cuatro + dos = seis que van a coincidir en Europa demuestren con hechos que las fuerzas a las que representan son uno y lo mismo.

Cinco apuntes poco europeos

    26 de mayo de 2014


(Díaz-Antón, "El relente", Muchas Gracias, 26-7-1924)
Este periódico lo ejemplificaba ayer en una doble página: por un lado, «Los asuntos que afectan a los ciudadanos…», o sea, los que se supone que centran o deberían centrar el debate —inmigración, desempleo, envejecimiento, arquitectura económica, movimientos eurófobos, etc—; por otro, «… mientras los políticos hablan de machismo», o sea, lo que ha estado ocurriendo en España —y, en parte, también en Europa— desde aquel debate lamentable. Por suerte, la campaña ya ha terminado. Y es que a lo anterior se ha sumado esa costumbre consistente en dividirlo todo en 17 porciones, como si España fuera una caja de El Caserío, de la que les hablaba aquí mismo no hace mucho. Así, los partidos no sólo especulan sobre sus resultados en la Península, olvidando por completo la proyección en el ámbito de la Unión, sino que encima lo hacen por comunidades. Y los medios no les andan a la zaga. Que si el PSC va a perder la mitad de sus votos en Cataluña, que si el PSOE va a ganar en Andalucía, que si el PP va a perder su mayoría en al Comunidad Valenciana. ¿Qué demonios tiene que ver eso con Europa? Y luego los debates-quesito, como el de anteayer en Cataluña, donde ocurre otro tanto y donde uno puede escuchar a todo un catedrático de universidad —aunque sea de la de Gerona— proclamar que el «proceso soberanista es del pueblo, guste o no guste», y que ellos, los políticos, se limitan a acompañarlo. Claro que ese mismo catedrático ya afirmó hace años que los derechos del pueblo son previos a la democracia.

En todo caso, la campaña sí nos ha dejado un aviso en forma de incidentes. Por más que los nacionalistas quieran verlos repartidos, esos incidentes suelen tener como víctimas instituciones, partidos y representantes políticos contrarios al llamado «proceso soberanista», con especial incidencia en quienes encarnan, directa o indirectamente, al Estado. Y es sólo un aperitivo. De aquí al 9 de noviembre, como mínimo, ese pueblo al que los políticos no pueden sino acompañar seguirá manifestándose aquí y allá, con buenos y con malos modales. Confiemos en que la frustración ante la anulación de la convocatoria consultiva no haga de los primeros una excepción.

ABC, 24 de mayo de 2014.

El aperitivo

    24 de mayo de 2014
Algún día habrá que hablar de los niños, y muy en serio. Me refiero a los niños de 1714, a esos niños a los que no han dejado crecer en libertad. En cualquier otro país de nuestro entorno, la enseñanza pública tiene como principal objetivo formar ciudadanos libres e iguales. Y punto. Por supuesto, esa formación no está exenta de ideología. Basta recordar el caso de Francia y su progresivo alejamiento de los postulados constitutivos de la educación nacional que Jules Ferry ideara en los compases iniciales de la Tercera República y que tan bien refleja aquel pasaje de la circular conocida como «Carta a los enseñantes» con la que puso fin, en 1883, a su etapa como ministro de Instrucción Pública: «Al proponer a los alumnos un precepto, una máxima cualquiera, pregúntese si conoce un solo hombre honesto al que pueda ofender lo que va a decir. Pregúntese si un padre de familia, uno solo, insisto, presente en su clase y a la escucha, podría negar su asentimiento a lo que le oiría decir. Si es así, absténgase de decirlo; si no lo es, hable sin tapujos: porque lo que le va a comunicar al niño no es su propia sabiduría; es la sabiduría del género humano, es una de esas ideas de orden universal que varios siglos de civilización han incorporado al patrimonio de la humanidad». Para Ferry, esa regla práctica debía servir a cualquier maestro o profesor para saber dónde estaba el límite de su enseñanza moral.

Y aunque la corrección política haya hecho estragos en el sistema educativo francés, entre lo sucedido allí y lo que está pasando en Cataluña —o sea, en España— sigue mediando un abismo. Piensen tan sólo en lo que supondría aplicar hoy en día la regla de Ferry a una sola de las escuelas o institutos públicos catalanes. Piensen en el bochorno de tener que reconocer que prácticamente en ninguno de esos centros se cumple la regla, a no ser que consideremos que todos los padres de familia que no comulgan con el nacionalismo son, por definición, deshonestos. Y si alguien cree que estoy exagerando o generalizando en demasía, le invito a leer esa noticia publicada en una de las muchas cabeceras archisubvencionadas por el nacionalismo y en la que se da cuenta de los preparativos que lleva a cabo el colectivo Somescola.cat con vistas a la jornada reivindicativa del próximo 14 de junio. Ese día está prevista en Barcelona una suerte de procesión carnavalera en defensa de la llamada escuela catalana, o sea, del modelo de escuela vigente cuyo eje es el principio, físico y moral, de inmersión lingüística. O, si lo prefieren, está prevista una demostración de fuerza, semejante a las del 11 de septiembre, en la que se va a proclamar el derecho a la insumisión y al incumplimiento de la ley —en este caso, la Lomce—, todo ello en uno de esos climas didácticamente festivos de los que tan orgullosos se sienten nuestros educadores nacionalistas.

Para ello, como explica la noticia, Òmnium Cultural —principal entidad de cuantas componen Somescola.cat— ha empezado ya a trabajarse a los niños. Es decir, los ha puesto a trabajar en la Gran Tarea, para lo que ha contado con la inestimable colaboración de las asociaciones de madres y padres, más conocidas por el terrorífico y ajustado sobrenombre de «ampas», imprescindibles correas de transmisión entre centro docente y familias. De momento, la tarea de esos niños se reduce a la confección de los cabezudos que ellos mismos van a llevar en la procesión. Pero no les quepa la menor duda de que en los talleres en cuestión los trabajos manuales van acompañados de la consiguiente doctrina. Y de que las escuelas ya están haciendo lo propio, esto es, llevando la enseñanza moral muchísimo más allá del límite prescrito por la regla de Ferry.

El gran drama de esos niños de 1714, a los que se educa en la creencia de que el enemigo acecha desde hace por lo menos tres siglos, es que no tendrán ya otra niñez. Sólo queda confiar en que un día, algunos de ellos, al descubrir la pinta de quienes desfilan a su lado, se arranquen la figura de enano, se echen a un lado y abandonen de una vez y para siempre la procesión.

(Crónica Global)

Los niños de 1714

    21 de mayo de 2014


Dice hoy María Jesús Cañizares en Abc que existía un pacto de caballeros para no usar la figura de Pasqual Maragall, enfermo de Alzheimer desde por lo menos 2007, con fines políticos. O que eso le cuentan, vaya. Aunque no dice quiénes son esos caballeros del pacto, lo más probable es que se trate de socialistas y convergentes. Y que todo arranque de 2010. En vísperas de la campaña para las autonómicas de aquel año, Maragall confesó a una periodista de MésCat, el boletín interno de Convergència, que creía que el ganador iba a ser Artur Mas. Al punto, tanto José Montilla, que aspiraba por entonces a conservar la Presidencia de la Generalitat, como su hermano Ernest se mostraron indignados por lo que consideraron una burda manipulación de la voluntad de un hombre aquejado por una enfermedad mental. Es posible, pues, que, de resultas de aquello, CIU y PSC acordaran dejar en paz al expresidente de la Generalitat. Y hasta cabe la posibilidad de que ERC se sumara al acuerdo. Pero todo eso nada tiene que ver con lo ocurrido ayer en el mitin de los republicanos. Para entendernos: Pasqual Maragall puede carecer de voluntad, pero no así su familia. Ni su mujer, ni, por supuesto, su hermanísimo. Como desveló en su momento Arcadi Espada y nos recuerda hoy mismo con toda precisión José María Albert de Paco, ya en 2008 tanto Diana Garrigosa como Ernest Maragall ordenaron destruir 10.000 ejemplares de una biografía del expresidente de la Generalitat, porque contenía referencias a la enfermedad y fragmentos de unas memorias del padre, Jordi Maragall, en las que este describía la «liberación de Barcelona» del 26 de enero de 1939 como lo que fue, una liberación. Y lo mismo cabe imaginar que sucedió hace apenas un par de meses cuando Jordi Martí, ese residuo del viejo PSC, logró hacerse la foto con Pasqual en su afán por convertirse en el candidato del partido a la alcaldía de Barcelona.

Por todo ello, no hay por qué dudar de las palabras de los de ERC cuando afirman que ellos no invitaron a Pasqual Maragall a la fiesta, que vino porque quiso. Mejor dicho, porque Ernest y Diana quisieron y se lo trajeron. Y es que la familia nunca formó parte del pacto de caballeros.

Un pacto de caballeros

    19 de mayo de 2014


(Ramiro de Maeztu, "La virtud de Alemania", Heraldo de Madrid, 14-9-1915)
O de menos, estaría uno tentado de añadir, aunque sólo fuera para recordar que todo tiene, por suerte, un final y la Presidencia de Artur Mas no va a constituir una excepción. Pero, olvidándonos ya del juego de palabras, lo cierto es que anteayer el presidente de la Generalitat habló en la Cadena Ser y dijo algunas cosas novedosas. No tanto en el fondo —su anuncio, ya conocido, de convertir en plebiscitarias unas futuras elecciones autonómicas en caso de que se le vayan cerrando todas las puertas legales, lo que sin duda va a suceder— como en las formas. O en la forma de apuntalar ese fondo. Por un lado, Mas no contrapuso Cataluña y España, como si de dos sujetos políticos independientes se tratara, sino que habló del conflicto entre Cataluña y el Estado, una fórmula más suave, aun cuando el término «Estado», para el nacionalismo y la izquierda catalanes, sea el recambio predilecto del ominoso «España». Es más, en un alarde de lo que los pedagogos no dudarían en calificar de inclusividad o comprensividad, hasta se refirió, ahí es nada, «a la relación entre Cataluña y el resto de España». Eso por un lado. Por otro, el presidente de la Generalitat tuvo mucho interés en recalcar que su consulta era como una especie de cierre —se entiende, claro, que lo serían su consulta y lo que viniera después, esto es, que estaríamos no ante un cierre definitivo, sino ante uno por etapas—. Y no porque no hubiera habido ya otros cierres en el pasado; los había habido, pero habían sido, precisó, «en falso». Y citó dos: el del 78 y el de la Segunda República. Sobre el primero, en un razonamiento de una circularidad sorprendente —y como si él y los suyos nada tuvieran que ver en ello—, arguyó que el motivo del cierre en falso estaba en que seguíamos en lo mismo. Y respecto al segundo no dijo nada. Quizá pensara en la guerra civil, que liquidó sin contemplaciones el Estatuto del 32. Pero también podría suceder que lo que llevara en la cabeza fuera el fracasado golpe de Estado del 6 de octubre del 34. Aquello sí fue un cierre en falso. Del que no hubo otro culpable, por cierto, que el nacionalismo catalán. Como ahora, poco más o menos.

(ABC, 17 de mayo de 2014)

Unas palabras de Mas

    17 de mayo de 2014
Como tal vez no ignoren, el cantante Raimon ha tenido un desencuentro con sus fieles. Coincidiendo con la campaña de promoción de su tanda de recitales en el Palacio de la Música Catalana, al cantante le preguntaron por el Tema y contestó: «Yo no soy un independentista porque no me lo había planteado nunca, y además desde Valencia todo esto se mira de otro modo». Mal asunto. Las redes sociales se llenaron de comentarios donde la perplejidad alternaba con el enojo y el vituperio, y en su patria chica voces no tan anónimas pusieron en duda que la visión valenciana fuera, como afirmaba el de Játiva, distinta a la catalana.

Vamos a dejar a un lado la apelación a la denominación de origen —entre otros motivos, porque la semana pasada ya tratamos aquí3 de cómo la aventura de Mas y sus adláteres ha ensanchado en estas tierras de conquista el rechazo a todo lo catalán— y a centrarnos en la primera de las razones aducidas. Hay quien ha visto en ella una demostración de que Raimon es un ser pensante, «un intelectual comprometido consigo mismo», capaz de recurrir a la «duda metódica» para plantar cara a los grandes retos del presente. No seré yo quien lo desmienta. Aun así, no puedo evitar preguntarme qué ha hecho el flamante Premi d’Honor de les Lletres Catalanes durante todos estos meses, años incluso, en que no ha habido en Cataluña otro tema que el Tema como para lograr no planteárselo o, de haberlo hecho, como para seguir todavía dudando metódicamente.

En todo caso, lo que me interesa de su respuesta no es tanto esa relación entre independencia y razón como la evidencia de que el independentismo constituye algo llovido del cielo, algo que ha venido a entrometerse en nuestras vidas sin que nadie o casi nadie lo quisiera; un incordio, en definitiva. ¡Con lo razonablemente feliz que era yo antes de todo eso!, podía haber añadido Raimon. Y, al igual que él, muchos de su generación o de generaciones incluso posteriores que aún vivieron las postrimerías del franquismo o los años de la Transición y que, sean o no catalanistas, aprecian en su justa medida el valor de lo conseguido por los españoles en las cuatro décadas transcurridas hasta la fecha. O, lo que es lo mismo, que no están dispuestos a arriesgar bienestar y concordia por el prurito mesiánico de un iluminado. Sólo en los sectores más jóvenes de la sociedad catalana ese independentismo es percibido mayoritariamente no como un incordio, sino como algo inherente a su propia condición. Así los han educado y así lo sienten.

Por lo demás, la irrupción y el asentamiento del Tema en la vida de los catalanes —y también en la del resto de los españoles, aunque en estos su incidencia sea infinitamente menor— ha traído, en el mejor de los casos, un incremento exponencial de los debates meteorológicos. Nunca como hasta ahora se había hablado tanto del tiempo en las comidas y sobremesas familiares o en las reuniones de trabajo. Todo menos mentar la bicha independentista. Eso, claro, si lo que uno desea es tener la fiesta en paz. Pero ni queriéndolo resulta siempre posible ceñirse a cirros, estratos y cúmulos, a tormentas, lloviznas y chubascos, o a cierzos, galernas y solanos. A menos de que el grupo en cuestión sea ideológicamente uniforme, en cuyo caso todo irá sobre ruedas, el Tema irrumpirá y hará estragos. Verbales, afectivos y quién sabe si hasta de otra índole.

Ignoro si Raimon, que reside desde hace décadas en Barcelona, se ha encontrado alguna vez en semejante situación. Uno escoge a sus amigos, pero no a buena parte de su familia o a sus compañeros de trabajo. Y, por supuesto, tampoco escoge a su público. De ahí que al final no quede más remedio que afrontar el Tema. O, por decirlo al modo del cantante de Játiva, que planteárselo.

(Crónica Global)

El Tema

    14 de mayo de 2014


He sido siempre un firme defensor del derecho a no votar. Y del derecho a votar, por supuesto. El hecho de que un Estado se dote de mecanismos de participación y representación entre los que figura, muy en primer término, el ejercicio del voto, no supone ni puede suponer en modo alguno que todo ciudadano deba necesariamente hacer efectivo ese derecho. Se trata, en efecto, de un derecho, no de un deber. Ahora bien, del mismo modo que me parece indiscutible esa libertad del individuo de votar o no votar, creo que el Estado está en su derecho de incentivar el voto mediante cuantos instrumentos tenga a su alcance para hacerlo. Piénsese, por ejemplo, en el tabaco. El Estado —y tanto da si es el español como si es ese Estado europeo en construcción— no impide la venta del tabaco ni su consumo, por más que imponga determinadas restricciones en el ámbito público. Y, en defensa de sus intereses, promueve con regularidad costosas campañas de prevención. ¿Por qué no hará lo mismo con el voto, aunque en sentido positivo? ¿Por qué se permite a sí mismo cuidar de la salud corporal de sus ciudadanos y no de su salud electoral? Absurdo, sin duda.

Dicho lo cual, yo voy a votar el próximo 25 de mayo.

No me abstengo

    12 de mayo de 2014


(Ramón Pérez de Ayala, "Las cinco grandes naciones europeas", Abc, 16-10-1955)
Ha empezado la campaña para las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 25 de mayo y la máxima preocupación de la clase política parece ser la abstención. O sea, el desistimiento ciudadano. Bien está, claro, que nuestros políticos se preocupen por la participación. Pero, por otro lado, mal andamos. Entre otras razones, porque ese desistimiento no es sólo electoral, sino también europeo. Cuando las vacas gordas, esto es, en cuantos comicios europeos se han celebrado hasta la fecha en España, la participación, ya de por sí discreta, no ha hecho otra cosa que bajar, pese a algún repunte circunstancial. Y en las dos últimas citas, las de 2004 y 2009, apenas ha alcanzado el 45%. Cierto es que la tendencia no es estrictamente española; en el conjunto de la Unión se da una evolución semejante —en este caso, sin ni siquiera repuntes—. De ahí que los pronósticos, ahora que han llegado las vacas flacas y amenazan encima con quedarse largo tiempo, no puedan ser más pesimistas. Y, aun así, no hay vida fuera de Europa. A lo sumo, una mala, una pésima vida. Europa ha sido, y es, nuestro ángel protector. En lo económico y en lo social, con sus fondos estructurales, que tanto han contribuido al progreso y al bienestar de los españoles, pero sobre todo en lo político —al fin y al cabo, lo político engloba todo lo demás—, con la apuesta por la unión, o sea, por la superación de los particularismos y las hostilidades a que tan afectos han sido en el pasado gran parte de sus ahora Estados miembros. Una superación que alcanza, como se ha demostrado recientemente con la respuesta a los intentos secesionistas del catalanismo rampante, el interior mismo de esos Estados. Sí, Europa es nuestro principal baluarte. Y las elecciones europeas, la única posibilidad para los ciudadanos españoles de votar en clave nacional, más allá, pues, de lo local, provincial y autonómico. Ahora sólo falta que en un futuro no muy lejano esa circunscripción única sea ya plenamente europea. En otras palabras: que usted y yo, querido lector, podamos votar a un candidato inglés, polaco, finlandés, alemán o rumano. O a uno español, por supuesto.

(ABC, 10 de mayo de 2014)

El salvavidas europeo

    10 de mayo de 2014


No sé si es también su caso, pero yo, al levantarme, necesito encontrar las cosas —mis cosas, por supuesto— tal y como las dejé. A eso se le llama orden, aunque sea un orden particular. Cualquier alteración no prevista me sume en el desconcierto. Y, sobra añadirlo, soy incapaz de ponerme en marcha si antes no he recompuesto ese universo personal. Con el mundo exterior me ocurre otro tanto. No es que rechace los cambios, los movimientos, las transformaciones; el progreso, en una palabra. Faltaría más. Pero todas esas mudanzas deben ajustarse a un marco establecido —esto es, conocido y compartido—, deben encajar, mejor o peor, en él. Por eso no hay nada tan reconfortante para mí como levantarme y, una vez comprobado que en casa reina el orden, leer en la prensa digital que el Ayuntamiento de Garriguella (Gerona) ha sido condenado por pagar una cuota anual de 75,50 euros a la Asociación de Municipios Independentistas. Y que lo más probable es que a partir de ahora las condenas judiciales por dicho motivo se sucedan en lo tocante a otros municipios. Reconforta, insisto. Y algo parecido sucede cuando uno sigue leyendo y descubre que la sentencia recuerda que «autonomía no es soberanía». Menudo sosiego. La ley existe y hay quien la hace cumplir. Así las cosas, uno ya puede salir a la calle.

La ley y el orden

    8 de mayo de 2014
De tarde en tarde, los medios dedican un titular a eso que algunos llaman Países Catalanes. A veces se trata de resoluciones aprobadas en sede parlamentaria. A veces, como ahora, de los contenidos de un programa electoral. Si acudiéramos a la hemeroteca, comprobaríamos que el asunto es viejo. E incluso descubriríamos como en los últimos 40 años, y a pesar de algún repunte circunstancial, el sintagma ha ido perdiendo fuelle. Aun así, ello no impide que la sensación dominante hoy en día —si no en Cataluña, sí en Baleares o en la Comunidad Valenciana, por ejemplo— sea que el ensueño nacionalista nunca había estado tan cerca de convertirse en realidad. O, por lo menos, de abandonar su condición fantasmagórica y aparecer como un proyecto político relativamente plausible.

Por supuesto, la infausta transición nacional en la que se ha embarcado Artur Mas —y en la que ha embarcado a todos los españoles— tiene gran parte de culpa. Pero también es cierto que los gobiernos anteriores, y en especial los del tripartito, habían ya colaborado lo suyo financiando a espuertas a las entidades pancatalanistas de las antiguas zonas de conquista del rey conquistador. Por lo demás, la izquierda española, socialista y comunista, parece haber llegado a la conclusión de que, para alcanzar el poder, precisa del nacionalismo, por lo que no se para en barras a la hora de saltarse la ley y apoyar, por activa y por pasiva, cuantas iniciativas lingüísticas, educativas y culturales tienden a separar esos territorios de su matriz hispánica. De resultas de lo anterior, al tiempo que han crecido las expectativas de quienes desean ardientemente la anexión a Cataluña, se ha ensanchado el rechazo a todo lo que guarde relación no ya con el imperialismo catalán, sino con lo catalán a secas.

Así lo admitían hace unos días en Barcelona, en el marco incomparablemente soberanista del Born Centre Cultural, seis preclaros representantes del pancatalanismo balear, entre los que figuraban el político Barceló, máximo dirigente del PSM, y el filólogo Marí, presidente de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans. Conforme a sus declaraciones, todos ellos dan por descontado que Cataluña va a separarse tarde o temprano del resto de España, lo que comportará, a su juicio, que se agudice esa polarización entre favorables y contrarios a la independencia y, en definitiva, a la futura anexión de Baleares a los llamados Países Catalanes.

Suponiendo que esa agudización a la que tanto dicen temer no esté ya aquí, claro. Piénsese, por ejemplo, en el conflicto originado por la negativa de maestros y profesores reunidos en asamblea, con la complicidad de las asociaciones de padres de alumnos, a aplicar el modelo de enseñanza trilingüe promovido por el Gobierno Balear y que debería acabar, de facto, con la inmersión lingüística en las aulas del archipiélago. La revuelta empezó hace un año. Desde entonces ha habido de todo: amenazas, huelgas, manifestaciones, concentraciones, boicots, coacciones a docentes y estudiantes contrarios al movimiento; et j’en passe, que dirían los franceses. El último episodio conocido es la pretensión, por parte de la autoproclamada Asamblea de Docentes, de conceder un aprobado general en primaria y secundaria. (Sí, igual que en aquel curso universitario de las postrimerías del franquismo marcado por el paro indefinido del personal no numerario, cuando la revolución lo justificaba todo o casi todo.) Ante el desafío, la Administración se ha mantenido firme, por más que recientemente haya mostrado su disposición a negociar determinados aspectos del plan ya aprobado, lo que ha sido interpretado, en determinados sectores, como una cesión a los alzados y una muestra evidente de debilidad.

Sea como sea, la crispación —o la tensión; que cada cual aguante su término— parece asegurada también en tierras de conquista. Al nacionalismo le conviene, porque la culpa del conflicto, ya se sabe, siempre es del otro, esto es, de la rancia derecha españolista. Y a la izquierda, incluso a la no nacionalista —suponiendo que una tal combinación se dé—, también le conviene, porque de otro modo no le saldrían las cuentas para alcanzar algún día el poder. Mal estamos, pues. Y lo que nos espera.

(Crónica Global)


El sábado, al hablarles de la frase de Loquillo en su entrevista en Abc —ya saben, «Votemos para terminar con la democracia»— como ejemplo de lo que supondría la simple celebración de la consulta programada por Artur Mas para el próximo 9 de noviembre, aludí a la posterior retractación del cantante. Lo hice tras escuchar el audio de un fragmento de la entrevista que el propio periódico colgó en su edición digital y tras leer tres tuits en los que Loquillo aseguraba que con ello se «refería a la agresión de Pere Navarro» y «en ningún caso al derecho a decidir de los catalanes, del que siempre me he manifestado a favor dentro de la legalidad». No hace falta decir que bastaba y sobraba con semejante contraste para evidenciar la rectitud del personaje, inversamente proporcional a su estatura. Pero se me pasó escuchar otro audio, el de su entrevista en RAC1 con el periodista Jordi Basté, que Arcadi Espada había incorporado a su inventario de pestilencias. Ahora lo he hecho y no salgo de mi asombro. ¿Cómo es posible que en una radio cualquiera, y con mayor motivo tratándose de una semipública —RAC1 pertenece al Grupo Godó, el mayor beneficiario de las ayudas de la Generalitat a los medios de comunicación catalanes—, pueda darse un interrogatorio de este tipo? Recordemos un simple fragmento de la parte introductoria. Habla Basté: «… pero, claro, hoy, pienso, este tío se ha pasado de rosca. Este tío se ha vuelto loco. Este tío no puede decir esto, y no, no le tolero que diga esto. No se lo tolero, es que no se lo tolero. No te lo tolero, no te lo tolero». Y el acusado Loquillo negando lo dicho, autoinculpándose y pidiendo clemencia. Como en las grandes purgas soviéticas.

Si no fuera porque el caso tiene antecedentes, uno podría creer que ese tío —Jordi Basté, por supuesto— se ha vuelto loco. Pero su actitud no dista en absoluto de la que adoptan, con toda la naturalidad del mundo, otros correligionarios suyos. ¿Se acuerdan de aquella entrevista a tres —Rafel Nadal, José Antich, Pilar Rahola— con Albert Rivera en la televisión del mismo grupo de comunicación? ¿Se acuerdan de los modos empleados por Rahola? Un tercer grado, lo llamaron algunos. Y no exageraban. Sólo que lo de Basté lo supera —acaso porque en esta ocasión el inculpado, lejos de rechazar firme y dignamente, como hizo Rivera, los cargos que se le imputaban, los aceptó compungido—. De ahí que haya que remontarse a los felices tiempos de la Barcelona preolímpica para encontrar algo similar. Me refiero a la famosa entrevista de Àngel Casas a Javier Mariscal en TV3, en la que este último, sometido en los días anteriores a una campaña de prensa infernal a la que Casas no dio sino la última y definitiva estocada, acabó pidiendo perdón a todos los catalanes por haber llamado enano —«es horrible, no mide más de 1,40»— a Jordi Pujol.

En eso ha devenido, después de tres décadas y media de autonomía rica y plena, el periodismo catalán. En un oficio financiado por el poder y caracterizado por los editoriales únicos, las columnas únicas y los interrogatorios de tercer grado. Igual que en Cuba, vaya, pero sin apenas cubanos.

El periodismo catalán

    5 de mayo de 2014


(Néstor [Luján], "Un sentimiento exagerado", Destino, 13-5-1950)
Dudo que alguien lo haya formulado mejor: «Votemos para terminar con la democracia». Es verdad que el cantante Loquillo atribuye esa frase a las SA, las milicias del Partido Nacionalsocialista Alemán, y supongo yo que debe de situarla en el periodo inmediatamente anterior a las elecciones legislativas del 5 de marzo de 1933, que fue cuando los alemanes de la República de Weimar votaron por última vez y cuando probablemente también lo hizo Raimund Pretzel, o sea, Sebastian Haffner, a juzgar por lo narrado en «Historia de un alemán», el libro cuya lectura el propio Loquillo recomienda con vehemencia en la entrevista de la que está sacado el fragmento entrecomillado. (Puestos a ser precisos, y dado que disponemos del audio, las palabras del cantante fueron: «¿Qué decían las SA? “Terminemos con la democracia. Votemos para terminar con ella”».) Pero, por más que la frase quepa atribuirla a las SA y por más que Loquillo haya negado haberla pronunciado —y no es la primera ocasión en que se retracta olímpicamente de lo dicho— escudándose en un argumento tan peregrino como que él siempre se ha manifestado «a favor del derecho a decidir de los catalanes dentro de la legalidad», resulta difícil imaginar una formulación más certera de los propósitos del nacionalismo gobernante en Cataluña. Y no tanto por lo que pudiera ocurrir después del voto como por el voto en sí, por el hecho mismo de votar. En efecto, votar en una consulta como la prevista por el Gobierno de Artur Mas para el 9 de noviembre sería la forma más eficaz de terminar con la democracia. Esto es, de acabar con el Estado español tal como lo define la Constitución vigente. O, si lo prefieren, de negar al conjunto de los ciudadanos que lo integran su soberanía. Por eso el nacionalismo y, en especial, el más radical, está dispuesto a defender a capa y espada su presunto derecho al voto y a revestirlo encima con los linajes más democráticos. Y por eso los que no somos nacionalistas y nos sentimos españoles y demócratas debemos denunciar sin tapujos esa farsa. Porque la mera hipótesis de su celebración constituye ya por sí sola, para todos nosotros, un verdadero oprobio.

(ABC, 3 de mayo de 2014)