Si uno repasa lo que ha dado de sí esta semana en lo que a Cataluña se refiere puede llegar fácilmente a la conclusión de que los catalanes tienen —y han tenido durante décadas— encomendada su suerte política a una pandilla de rufianes. Les recuerdo los hechos. El lunes, tres miembros de la familia Pujol —patriarca, consorte y primogénito— acudían al Parlamento autonómico para burlarse de sus señorías y de lo que representan en una comisión de investigación creada, diríase, a tal efecto. El miércoles, el Tribunal Constitucional anulaba en lo esencial la ley de consultas aprobada hace cinco meses por el independentismo gobernante, así como el decreto mismo de convocatoria del 9-N, y advertía de la ilegalidad de futuras consultas de este jaez. Y el jueves, en fin, al tiempo que el juez Santiago Vidal era suspendido tres años de sus funciones por elaborar una Constitución catalana habiendo jurado, en tanto que magistrado, la española, el Consejo de Garantías Estatutarias —el mismo que había dado por buena la ley de consultas ahora seriamente mermada por el Constitucional— dictaminaba que cinco de las enmiendas introducidas en la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos de la Generalitat —a instancias de ERC y con vistas a ir construyendo las famosas «estructuras de Estado»— eran o bien antiestatutarias o bien anticonstitucionales. Este es el panorama político catalán a falta de que el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad decida imputar o no imputar al presidente Mas, la vicepresidenta Ortega y la consejera Rigau por su responsabilidad en la urdimbre y ejecución de la fantochada consultiva del 9-N: el de un país quebrado institucionalmente, en el que la ilegalidad es moneda común. Con la particularidad, bien conocida, de que los propios malhechores son los primeros en vanagloriarse de sus gestas. ¿Hasta cuándo? Chi lo sa. Un año electoral supone siempre, hasta cierto punto, un respiro, por aquello de que cada cual debe mirar, ante todo, para sí. Sin embargo, Artur Mas, como si de un ciclista se tratara, no tiene más remedio que seguir pedaleando para evitar la caída. Y ahí está el problema.

(ABC, 28 de febrero de 2015)

La Cataluña rufianesca

    28 de febrero de 2015


A juzgar por las réplicas mediáticas del ligero temblor parlamentario de ayer por la tarde en el Congreso, a Rajoy se le fue la mano al decirle a Sánchez: «Ha sido usted patético». Por lo visto, un parlamentario no puede espetarle a otro que ha sido patético. Tal vez porque nadie parece advertir en el adjetivo su sentido recto, el único recogido en el DRAE, y sí en cambio uno derivado y que equivaldría a lastimoso o, mejor aún, a grotesco. Aun así. ¿puede espetarle el jefe del Gobierno al de la oposición que ha sido grotesco, esto es, ridículo? Por supuesto. No veo yo qué hay de malo en ello si este es su parecer. Sobra añadir que, con anterioridad, su interlocutor tampoco se había parado en barras al calificarle a él. Donde las dan las toman, sobre todo en un debate parlamentario. Pero lo más sorprendente de todo es que ningún medio repare en la pandemia patética que asola a nuestra clase política. En el sentido recto de la palabra, esta vez, que no es sino la antesala del usado ayer por Rajoy en su réplica a Sánchez. Hace unos días, en un magnífico artículo, Gabriel Tortella se preguntaba: «¿Cómo podríamos conseguir que los votantes, “en tiempo de desolación”, votaran con el cerebro y no con el hígado (que es la glándula que segrega la bilis)?». Y, claro está, no ofrecía respuesta alguna —no en vano, unas líneas antes había afirmado que «el rasgo definitorio del intelectual es la impotencia»—. Sin ánimo de enmendarle la plana —al fin y al cabo, yo también pertenezco, ay, a la cofradía impotente—, creo que algo ganaríamos si, en sus intervenciones públicas, nuestros políticos —y en especial quienes tienen o aspiran a tener la máxima responsabilidad de gobierno—, se dejaran de patetismos y usaran el cerebro en vez del hígado. Que predicaran con el ejemplo, vaya. Así, quizá lograríamos, con el tiempo, que una buena parte de los votantes hiciera lo propio.

Patéticos

    25 de febrero de 2015


Que Artur Mas y Oriol Junqueras recorren un mismo camino está fuera de toda duda. Es posible que ya no vayan de la mano como antes, dado que uno y otro aspiran ahora a encabezar la marcha, pero es evidente que comparten objetivo. Y estrategia. Esa estrategia pasa, en ambos casos, por convertir las elecciones municipales del 24 de mayo en un entrante de las autonómicas del 27 de septiembre. O sea, en unas primarias de unas secundarias que no van a ser en modo alguno autonómicas, sino plebiscitarias. Se trata, sobra precisarlo, de un fraude a los ciudadanos. De un doble fraude. La perversión del sentido del voto queda perfectamente explicitada en esta frase sabatina de Mas: «Si fallamos el 24 de mayo, en las elecciones municipales, debilitamos una estructura de país fundamental que son los ayuntamientos, estructura de país y estructura de Estado». Y en esta otra, dominical, de Junqueras: «El 27-S será nuestro referéndum, y el 24-M la primera vuelta en la que nos jugamos tener nuevos consistorios (…) que ayuden a hacer realidad el resultado del referéndum del 27-S».

Pues bien, creo que ya va siendo hora de que, entre las medidas regeneradoras propuestas por determinados partidos en sus programas, figure la de inhabilitar a todo dirigente político, esto es, a todo teórico servidor de lo público que contravenga con sus actos —en los que se incluyen, por supuesto, los actos de habla— el sentido de las distintas citas electorales que se celebran en España. ¿O acaso no prevarica un político en ejercicio cuando falta a sus obligaciones a sabiendas?

Primarias y secundarias

    23 de febrero de 2015


(Andrés Revesz, "El dictador y las izquierdas", Abc, 18-11-1926)
El pasado jueves coincidieron en Barcelona dos actos, uno del Círculo Ecuestre y otro del candidato del PP a la alcaldía, Alberto Fernández Díaz, que algunos medios han creído oportuno vincular por la sencilla razón de que lo mismo el presidente del Círculo, Borja García-Nieto, que el político popular reclamaron en sus intervenciones —la del primero, en presencia del propio alcalde— que la ciudad deje de ser lo que es y vuelva a ser lo que fue. Asunto complejo, sin duda. Para volver a ser lo que fue habría que desandar lo andado en los últimos veinte años por lo menos, y no parece que semejante propósito sea factible. ¿Qué era Barcelona en aquel entonces? Pues una suerte de contrapeso a la rancia mezquindad del nacionalismo: un espacio de libertad, una ciudad abierta al mundo, moderna, con personalidad; y, por supuesto, tan catalana como española. Hoy Barcelona es una ciudad precintada por el independentismo, un mero apéndice de los intereses del Gobierno de la Generalitat y sus entidades satélite. Y no sólo eso. Esa entrega y esa renuncia de los actuales gestores municipales, esa guardia baja que les caracteriza, se extienden asimismo a otros campos. Por ejemplo, al de la lucha contra los movimientos antisistema. También este jueves el Ayuntamiento trató de precintar Can Vies, allí donde el alcalde perdió, en mayo de 2014, lo que le quedaba de autoridad. Y digo trató, porque el precinto —puesto por la Guardia Urbana para parar unas obras realizadas desde hace meses sin licencia alguna— fue retirado por los «okupas», que salieron en bandada a las calles del barrio y hasta se tomaron la libertad de precintar, en respuesta a la acción gubernativa, la propia sede del distrito. Esta es la ciudad de la que los barceloneses disfrutan —un decir— a día de hoy, aquella cuyo alcalde presume de tener ya a punto las estructuras de Estado con que sueña despierto el presidente de la Generalitat. Si en las próximas elecciones del mes de mayo nuestro señor el voto obrara el milagro de conformar una mayoría no nacionalista, la tarea de depuración sería ímproba. Como la de Sísifo, tal vez. Pero habría que acometerla, no quedaría otra.

(ABC, 21 de febrero de 2015)

La ciudad precintada

    21 de febrero de 2015
No creo que nadie ponga en duda que lo característico del suflé es la inflación. En otras palabras, la esponjosidad del producto. De ahí que el suflé, una vez sacado del horno, deba ser servido e ingerido al punto; de lo contrario, esa inflación se desvanecerá y el plato resultante será un plato fallido. Algo así puede estar ocurriendo hoy en día con la ilusión independentista catalana. La salida del horno tuvo lugar el 9-N, pero a continuación el plato quedó allí, más solo que la una, sin que los máximos responsables de su cocción y presumible degustación se atrevieran a zampárselo, esto es, a declarar la independencia. Sobra añadir qué aspecto presenta en estos momentos el suflé. Hasta un redivivo Lluís Maria Xirinachs —aquel independentista que en sus heroicos tiempos de huelgas de hambre frente a la Modelo no le hacía ascos, a escondidas, eso sí, a algún que otro bocadillo— se lo pensaría dos veces antes de hincarle el diente.

Ayer mismo, en estas páginas, Francesc Moreno aludía a esa bajada y apuntaba una serie de causas. Todas me parecen pertinentes, incluso la advertencia final, consistente en recordar que el independentismo, por más que el suflé se haya desinflado, sigue presente entre el electorado catalán y en una proporción nada desdeñable. Pero esas causas son rabiosamente contemporáneas y acaso merezca la pena recordar alguna bastante más lejana y no por ello menos importante. Me refiero a la responsabilidad del socialismo catalán —y también, claro, del conjunto del socialismo hispánico— en el proceso de cocción independentista y, en especial, en su posterior enfriamiento.

Por supuesto, de la colaboración, complicidad, inhibición, o como quiera llamársele, del socialismo catalán con el nacionalismo coterráneo, desde los albores de la autonomía hasta ayer mismo, se ha escrito mucho y bien. Quiero decir que poco añadiré en este artículo a lo que, de un modo u otro, ha sido ya expresado en otras tribunas. En cambio, hay un aspecto que, a mi entender, no ha merecido tanta atención y que tal vez no esté de más reseñar. Me refiero a la función del PSC como garante de la bondad del nacionalismo, como partido que, consciente o inconscientemente, ha permitido que el plato del independentismo fuera cociéndose hasta extremos inimaginables. Para convencerse de ello, nada mejor que armarse de valor y enfrentarse, por ejemplo, con algunas de las columnas escritas por Pilar Rahola en La Vanguardia desde el 11 de septiembre de 2012 hasta la fecha. A pesar del ardor de estómago que suele producir su prosa, les aseguro que vale la pena, pues esa mujer es impúdica a fuer de sincera, sus textos exudan doctrina por todos los poros.

Releer sus apelaciones lastimosas al PSC para que se sumara al carro independentista con todas las consecuencias; empaparse de su agradecimiento cursi al recordar la inestimable ayuda de los socialistas catalanes y de su sindicato hermano en la integración de la población inmigrante en la Cataluña autonómica —léase su aceptación de las reglas del juego nacionalista—; repasar uno a uno sus requerimientos desesperados a los Nadal, Navarro e Iceta —a cuyos nombres de pila acostumbra a anteponer un «amigo» o un «querido»— para que retornaran a la senda nacional de la que jamás deberían haberse apartado; todo ello demuestra hasta qué punto el papel de la franquicia catalana del PSOE había sido hasta entonces fundamental para los propósitos de Rahola y sus compañeros de viaje. Y demuestra asimismo, claro, hasta qué punto estaba dejando de serlo, a pesar de esa indefinición malsana y contradictoria en que el partido se había instalado —en este caso, a favor del derecho a decidir, pero dentro del orden constitucional—. Paradójicamente, pues, así como el PSC había sido clave durante décadas en la cocción del suflé, su progresivo desmoronamiento como fuerza política ha sido también clave en su desinflamiento, aunque sólo sea porque ha permitido que aflorasen y se consolidasen otras formaciones —Ciutadans, en particular— que sí han ejercido la imprescindible oposición al catalanismo excluyente.

Ojalá el PSC hubiera jugado otro juego desde el principio. Pero, ya que las cosas han ido como han ido, sería injusto no reconocerle, aquí y ahora, su contribución involuntaria a la clarificación del panorama político y, en definitiva, a la lucha contra la asfixiante hegemonía del nacionalismo.

(Crónica Global)

A vueltas con el suflé

    18 de febrero de 2015
Van a permitirme que empiece con algo particular, algo de lo que soy arte y parte. Me refiero a la edición en castellano de la obra de Josep Pla. Cuando la editorial Espasa, siguiendo los consejos de mi amigo Arcadi Espada, me propuso traducir los cuatro libros de notas del escritor ampurdanés –encargo que luego quedó en tres libros (Notas dispersas, Notas para Sílvia y Notas del crepúsculo), dado que Espasa, al final, optó por reeditar la versión que de El cuaderno gris hicieran en 1975 Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros–, me sorprendió que nadie hubiera tenido antes la idea. Y, por supuesto, me sorprendió que no la hubiera tenido Destino, poseedora de los derechos de edición de la obra del escritor y sello que edita en ambas lenguas desde hace un montón de años. Cualquiera que conozca esos cuatro dietarios convendrá conmigo en que no existe tal vez mejor modo de poner al alcance de un lector, en este caso el castellano, lo esencial del pensamiento de Pla y una muestra decisiva –como adjetivaría el propio escritor– de la grandeza de su escritura. Pero así funcionaba el mundo editorial catalán allá por los estertores del siglo XX, con esa racanería. O con ese error de enfoque. Porque, más allá de la endogamia o, si lo prefieren, de la concepción de la edición en catalán y de la edición en castellano como dos compartimentos estancos, entre los que casi nunca se abrían puertas y escotillas, estaba el embeleso del mercado europeo. Como si el (re)conocimiento de la literatura catalana sólo pudiera pasar por la traducción al inglés, al francés, al alemán, o a cualquiera de esas lenguas minoritarias con las que el catalán comparte destino y privaciones. Como si el castellano fuera, en definitiva, un idioma de otra galaxia.

Pero ese absurdo empezó a cambiar en el presente siglo, al menos en lo que a Pla se refiere. Y en ese cambio mucho tuvo que ver el éxito de esos dos volúmenes de sus dietarios, maravillosamente editados, que Espasa sacó a la calle en 2001 y 2002, respectivamente. Aunque no faltó quien denunciara la apropiación que el nacionalismo español (¿?) estaba haciendo de la figura de Pla, lo cierto es que la propia Destino, ayudada por un relevo en la dirección editorial, se percató del error cometido y se dispuso a enmendarlo. De ahí nació, por ejemplo, Cuatro historias de la República (2003), ese libro de libros que tuve la fortuna de editar y del que emergió una magnífica y me temo que irrepetible generación de periodistas españoles. El volumen incluía a cuatro de ellos, acaso –con Corpus Barga– los más grandes: el propio Pla, de quien se reeditó su Madrid. El advenimiento de la República, incluido en Notas para Sílvia; Julio Camba, de quien también reeditamos su olvidado Haciendo de República; Manuel Chaves Nogales, representado con una selección de su producción republicana, prácticamente ignorada en aquel entonces (1), y otro catalán –y ampurdanés–, Agustí Calvet, Gaziel (Sant Feliu de Guíxols, 1987-Barcelona, 1964), de quien ofrecimos, como en el caso de Chaves, los artículos de los años treinta relacionados con la Segunda República española y publicados en castellano. Si Chaves, para el lector español, constituía casi un descubrimiento, más lo constituía Gaziel. Y, en lo relativo a este último, el descubrimiento se hacía extensivo al lector en catalán, al que tanto afectaban la dispersión y la fugacidad del periodismo como la dictadura de los compartimentos estancos.

El siguiente paso en la política de difusión de la obra de Pla para un público hispanohablante fue la edición de La Segunda República española. Una crónica, 1931-1936 (2006), suma de su producción articulística como corresponsal en Madrid de La Veu de Catalunya y de otros medios, entre los que destacaba el valenciano Las Provincias. El libro era en gran parte la traducción de las crónicas políticas y parlamentarias recogidas ya en un par de volúmenes de su obra catalana presuntamente completa –la de los cuarenta y cinco tomos de Destino–, enriquecida con cerca de un centenar de piezas que habían quedado en el limbo de la hemeroteca y, lo más importante, con otro centenar que, al haber visto la luz directamente en castellano, ni siquiera existían para la selecta y siempre puntillosa legión de expertos planianos. Con la edición, pues, no sólo se acercaba al lector hispanohablante otra faceta importante de la producción del escritor, sino que se rompía también ese muro de contención lingüístico entre distintas partes de un todo.

La década pasada todavía vivió unos cuantos ejemplos más de esa nueva política editorial. En lo tocante a Pla –y dejando a un lado las reimpresiones más o menos periódicas de obras escritas originalmente en castellano o vertidas hace tiempo a esta lengua–, la propia Destino había sacado en 2002 Israel, 1957. Un reportaje, versión castellana de Israel el 1957. Un reportatge, incluido en el volumen XIII de la Obra completa y publicado en este mismo 2002 en edición monográfica. Luego, en 2006, salió en la misma editorial Nocturno de primavera, traducción de la primera versión de Nocturn de primavera, publicada en 1953 por Selecta y recuperada también ahora por Destino en edición monográfica (2). Y más adelante, en 2008, Libros del Asteroide publicó la traducción de Vida de Manolo, la biografía del escultor Manolo Hugué que el escritor publicara en 1928. No se trataba de una novedad en sentido estricto, habida cuenta de que ya en 1930 Juan Chabás había traducido la obra al castellano en la efímera Biblioteca Cataluña de la CIAP, pero sí de una nueva aportación, al tratarse de una versión distinta, realizada en esta ocasión por Jordi Amat, y que encima subsanaba no pocos errores del trabajo de Chabás (3). Eso en lo que respecta a Pla. Pero conviene no olvidar que en la misma década, en 2005 en concreto, Destino puso en el mercado hispanohablante uno de los dos libros malditos de Gaziel, Meditaciones en el desierto –el otro, Història de La Vanguardia, sigue esperando a que alguien se digne editarlo en castellano–, en lo que debía entenderse sin duda como un indicio de la voluntad de proseguir con la difusión de la obra del exdirector de La Vanguardia más allá de los inevitables confines impuestos por la lengua catalana. Una difusión a la que también contribuyó, por cierto, una editorial entonces recién nacida, Diëresis, que sacó a la calle en 2009 En las trincheras, una selección de sus crónicas de la Gran Guerra llevada a cabo por el principal estudioso de su obra y biógrafo, Manuel Llanas.

Sin embargo, la verdadera eclosión de la figura de Gaziel como escritor en castellano ha sido cosa del último año. Y en ella han tenido mucho que ver dos factores, al margen de lo que puede haber dado de sí la siembra de la década anterior. En primer lugar, el calendario. Quiso el azar que Gaziel muriera en 1964, es decir, cuando se cumplía medio siglo del inicio de aquella carnicería conocida en su momento como Gran Guerra y en la que él se hizo hombre, periodísticamente hablando (4). Así pues, en 2014 conmemoramos a un tiempo el cincuentenario de su muerte y el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial, lo que, llevado al terreno de los medios de comunicación y del mundo editorial en su conjunto, significa que existen motivos más que sobrados para dar a conocer su legado como cronista de guerra y, por qué no, otros fragmentos, dispersos u olvidados, de su producción. El segundo factor tiene nombre propio: Jordi Amat. La mayoría de los libros de Gaziel editados en el último año y medio no sólo responden a su impulso, sino que han pasado por sus manos. Lo cual es una garantía, puesto que probablemente no existe nadie en este momento, aparte de Manuel Llanas, que posea un entendimiento mayor de la obra gazieliana, como atestiguan los prólogos y epílogos que figuran en algunos de los libros editados y que llevan su firma, o los trabajos que el propio Amat ha publicado recientemente.

Esa eclosión se ha concretado en una serie de títulos. Relacionados con la guerra –y continuadores, por tanto, del antológico En las trincheras–, se han publicado Diario de un estudiante. París 1914 y De París a Monastir (5). Se trata, en ambos casos, de reediciones, y por partida doble, dado que las crónicas que contienen aparecieron primero en La Vanguardia y luego, al año siguiente, reunidas en volumen (6). Y, al margen de la efeméride bélica, si bien aprovechando el favor del viento conmemorativo, también han visto la luz dos nuevas –y cuasi inéditas– recopilaciones de artículos, urdidas y materializadas por Jordi Amat siguiendo los designios del propio Gaziel, que dispuso ya en vida la selección y revisó incluso el original: Tot s’ha perdut, publicada en otoño de 2013, y La Barcelona de ayer, un año más tarde (7). Pero aún hay más: a finales de 2013, las Publicacions de l’Abadia de Montserrat sacaron a la calle el epistolario cruzado entre el escritor y su editor, Josep Maria Cruzet, entre 1951 y 1964 (8). En un año, pues, un total de cinco libros. Y por si alguien dudase todavía del grado de penetración de la obra de Gaziel en la sociedad española, tal vez convenga recordar que el Ejército de Tierra proyectó en la ceremonia de entrega de los Premios Ejército 2014 un vídeo basado en una crónica suya, «Los centinelas», incluida en El año de Verdún y reproducida en la antología En las trincheras.

Sin embargo, no todo han sido luces en eso que la prensa cultural denominó «Momento Gaziel» (9). La Generalitat, por ejemplo, no ha mostrado el menor interés en recuperar la figura del periodista. Es evidente que, para el Gobierno autonómico, el cincuentenario de su muerte está lejos de representar algo parecido a lo que supuso en 2013 el centenario del nacimiento de Salvador Espriu, celebrado con gran pompa institucional y con un dispendio de dinero público absolutamente desmedido (10). Así como Espriu, para el catalanismo, fue el poeta nacional, lo más que puede decirse de Gaziel es que fue su conciencia crítica. Y las conciencias críticas suelen incomodar. Por supuesto, existe un Gaziel resistente, antifranquista, contrario a escribir nada en castellano mientras el régimen siguiera en pie –para entendernos: el autor de las proscritas Meditacions en el desert–, al que sin duda los actuales rectores de la cultura catalana tratarán de recuperar y hasta convertirán, si nadie lo remedia, en una suerte de soberanista antecessor. Pero junto a este personaje existe otro, el periodista de La Vanguardia, El Sol y Ahora –e incluso de un nonato La Hora, ideado por él a comienzos de los años cuarenta a instancias del expropietario de Ahora, Luis Montiel–, que, sin renunciar a su inveterado catalanismo, tuvo siempre a España en la cabeza. De esa españolidad de Gaziel no sólo dan fe su proceder y gran parte de su obra, sino también, y sobre todo –por cuanto coincide justamente con el franquismo y sus miserias–, la voluntad del periodista de reunir en volumen su producción en castellano o, de modo más programático, el prólogo que escribió para Castilla adentro en las postrimerías de su vida (11).

Por eso resulta difícil entender que Tot s’ha perdut no cuente todavía con una edición en castellano o, como mínimo, con una distribución que no se limite a la parte del territorio peninsular donde también se usa la lengua catalana. Y es que, aun cuando el libro se inscriba en una llamada «Biblioteca del catalanisme» –nadie con más autoridad que Gaziel, sin duda, para disertar sobre el catalanismo y para hacerlo desde dentro, con pleno conocimiento de causa– y constituya un majestuoso retablo del movimiento alumbrado y encumbrado por Prat de la Riba, de sus múltiples anhelos y de su sonoro fracaso tras el 6 de octubre de 1934; aun cuando esto sea así, los artículos en él contenidos, por tratar precisamente de lo que tratan y por estar escritos, encima, en castellano –en esta lengua fueron publicados en su día y en esta lengua han sido ahora reproducidos–, merecerían cruzar el umbral que separa al público lector en catalán y castellano del que sólo lo es en castellano. Esto es, el clásico umbral de la distribución territorial marcada por la lengua (12). De lo contrario, la lección que de ellos resulta –«la clara lección», por echar mano del título de un artículo del propio Gaziel– y que atañe, como es natural, no sólo a los catalanes, sino al conjunto de los españoles, puede quedar en buena medida huérfana de público.

Pero allí donde la lengua y sus preceptos se erigen en un absurdo y falaz cortafuegos es en otro producto de la actual cosecha, el titulado Diario de un estudiante. París 1914. Vayamos por partes. Es decir, por orden. A finales de julio de 1914, cuando el Imperio austrohúngaro declara la guerra a Serbia y ello pone en marcha una cadena de declaraciones semejantes regidas por la política de alianzas de cada uno de los países en liza, Agustí Calvet se halla en París. Aunque ya ha utilizado el seudónimo de Gaziel en unos artículos que ha mandado a La Veu de Catalunya (13), sigue siendo, para todos cuantos tienen el gusto de conocerlo, Agustí Calvet. Es más, el recurso al seudónimo no ha sido sino una forma de no mezclar lo principal –sus clases de filosofía en la Sorbona y el Collège de France–, con lo accesorio, esas crónicas escritas en catalán y fuertemente marcadas por la impronta de su admirado Eugenio d’Ors. De todos modos, lo que está empezando a vivir en la capital francesa y, en concreto, en la pensión del Barrio Latino donde reside desde hace unos meses junto a otros estudiantes –esa que Josep Maria de Sagarra, en sus Memorias, describirá como «la típica pensión donde todo es extremadamente viejo, donde todo se aprovecha y es de una pulcritud extraordinaria, y donde existe aquel olor inefable que es una mezcla de galleta rancia, de finas hierbas con mantequilla frita y de pipí de gato» (14)–, no guarda demasiada relación con la filosofía. Ante la inminencia de la guerra, aquel grupo de estudiantes de naciones distintas y, desde hace un par de días, enfrentadas a muerte, está descomponiéndose. Los que no son franceses tratan de cruzar las fronteras antes de que estas se cierren. Gaziel, no. Gaziel, de momento, se queda. Y decide llevar un diario, donde anota los sucesos de la jornada, como haría un corresponsal al que su director reclamara regularmente un parte de lo vivido. Pero sin ser periodista, claro. O, mejor dicho, ignorando que en el fondo lo es (15).

Tras abandonar París a comienzos de septiembre en uno de los últimos trenes que salen de la capital, y después de un viaje penoso e inacabable, Gaziel llega a Barcelona. Y allí, en el Ateneu Barcelonès, encuentra a su amigo y mentor Miquel dels Sants Oliver, director de La Vanguardia, quien se halla ávido de noticias de primera mano sobre la contienda. Cuando Oliver se entera de que el amigo Calvet ha llevado un diario durante el primer mes de guerra, le pide al punto que vaya a buscarlo y se lo enseñe. Empezar a leerlo y conminar a su autor a que lo traduzca al castellano y complete algunas partes, dándole a cada apunte un formato de crónica para así irlos publicando en La Vanguardia, será uno y lo mismo. En palabras del propio Oliver: «Creí descubrir un trabajo periodístico de aquellos que surgen muy de tarde en tarde. Por decirlo todo: una pequeña obra maestra» (16). Esa pequeña obra maestra convertirá en unos pocos meses a Gaziel en algo más que un simple seudónimo ocasional; lo convertirá en un periodista y en un periodista famoso.

La primera consecuencia de esa mutación será la vuelta de Gaziel a Francia, ya como corresponsal de guerra del periódico. La segunda, la publicación en volumen de su Diario de un estudiante en París, y las sucesivas ediciones de la obra, no sólo en la Casa Editorial Estudio, sino también en Sudamérica, donde la prensa fue reproduciendo las crónicas sin permiso y donde se editaron, al decir de su autor, hasta una docena de ediciones pirata. Al Diario le seguirán otras recopilaciones de crónicas –cuatro en total, entre 1915 y 1918–, si bien ninguna alcanzará el éxito de público de aquellos apuntes embrionarios. Y es que el Diario no era sólo una crónica de los primeros compases de la guerra; era también, por volver a las palabras de Oliver, «una verdadera historia sentimental del terrible agosto de 1914 en la insigne y atribulada Lutecia» (17). Una historia sentimental de un estudiante de veintisiete años –de un estudiante casi eterno, podría escribirse– en la que la frescura de la prosa corre pareja con una mirada intrépida, perspicaz y, en gran medida, asombrada sobre la realidad. Tan asombrada, al cabo, como asombrosa.

Al igual que ha ocurrido con algunas de las demás crónicas de guerra de Gaziel, el Diario ha tardado cerca de un siglo en ser reeditado. En fin, habría tardado, mejor dicho, si lo que Diëresis nos ofrece ahora fuera en verdad el Diario de entonces. No es el caso. Empezando por el título, Diario de un estudiante. París 1914, y terminando por el texto mismo. La culpa de esa suplantación –si culpa hay– es, ante todo, del propio autor. En los últimos años de su vida, quién sabe si pensando ya en los materiales que habían de configurar lo que terminaría siendo su obra completa en catalán (18), Gaziel emprendió una traducción considerablemente ampliada y remozada de su viejo diario estudiantil. Pero no la terminó. Es más, la vida apenas le alcanzó para dejar acabados e inéditos los ocho primeros capítulos, es decir, menos de una cuarta parte del libro. Aun así, los responsables de la edición de su obra creyeron que había que publicar el libro que Gaziel llevaba en la cabeza y encargaron a un reputado corrector y traductor, Bartomeu Bardagí, que tradujera al catalán los veintisiete capítulos restantes (19). Bardagí lo hizo, como no podía ser de otro modo, con absoluto respeto por el original de 1915. Y lo hizo deprisa, puesto que la editorial, Aedos (20), tenía interés en publicarlo el mismo año de la muerte de su autor, dado que coincidía –la tiranía de las cifras redondas– con el cincuentenario del inicio de la Gran Guerra. El libro salió, pues, en 1964. Se titulaba París 1914. Diari d’un estudiant y llevaba unas palabras iniciales de Gaziel en las que podía leerse, en catalán: «Aún hoy, cincuenta años más tarde, hay quien se acuerda de este Diario, dado que lo piden reiteradamente a los libreros o lo buscan en los encantes de viejos. A la voluntad de satisfacer ese deseo obedece la presente edición, que es la definitiva» (21).

Por supuesto, lejos estaba el autor de imaginar, al escribir lo que antecede, que esa edición catalana iba a quedar inconclusa. Es decir, que lo que él daba por definitivo, en el convencimiento de que iba a concluir la tarea emprendida, acabaría siendo una obra deforme, con una cabeza descomunal y un tronco y unas extremidades raquíticos. Los ocho capítulos iniciales reelaborados por Gaziel tienen el doble de extensión, por lo menos, que los originales de 1915. O, si lo prefieren, son el doble de largos, como mínimo, que los veintisete que vienen a continuación. Sobra indicar lo que resulta, en el orden estrictamente literario, de semejante desproporción. Añadan a ello el tiempo transcurrido entre ambas redacciones. Nada más y nada menos que medio siglo. Medio siglo puede equivaler, en un escritor, a todo un estilo. Pero es que, además, la reelaboración de Gaziel no consistió tan solo en un ejercicio de dilatación o de estiramiento del texto –por llamarlo de algún modo–, con especial énfasis en las descripciones, sino también en la incorporación de no pocos fragmentos propiamente ensayísticos. Y es en esta clase de añadidos donde más se percibe el contraste entre la prosa del estudiante en París y la del prolífico escritor con toda una vida a cuestas. Si el primero escribe sin haber conocido guerra alguna, el segundo ha conocido de cerca dos mundiales y una civil, las ha sufrido en carne propia y ha sobrevivido a ellas. Semejante experiencia –y la que, en general, suele procurar a cualquiera la edad– ha dejado un poso que por fuerza tiene que aflorar (22).

Pero la decisión de tomar como versión original de la obra esa que Gaziel hubiera querido, de haberla terminado, convertir en definitiva ha dejado aún otra secuela, que no sé si calificar de ridícula y lamentable o, pura y simplemente, de esperpéntica. En todo caso, no se trata de algo insólito en el mundo de la edición en catalán. Como les decía, los veintisiete capítulos que siguen a los ocho iniciales no pudieron ser reelaborados por su autor y acabaron siendo traducidos al catalán por Bartomeu Bardagí. El único rastro de la mano del Gaziel de 1964 en esta parte del libro son dos notas a pie de página (23). Pues bien, como se desprende fácilmente de lo anterior, esos veintisiete capítulos que el lector tiene hoy en día a su alcance son la traducción del catalán al castellano de un texto que previamente ha sido traducido del castellano al catalán. Es decir, un viaje de ida y vuelta con origen y final en el castellano, una suerte de pescadilla que se muerde la cola. Y aunque la versión actual, por lo que he podido comprobar, es bastante fiel al original catalán –como este lo era, a su vez, al castellano primigenio–, el resultado, sobra precisarlo, no se corresponde con lo que Gaziel escribió en 1914 y reunió en volumen en 1915. En otras palabras: pudiendo leer a Gaziel en estado puro, nos vemos obligados a leerlo manoseado, por más que el manoseo en cuestión resulte, hasta cierto punto, decoroso (24).

Claro que todo eso, sin dejar de ser esperpéntico, habría podido explicarse en una «nota a la edición», e incluso justificarse aludiendo, qué sé yo, a las últimas voluntades del finado, concretadas en ese texto en catalán de 1964, supuestamente definitivo. Pero nada, ni una palabra en todo el libro. Ni siquiera en el prólogo o en el epílogo. El libro se ofrece como si en verdad estuviéramos, igual que en De París a Monastir, por ejemplo, ante una simple reedición de una obra publicada durante la Primera Guerra Mundial (25). Y que Enric Juliana, el prologuista, nada diga al respecto resulta en parte comprensible, dado su gazielismo sobrevenido. Pero que Llanas, su biógrafo y principal estudioso, tampoco mencione la circunstancia tras haber especificado en su monografía sobre Gaziel todos los pormenores de la edición en catalán de 1964 (26), eso, francamente, ya no se entiende. A no ser que todo responda a la voluntad del editor de confundir al lector. Empezando, por cierto, con esa inversión de sintagmas operada en el título con respecto al original de 1964 que no tiene, me imagino, otro fin que el de hacernos creer que estamos ante el verdadero Diario de un estudiante en París.

Ignoro si el futuro, por no decir el destino, nos deparará nuevos libros de Gaziel. Ojalá. En lo tocante a su producción periodística, queda todavía por publicar alguna selección de las previstas por el propio escritor en los papeles hoy conservados en la Biblioteca de Cataluña (sin descartar, claro, la posibilidad de reunir en volumen otra parte inédita, como, por ejemplo, la que constituyen sus artículos sobre cultura y literatura, verdaderos microensayos de un altísimo nivel). Y en lo que concierne a los libros publicados originalmente en catalán, sigue pendiente la traducción al castellano, ya se ha dicho, de su libro de memorias Tots els camins duen a Roma y de su Història de La Vanguardia, amén de otros títulos que acaso no tengan tanto interés para un lector hispánico. Aunque tal vez lo que habría que plantearse ya sería la edición de una obra castellana completa. La que reúna su producción en castellano, empezando por el Diario de un estudiante en París –el fresco y febril diario de hace un siglo–, siguiendo por los cuatro libros de crónicas de guerra y El ensueño de Europa –testimonio de su estancia en Génova, en 1922, para cubrir la conferencia internacional allí celebrada–, y acabando con las distintas selecciones de artículos a las que ya hemos aludido en varias partes de este ensayo. Pero ese compendio quedaría cojo si no le añadiéramos por lo menos unos cuantos libros publicados originalmente en catalán: Tots els camins duen a Roma, a manera de prólogo, e Història de La Vanguardia, Meditaciones en el desierto y su trilogía ibérica (Castilla adentro, Portugal lejano, ya traducidos, y La península inacabada), como cierre y epílogo.

Ahora sólo falta que esa propuesta sea recogida por algún valiente, esto es, por algún editor español partidario de los vasos comunicantes e inmune, pues, a la dictadura de los compartimentos estancos.

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1. María Isabel Cintas había reunido dos años antes gran parte de sus trabajos periodísticos (Manuel Chaves Nogales, Obra periodística, vols. I y II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 2001), pero las propias características de la edición de la obra –una edición institucional, de difícil acceso– habían limitado considerablemente su difusión.

2. Estamos ante dos casos de recuperación completamente distintos. Así como la edición monográfica de Nocturn de primavera y de su correspondiente traducción castellana se justifican por tratarse de una edición primigenia que, a juicio del escritor Baltasar Porcel, Pla destruyó al reelaborar la novela en 1973 para incluirla en el volumen XXIII de su Obra completa, en lo tocante a Israel, el modus operandi del rescate resulta mucho más discutible. Para empezar, el presunto original no es sino la traducción al catalán, con ligeros retoques, de los reportajes publicados en la revista Destino durante el viaje que Pla realizó en 1957 a este país. Luego, esos reportajes ya habían sido reunidos en volumen: Israel en los presentes días, Buenos Aires, Sudamericana, 1958. Y, en fin, como consecuencia de todo lo anterior, tenemos un ciclo textual que arranca con unos reportajes en castellano, continúa con un libro recopilatorio en esta misma lengua, prosigue con la traducción de estos textos al catalán y termina con una postrera traducción al castellano de esta misma traducción catalana. Y todo con la firma de Pla. Pronto tendremos ocasión de comprobar cómo semejante práctica editorial, a todas luces absurda, también ha afectado a la obra de Gaziel.

3. A decir verdad, la Vida de Manolo –o Vida de Manolo (contada per ell mateix), para ser fieles al título original– tuvo ya en Destino en 1989 una nueva traducción al castellano a cargo de Joan Viñoly, el hijo mayor del poeta. No he podido consultarla, pero todo indica que debe de tratarse de una traducción de la versión contenida en las Obras completas, considerablemente alterada con respecto a la original de 1928.

4. Mencionar el azar, en lo tocante a Gaziel, equivale a situarse en el epicentro mismo de su obra. Así lo razonaba el propio periodista en el capítulo que sirve de epílogo a su maravilloso libro de memorias, Tots els camins duen a Roma, publicado en 1958 y pendiente aún de ser vertido al castellano: «Tenía razón mi amigo Julio Camba al decirme, no hace mucho, un día que almorzábamos juntos en Madrid, en casa Lhardy, que si la gota de moho, en vez de caer casualmente sobre la placa del microscopio de Fleming, le hubiese caído a él en la taza de consomé que estábamos tomando, la habría mandado retirar enseguida, ¡y adiós, invención de la penicilina! Es cierto. Pero también es verdad que si Fleming no hubiera sido misteriosamente escogido para que la gota de moho le cayera precisamente a él cuando se hallaba con el microscopio entre manos, por muy bien dotado que estuviera ahora nadie sabría quién es Fleming. […] Cuando la hora llega –y la hora no la da el hombre, sino el hado–, nunca falta un Cristóbal Colón para descubrir las Américas. Entre la dote y la suerte, indispensables ambas, la suerte sigue siendo la que más pesa y cuenta. […] Del número infinito de genios expectantes y malogrados, a los que sólo ha faltado que les cayera la gota en la placa, no se sabe o no se sabrá nunca nada. Por eso puede considerarse afortunado en este mundo el hombre dotado al que la suerte ha sonreído una sola vez en la vida, por leve que fuera la sonrisa. Este hombre, por modesto también que haya sido, como es mi caso, jamás podrá quejarse del destino. Ahora y siempre: porque si las formas del vivir y los hombres se van y no vuelven, la vida, ella, es por excelencia un eterno recomienzo» (Gaziel, Tots els camins duen a Roma. Història d’un destí (1893-1914), Barcelona, Aedos, 1958, p. 476).

5. Diario de un estudiante. París 1914, Barcelona, Diëresis, 2014 (con prólogo de Enric Juliana y epílogo de Manuel Llanas) y De París a Monastir, Barcelona, Libros del Asteroide, 2014 (con prólogo de Jordi Amat), respectivamente.

6. Los volúmenes fueron publicados en 1915 y 1917, respectivamente, en la Casa Editorial Estudio. Así como el segundo se titulaba igual, De París a Monastir, el primero llevaba por título Diario de un estudiante en París. Y es que, tal y como veremos enseguida, lo publicado en Diëresis no es el texto de 1915, sino uno remozado en parte y sometido a los vaivenes de la traducción.

7. Tot s’ha perdut. El catalanisme polític entre 1922 i 1934, Barcelona, RBA, 2013 (con prólogo de Enric Juliana y edición de Jordi Amat) y La Barcelona de ayer. Estampas y crónicas (1919-1933), Barcelona, Libros de Vanguardia, 2014 (con prólogo de Xavier Trias y edición y epílogo de Jordi Amat), respectivamente.

8. Gaziel i Josep M. Cruzet (i l’editorial Selecta): correspondència (1951-1964), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2013. Dado que Cruzet falleció en 1962, la correspondencia de los dos últimos años es la que el escritor tuvo con la editorial.

9. Carles Geli, «Momento Gaziel», El País, 1 de marzo de 2014.

10. El presupuesto del llamado Any Espriu rondó el millón y medio de euros, de los que por lo menos 123.420 fueron a parar a los bolsillos del comisario de la muestra, Xavier Bru de Sala.

11. Castilla adentro, Barcelona, Edhasa, 1963. Se trata de la traducción al castellano de Castella endins, publicado en 1959 en la editorial Selecta. El prólogo al que aludo, «Entendimiento de la Península Ibérica» -fechado en Sant Feliu de Guíxols, tierra natal del escritor, el 7 de octubre de 1962– fue escrito expresamente para la edición castellana del libro –de lo que se sigue, por cierto, que la negativa de Gaziel a usar el castellano como lengua de expresión literaria no alcanzaba el terreno de los prólogos–. Y empezaba muy en su línea, esto es, interpretando «como una concesión especial del destino» el poder «exponer ante un círculo de lectores mucho más amplio que el habitual de ese idioma hispano [el catalán], una manera infrecuente de considerar el proceso de la Península Ibérica».Por otro lado, tal vez no esté de más recordar una anécdota de 1916 sobre el entonces corresponsal de La Vanguardia en el frente bélico reportada por Jorge L[ópez] de Sagredo y que pone de manifiesto hasta qué punto la condición de español importaba a Gaziel. Sagredo, en un viaje por la Francia en guerra, aprovechó su estancia en París para visitar al periodista en el apartamento que este ocupaba en aquella época en la prolongación de un viejo hôtel de la Rue du Bac. Y la conversación, al decir de Sagredo, giró mucho más en torno a las gestiones que Gaziel estaba haciendo entonces en París para tratar de mantener a España alejada de la contienda que no sobre la guerra misma y su labor de corresponsal. Así lo recogió el viajero: «[…] Gaziel, que ama extraordinariamente a su patria, está realizando en estos momentos una obra que no se refleja ni se reflejará nunca en sus deliciosas crónicas, pero que yo, que la he conocido, no puedo dejar de mencionar. Tal es la de suavizar asperezas, evitar dificultades, infundir simpatías, remover obstáculos que en la situación delicadísima en que se halla colocada España con respecto al conflicto europeo, no dejan de presentarse con bastante frecuencia… […] Y Gaziel, que es admirado y querido por toda la intelectualidad de la vecina nación, con el pensamiento fijo en su patria se mueve en el gran París, dejando siempre a su paso una estela de afecto y de simpatía para él y para España». El texto de Sagredo está fechado en París, el 21 de abril de 1916, y fue publicado en La Vanguardia el 10 de mayo siguiente. Si alguien emprende algún día la gran biografía que Gaziel sin duda merece, tal vez lleguemos a conocer algo más de las andanzas del periodista en la capital francesa durante esos años en que los europeos se despidieron a sangre y fuego de un siglo para entrar en otro.

12. Tanto más cuanto que la parte del libro escrita en catalán se reduce al título –traducción, a su vez, del inicio de la frase con que empieza el último artículo antologado: «Todo se ha perdido, incluso el honor»– y al prólogo y la nota a la edición.

13. La génesis del seudónimo está narrada de forma magistral en «Memorias literarias. Autobiografía de un pseudónimo», La Gaceta Literaria, 15 de julio de 1927.

14. Josep Maria de Sagarra, Memòries, Barcelona, Edicions 62-La Caixa, 1981, vol. II, p. 231. La traducción es mía.

15. Eso sí, como hombre ordenado que era, Gaziel dejó bien cerrado este primer capítulo de su vida. Aquel mismo 1914 publicó un resumen de su tesis doctoral: Agustín Calvet, Fray Anselmo Turmeda. Heterodoxo español (1352-1423-32?), Barcelona, Casa Editorial Estudio. El libro lleva un «Addendum» datado en «París, mayo de 1914».

16. Miguel S. Oliver, prólogo a Gaziel, Diario de un estudiante en París, Barcelona, Casa Editorial Estudio, 1915, p. IX.

17. Ibídem.

18. Gaziel, Obra catalana completa, Barcelona, Selecta, 1970.

19. Bartomeu Bardagí estaba considerado por entonces como uno de los mejores correctores de la ya no tan incipiente edición en catalán. En años sucesivos tendría a su cargo la revisión de pruebas de la Obra completa de Josep Pla en Destino y la traducción al catalán de muchos de los artículos incluidos en numerosos volúmenes.

20. Aedos (Agència Editora i Distribuïdora d’Obres Selectes) había sido fundada en 1947 por Maria Borràs de Quadras, esposa de Josep Cruzet, fundador a su vez de Selecta.

21. Gaziel, Obra catalana completa, Barcelona, Selecta, 1970, p. 53.

22. Una muestra, entre tantas, de ese proceder la puede encontrar el lector en el capítulo «Supersticiones y profecías» (Diario de un estudiante. París 1914, op. cit., pp. 99-114). A lo largo de más de tres páginas (pp. 106-109), Gaziel desarrolla una idea apuntada ya en el Diario de 1915 –las diferencias entre la burguesía francesa y la española–, a la que no sólo incorpora toda clase de argumentos, algunos de ellos biográficos, sino también Cataluña como referente (una Cataluña escrita en la edición de Diëresis, por cierto, «Catalunya», como si de un periódico catalán escrito en castellano se tratara).

23. Ambas sirven para contextualizar, medio siglo más tarde, una afirmación del Diario de 1915. En la edición de Diëresis también se adjudica al lector una tercera nota (p. 163) que en la versión catalana de 1964 aparecía sin atribución alguna.

24. Como el lector sin duda recordará, hemos visto un procedimiento similar en el caso del Israel de Pla. Y es que gran parte de los artículos y reportajes de Pla escritos para Destino a lo largo de cerca de cuatro décadas pasaron a engrosar, a partir de 1966, la Obra completa editada por la editorial homónima. Fueron, pues, traducidos al catalán y, en algunos casos, modificados poco o mucho. Luego, algunos fueron editados al margen de la Obra completa en colecciones más asequibles. Y luego, aún, algunos de estos volúmenes fueron traducidos al castellano, como ocurrió con Israel, con lo que volvían a su lengua original. Lo que decíamos: la pescadilla que se muerde la cola.

25. Las únicas referencias al origen catalán del texto figuran en la página de créditos, donde se nos informa del título original, París 1914. Diari d’un estudiant, y de que ha sido traducido del catalán por José Ángel Martos Martín.

26. Manuel Llanas, Gaziel. Vida, periodisme i literatura, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1998, p. 41, nota 1.



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Tot s’ha perdut. El catalanisme polític entre 1922 i 1934
Barcelona, RBA, 2013
288 pp. 21 €

Diario de un estudiante. París 1914
Barcelona, Diëresis, 2014
352 pp. 19 €

De París a Monastir
Barcelona, Libros del Asteroide, 2014
312 pp. 17,95 €

La Barcelona de ayer. Estampas y crónicas (1919-1933)
Barcelona, Libros de Vanguardia, 2014
218 pp. 18 €

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Otras referencias bibliográficas
Diario de un estudiante en París. Barcelona, Casa Editorial Estudio, 1915
Castilla adentro. Barcelona, Edhasa, 1963
Obras completas. I. Obra catalana. Barcelona, Selecta, 1970


Revista de Libros

Gaziel, también en castellano

    16 de febrero de 2015


(Manuel Chaves Nogales, "Henry Beraud, en Madrid", Heraldo de Madrid, 20-6-1928)
José Manuel Ruiz, candidato del PP a la Alcaldía de Calvià —segundo municipio mallorquín más poblado y uno de los que tienen una renta media más elevada—, ha sido imputado por una juez de Palma por presunta prevaricación y malversación de caudales públicos durante su etapa como director general de IB3, la televisión autonómica balear. En un país como España, tan acostumbrado a esta clase de noticias, el hecho no tendría mayor trascendencia —entre otras razones, por la naturaleza misma de la querella que lo motiva, de una endeblez manifiesta— si no fuera porque Ruiz pertenece a una franquicia de un partido cuyo presidente, José Ramón Bauzá, ha presumido siempre de no llevar imputados en sus listas. Así pues, aun cuando la querella no prospere, el calendario electoral va a impedir a Ruiz presentarse como candidato a la Alcaldía. ¿Es justo?, se preguntan unos. ¿Por qué le imputan ahora, sin tiempo para ser desimputado antes de la proclamación de candidaturas, y no unos meses antes?, inquieren otros. Y unos y otros llegan fácilmente a la conclusión de que tanta casualidad es imposible, de que aquí hay gato encerrado o, en otras palabras, justicia politizada. No digo que no. Pero es evidente que sin la norma que se ha autoimpuesto el PP balear para tratar de lavar su imagen de partido corrupto, no estaríamos ahora hablando de la malversación de un candidato. Y lo mismo puede decirse en lo tocante al socialista Tomás Gómez, de confirmarse que su caída tiene que ver con una inminente imputación por el asunto del tranvía de Parla. Si el PSOE no hubiera levantado la bandera de unas primarias en las que el candidato del aparato, encastillado en sus dominios, lleva siempre las de ganar, no habría en estos momentos caso Gómez, porque tampoco habría candidato Gómez. Los partidos —con la complicidad de no pocos medios de comunicación— suelen cargarle el muerto a la justicia y a su supuesta intromisión en la vida política, sin reparar en que esa intromisión, si en verdad existe, ha contado con unas pasarelas que en modo alguno han sido construidas por decisión de la judicatura. Pero, claro, siempre resulta mucho más cómodo echarles las culpas a los demás.

(ABC, 14 de febrero de 2015)

Malversar candidatos

    14 de febrero de 2015
No sé muy bien qué esperaba la gente de la comparecencia del presidente Mas ante la comisión de investigación creada a raíz de la confesión de Jordi Pujol el pasado julio. En general, las comisiones de investigación sólo sirven por lo que puedan aportar en ellas actores secundarios. Por ejemplo, algún funcionario de carrera entrado en años, sin mucho que perder si se le ocurre revelar los tejemanejes empleados para blanquear un expediente o adjudicar un contrato de obra. O algún empresario de poca monta, ansioso de desquitarse por un desplante administrativo. Pero, aun así, esos casos son poco habituales, dado que dependen, al cabo, del acuerdo que hayan podido alcanzar las fuerzas políticas constituyentes de la comisión al elaborar la lista de comparecientes, y ya se sabe que no todo el mundo está dispuesto a llegar igual de lejos.

Es verdad que esa clase de comisiones depara a veces alguna anécdota relevante, aunque sólo sea por la catadura de quien la protagoniza y no necesariamente como compareciente. Por no movernos de Cataluña y de su Parlamento, seguro que recuerdan la del diputado Fernàndez y su sandalia, el día en que le tocó explicarse a Rodrigo Rato en calidad de expresidente de Bankia. Claro que anteayer una actuación de este tipo resultaba de todo punto improbable: de una parte, por los lazos existentes entre el diputado de la CUP y el compareciente a juzgar por el famoso abrazo del 9-N; de otra, porque era el propio Fernàndez quien presidía la comisión y no le correspondía, pues, preguntarle al protagonista. Sólo moderar y dar la palabra —lo que hizo, por cierto, con el talante tabernero que le caracteriza, esto es, mandando a la oposición al bar de la Cámara a seguir con sus protestas—.

Pero, más allá de los casos mencionados y de algún que otro rifirrafe dialéctico en que el compareciente puede perder los papeles, los actores principales suelen salir indemnes de esos trances. O sea, sin haber reconocido responsabilidad alguna en los hechos investigados ni haber aportado explicación alguna a los requerimientos de los diputados presentes. Me dirán, y no les faltará razón, que lo que cuenta en realidad no es lo que se saque en claro, sino la imagen ofrecida. Y, sobre todo, la imagen registrada y transmitida. En efecto, lo que cuenta y contará es que por primera vez en los anales parlamentarios un presidente de la Generalitat en ejercicio tuvo que responder a las preguntas de una comisión de investigación. ¿Y?

Lejos estamos aquí de los métodos empleados en los procedimientos judiciales. Para entendernos: aquí no hay instrucción ni el consiguiente acopio de pruebas. Y, por supuesto, aquí no hay fiscal. Los portavoces de la oposición —que son, a fin de cuentas, los que deberían ejercer esa labor— se limitan a preguntar sobre aquello que constituye una preocupación más o menos general. ¿Sabía usted que…? ¿Intervino usted alguna vez en…? ¿Tuvo usted algún indicio de…? Pero esas preguntas no van acompañadas, por lo general, de pruebas concretas —más allá de lo publicado en los medios, y aún— que obliguen al compareciente a justificar sus actos sin salirse por la tangente o le lleven incluso a escudarse en un silencio cómplice. Y eso que la mayoría de los parlamentarios son abogados de profesión o de carrera, lo que debería servirles, cuando menos, para preparar sus intervenciones con un mínimo de rigor. No es el caso. De ahí que a los demás mortales no nos quede más remedio que conformarnos con la noticia —debida a la aparente laxitud del compareciente y no a un apremio fiscalizador— de que Artur Mas, a imagen y semejanza de su padre político, no veía inmoralidad alguna en ejercer un cargo público y tener un padre biológico evasor. Dispuso de un par de décadas para convencer a su progenitor de arreglar el asunto y nada hizo. De acuerdo, él no era más que uno de los herederos de la cantidad evadida. ¿Pero quién nos garantiza que, de no haberse descubierto en 2008 el pastel, Mas no se habría comportado como se comportó Pujol con el dinero que supuestamente le legó su padre?

(Crónica Global)

Comisiones ligeras

    11 de febrero de 2015


En 1925, a los 51 años, André Gide publicó la que él mismo consideraba su primera novela. Les faux-monnayeurs, se llamaba. O sea, Los falsificadores de moneda. La primera traducción al español de la obra apareció en 1970 en Seix Barral. Luego, en 2003, Ediciones El País sacó otra. Finalmente, en 2009, Alba Editorial publicó una tercera. Según resulta de los datos ofrecidos por la Agencia Española del ISBN, las tres se encuentran disponibles, si bien la primera en una reimpresión de 1985. Yo no he leído más que esta, en la primera edición de 1970. Ignoro, pues, qué diferencias habrá entre unas y otras. Excepto en un aspecto, claro. La más reciente, la de Alba, se titula Los falsificadores de moneda, mientras que las más antiguas llevan ambas por título Los monederos falsos. Y es que un monedero, según el DRAE, es, aparte de un saquillo donde meter las monedas, un fabricante de moneda. Otra cosa es que la palabra sea usada aún en esa acepción. Hoy en día cualquiera que acuñe moneda ilícitamente —o sea, cualquiera que la fabrique sin ser el Banco de España— será calificado de falsificador de moneda y no de monedero falso; de ahí el acierto de Alba y de su traductor al titular en pleno siglo XX su edición española de la obra—y el correspondiente desacierto, claro, de Ediciones El País y su traductor, que en 2003 todavía seguía con el monedero de marras en la portada—.

Pero, más allá de esas consideraciones, el que ambos títulos coexistan en el mercado para identificar en español esa deliciosa novela de Gide tiene también su lado positivo. En efecto: ¿qué mejor adjetivo que «falso» para referirse a otro monedero, de nombre Juan Carlos? ¿Qué mejor apelativo que «falsificador» para calificar al personaje? Y falsificador no sólo de la renta, sino también del currículo académico. Lo que en la obra de Gide remitía a un mundo de hipócritas, en el que, quién más, quién menos, todos hacían trampa, en la figura de Monedero, Juan Carlos, remite a un mundo semejante, el de los dirigentes de Podemos, en el que, de momento, el ex asesor de Hugo Chávez y presunto urdidor de una falsa moneda bolivariana se lleva sin duda la palma.

Monederos falsos

    9 de febrero de 2015


(Ignacio Agustí, "¡Lo que son los años!", Destino, 11-2-1956)
Esta semana, tras conocerse el resultado de la última encuesta del CIS sobre intención de voto en unas futuras elecciones generales, Arcadi Espada aludía en su blog a una «posibilidad democrática interesante: el aislamiento de Podéis». O, dicho de otro modo, a la alianza entre las cuatro fuerzas de ámbito nacional —PP, PSOE, UPyD y Ciutadans— que a estas alturas siguen defendiendo el orden constitucional y sumarían, según la estimación del CIS, casi el 60 por ciento del voto. Las alianzas son siempre complejas, aunque resulten mucho más fáciles «post» que «pre», por aquello de que el elector más reticente a verse mezclado con según qué siglas se ahorra al menos el mal trago de tener que votarlas. Y también, claro, por lo que podríamos llamar la fuerza de los hechos. Con los votos ya en el saco, y siempre y cuando esos votos hayan devengado escaños, cualquiera de esas cuatro fuerzas nacionales está en condiciones de saber qué necesita para gobernar o para impedir, cuando menos, que lo hagan otros —en nuestro caso, Podemos—. Porque entregar el Gobierno de la nación a una formación antisistema dispuesta aplicar, hasta donde le sea posible, un modelo comunista equivale a aceptar que nuestras libertades —tan costosamente recuperadas después de casi cuatro décadas de privaciones precedidas de una sangrante guerra civil— van a ser recortadas como lo han sido, por ejemplo, en Venezuela, régimen en el que se han curtido y del que han mamado los dirigentes de la formación. Pero es que, además, Podemos está llevando a cabo un proceso de absorción, una suerte de alianza por la brava, de todo lo que mueve o se movía con bandera propia a la izquierda del PSOE. O sea, en el mundo de los ismos más extremos. Tania Sánchez, la ex de Izquierda Unida, ha anunciado ya su intención de crear un nuevo partido de «unidad popular», que es como afirmar que va a integrarse dentro de nada en Podemos. Dios los cría y ellos se juntan, ciertamente —si bien aquí se dan también otras uniones—. Y, mientras, el resto de las fuerzas políticas se van comportando como si lo que estuviera en juego fuera tan sólo el discurrir de una legislatura y no la democracia misma.

(ABC, 7 de febrero de 2015)

Uniones y desuniones

    7 de febrero de 2015
No hace mucho me preguntaba qué había sido del ministro Wert. Después de un par de años saliendo a diario en los medios y casi nunca para bien, el hombre había hecho mutis por el foro. Hasta llegué a pensar que Rajoy le había mandado callar durante el resto de la legislatura a cambio de mantenerlo en el cargo. Pero no. Y les confieso que me alegro. Porque, al margen de los errores que haya podido cometer en su gestión —la sangrante devaluación de las humanidades en la novísima LOMCE, sin ir más lejos—, Wert atesora el mérito de haber dicho en todo momento las cosas por su nombre, lo cual, tratándose de un político —o de alguien metido a político—, es mucho decir.

Y el caso es que el pasado viernes José Ignacio Wert volvió a las andadas. O sea, a dar carnaza a los titulares. En esta ocasión el motivo era la universidad y una propuesta de flexibilización de los grados que, en síntesis, consiste en proponer una fórmula de 3+2 en vez de 4+1; o, en otras palabras, en proponer titulaciones de tres años a los que se añadirían dos de máster, en vez de las de cuatro actuales a las que se añade uno de máster. Y si he escrito el verbo proponer y he utilizado un tiempo hipotético para referirme al añadido de años de máster no ha sido porque sí, sino porque el ministro ha planteado la medida como una posibilidad. El que termine concretándose va a depender ahora de cada universidad.

Las reacciones, claro, no se han hecho esperar. Para empezar, las de esos ociosos sindicatos estudiantiles que, a tono con su currículo, han anunciado ya una respuesta «clara, brutal e inminente». Luego, las de los políticos de todo pelaje, entre las que destaca la de la presidenciable andaluza Susana Díaz, para quien la reforma «impone la segregación entre nuestros jóvenes». Y, en fin, las de los directamente concernidos por la propuesta ministerial, esto es, los rectores, pues de ellos va a depender que se aplique o deje de aplicarse en las universidades que gobiernan. Claro que en este último caso, más que reacciones individuales, lo que ha primado es una respuesta colectiva. Anteayer, la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas) aprobaba una moratoria que retrasa hasta el curso 2017-18 la posible introducción de la fórmula 3+2.

En realidad, lo que aquí se ventila, digan lo que digan quienes han expresado hasta la fecha su rechazo a la medida, es si somos o no europeos. En los demás países de la Unión lo que se lleva desde el primer día es el 3+2. En España, cuando había que ejercer el derecho a decidir sobre el asunto se impuso el 4+1, y ello a pesar de que la entonces ministra Sansegundo —estamos hablando de hace casi una década— se había inclinado de entrada por el 3+2. Fue la presión del cuerpo docente, que no quería ver peligrar su carga lectiva y, en definitiva, sus prebendas, lo que indujo a los responsables políticos a adoptar un nuevo ancho de vía español, esta vez en forma de carrera universitaria. Porque de eso se trata, al cabo. De la imposibilidad de circular sin trabas por los demás países de la UE. Un graduado que ha precisado cuatro años para obtener el título no es competitivo frente a uno al que le han bastado tres. Siempre llega, como quien dice, un año tarde a la cita. Y en cuanto a la ulterior especialización —que es lo que acaba discriminando a menudo entre distintos candidatos a un puesto de trabajo, dado que los contenidos del grado son generalistas—, haber cursado un máster de dos años resulta siempre mucho más consistente que acreditar uno de uno. Ya comprendo que a no pocos rectores y a los sindicalistas profesionales estas consideraciones les tengan sin cuidado. Pero el progreso y el prestigio de un país y, por supuesto, el bienestar de sus ciudadanos son directamente proporcionales al nivel educativo que esos, en su conjunto, puedan exhibir. Y no parece que en España estemos para muchos alardes.

(Crónica Global)

El ancho de vía universitaria

    4 de febrero de 2015


Ese pobre Sacristán, oficiando de martillo de herejes ante la mirada complacida del presidente de la Generalitat y las risitas de conejo de sus cofrades. Algunos han visto en sus palabras —y, entre ellos, el consejero Mascarell, que hasta se creyó en la obligación de replicar— un llamamiento a la unidad de todos los españoles, catalanes incluidos. Nada más falso. Su llamamiento —como corresponde, por otra parte, a un comunista pata negra— va dirigido tan sólo a los de su clase. O sea, a la farándula. Esos sí deben estar unidos. Les va el negocio. Pero a los demás que les zurzan. Y, para cohesionar al grupo, nada como atizar al enemigo común, que para Sacristán y los de su clase no es otro que el Gobierno —de derechas— del Estado. La cultura de la queja, y de la ceja, en estado puro. Y, como corolario, esa permanente cobardía del gremio frente a la vileza del nacionalismo.

Cobardes con causa

    2 de febrero de 2015


(Manuel Bueno, "Deudas y acreedores", Abc, 16-12-1932)