Parafraseando a Joubert, puede decirse que el mayor defecto de los autores nuevos es que nos impiden leer a los viejos. Al propio Joseph Joubert, sin ir más lejos. O a un contemporáneo suyo llamado Sébastien-Roch Nicolas y rebautizado Chamfort. O a cualquiera de los grandes moralistas franceses del XVII y el XVIII. Su pensamiento, expresado a menudo en forma de aforismos, tiene la gran virtud de echar luz —una luz permanente— sobre el hombre y su circunstancia. O sea, sobre nosotros y cuanto nos rodea. De Chamfort, por ejemplo, son estas palabras: «Lo que determina el éxito de una gran cantidad de libros es la estrecha relación que se da entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público». Sin duda. Para corroborarlo, basta fijarse en las listas de los más vendidos que ofrecen los suplementos culturales. O en los hit parades del Día del Libro y de las Ferias del Libro. La mediocridad triunfa. Como triunfaba ayer y como triunfará mañana. Por más que la crisis se haya cebado en el sector editorial —una doble crisis, puesto que a la económica se ha sumado la derivada del mundo digital y la piratería que lo invade—, la mediocridad no parece haberse resentido. Cuando menos en términos relativos. Y, mira por dónde, hasta puede que haya salido ganando.

En crisis (5)

    31 de mayo de 2013


«Apremia», «impone», «exige», «dicta»… Estos verbos pueden leerse hoy en los titulares de la prensa española de izquierdas, y también en los de la fieramente nacionalista, sea o no de izquierdas. Por supuesto, el sujeto que precede a estos verbos es «la Unión Europea», o alguno de sus ersatz, como «Bruselas» o «Europa». Quien ordena y manda, en una palabra. Vistas así las cosas, esas formas verbales resultan inobjetables. Y, sin embargo, su uso, en la medida en que tales apremios, imposiciones, exigencias o dictados no son sino el preludio de futuros sacrificios en un marco de crisis, encierra un amago de protesta y hasta de rebelión. Como si el titular estuviera susurrando, a un tiempo, «a mí nadie me da órdenes ni me dice lo que tengo que hacer» o, lo que es peor, «a mí nadie me tose». En todo español hay un fondo bárbaro, levantisco. Una carencia notoria de disciplina, una imposibilidad, casi congénita, de obedecer. El odio a la señora Merkel —como la llama Rajoy— no es más que la expresión de la envidia con que asistimos, a diario, al triunfo de una figura política capaz de poner orden y de lograr que la obedezcan. Nada que ver con lo de aquí, claro. Nosotros a lo nuestro. A rechazar de plano, por ejemplo, una nueva ley de educación después de treinta años de fracaso educativo, porque esa nueva ley promueve el mérito, el trabajo y la rendición de cuentas. O sea, el ejercicio de la responsabilidad. Nosotros estamos todavía en la fase de los derechos. Del hombre, de la mujer y, por supuesto, de los animales.

En crisis (4)

    30 de mayo de 2013


Dentro de una semana, en eso que los nacionalistas catalanes llaman «España» y que no es propiamente, para cualquier catalán, sino «el resto de España», va a inaugurarse una exposición con una selección de obras de un pintor nacido en Cataluña en el último tercio del siglo XIX y cuya producción goza de un inagotable prestigio en el mundo entero. Como es natural, la muestra empezó a prepararse con tiempo. En esta clase de exposiciones, las piezas que hay que reunir suelen hallarse bastante dispersas, ya en museos, ya en manos de coleccionistas privados. Lograr la cesión de las primeras no ofrece mayores dificultades, por cuanto existen unos protocolos bien establecidos. Lograr la de las segundas, en cambio, ya resulta más dificultoso, aunque sólo sea porque la decisión está en manos de un particular. En uno y otro caso el desplazamiento de la obra exige la contratación de un seguro, que la gente del ramo denomina gráficamente «clavo a clavo». Se trata, qué duda cabe, de no correr ningún riesgo, ni durante el traslado, ni durante el montaje o desmontaje. Pues bien, cuando los comisarios de la exposición contactaron con los particulares catalanes poseedores de alguna obra del artista, se encontraron con la negativa como respuesta. Lo lamentaban, pero no estaban los tiempos como para correr riesgos innecesarios. ¿La crisis? Sí, pero no la económica; la política, la que el presidente de la Generalitat había provocado con su llamada a la secesión y la consiguiente convocatoria de unas elecciones autonómicas de carácter plebiscitario. A esos burgueses, la simple posibilidad de que la obra de su propiedad pudiera terminar exhibiéndose en un país extranjero y enemistado a muerte con una Cataluña flamantemente soberana debía de llenarles de pavor. ¿Y si el seguro contratado dejaba de tener validez? ¿Y si los depositarios, aprovechando la confusión, resolvían no devolver la pieza? Demasiada inseguridad jurídica. Nada, nada. Como dijo uno de aquellos santos del resto de España —santa Teresa de Ávila o san Ignacio de Loyola, a saber cuál de los dos—, en tiempos de tribulación, no hacer mudanza.

En crisis (3)

    29 de mayo de 2013


No sé si están los tiempos como para que el Congreso de los Diputados siga pagándoles a sus señorías parte de lo que comen y beben. Seguro que recuerdan la que se armó con el café del presidente Rodríguez Zapatero, aquel que, según él, valía en España 0,80 €. En realidad, era el del bar del Congreso —el cual valía, por cierto, 0,73 €; el resto correspondería, en el imaginario presidencial, a la propina—, pero no el que puede tomarse cualquier ciudadano en la barra de un bar y no digamos ya en una terraza. Es verdad que el entonces presidente del Gobierno tenía excusa; el hombre había pasado toda su vida adulta —en el supuesto, claro, de que la hubiera alcanzado— entre las cuatro paredes del Congreso. Y si algún fin de semana salía por ahí, o no tomaría café, o pagaría Sonsoles, o lo liquidaría —en sentido económico— el guardaespaldas. Pero estamos hablando de 2007. O sea, de antes de que Rodríguez Zapatero se enterara de que había crisis y de antes, incluso, de que la crisis se manifestara. Los tiempos actuales, no hace falta decirlo, son muy otros. Y, aun así, el Congreso sigue empeñado en subvencionar a sus señorías lo que coman y lo que beban ad infinitum. O hasta 2017, para ser precisos, que es el límite fijado en el pliego de condiciones del concurso convocado para «la explotación del servicio de cafetería, restauración y venta automática mediante máquinas expendedoras (vending) en los edificios del Congreso de los Diputados», que acaba de publicar el Boletín Oficial de las Cortes Generales.

Por supuesto, no seré yo quien niegue a los diputados ciertos privilegios acordes con su rango y distinción. Y entre ellos, como ocurre en no pocas empresas del país, el de disfrutar de un rancho a un precio reducido. Pero como el privilegio no tiene por qué estar reñido con la transparencia y la ejemplaridad, en la lista de precios colgada en el bar o restaurante del Congreso y en el propio tique deberían figurar, junto a lo que van pagar sus señorías por lo que consuman, el precio de lo que hubieran pagado de haberlo consumido fuera del Congreso —un precio medio, se entiende—. Así, cada sorbito de café sería mucho más apreciado, y hasta el presidente del Gobierno podría aparecer en televisión alardeando de conocer lo que vale un café, como si de un peine se tratara. Ah, y eso sí: nada de alcohol. En el lugar de trabajo, ni se fuma ni se bebe, que luego las leyes y los debates salen como salen.

En crisis (2)

    28 de mayo de 2013


Para un comentarista de la actualidad, no hay nada tan gratificante como elaborar una determinada teoría y constatar, al poco, que los hechos vienen a darle la razón. Postulaba yo hace unos días que la esencia del catalanismo era el FC Barcelona, que no había otra, y he aquí que el alcalde de la ciudad decide ponerle la camiseta del club a la mismísima estatua de Colón. Es verdad que no se la pone porque sí, por un mero repente castizo, por aquello de ir construyendo, como le prometió al presidente Mas, estructuras de Estado —o, si lo prefieren, ya que estamos en crisis, por aquello de ir reciclando esculturas para el futuro Estado—, sino que lo hace para ingresar los 94.000 euros que Nike ha pagado por la campaña y que el Ayuntamiento destinará a fines sociales, o sea, a una causa tan buena como pueda serlo, en apariencia, la del catalanismo. Pero, ¿y el dedo? Sí, ese dedo de Colón que surge de la enorme manga derecha y ha estado señalando, desde la Exposición Universal de 1888, el mar y no América, que se halla, ¡ay!, justo en sentido contrario, ¿acaso no señala ya otros destinos? Y esta vez sin contradicción posible, dado que Ítaca sí se encuentra siguiendo ese dedo.

​Es posible que al ponerle la camiseta del Barça al genovés los hombres de Xavier Trias no repararan en ello. Que sólo quisieran, en definitiva, emular a la capital del Estado, la que no necesita estructuras, y a su tremolante bandera de la plaza Colón. Pero qué más da. Lo que cuenta es el dedo surgiendo de esa enorme manga catalanista. Y todo gracias a Nike.

En crisis (1)

    27 de mayo de 2013
Biblioteca Pública - Xavier Pericay nos presenta Compañeros de viaje. Madrid-Barcelona 1930, el homenaje de la intelectualidad catalana a sus colegas del resto de España.
Eso que se ha venido en llamar la comunidad educativa —docentes, discentes, administrativos, sindicatos y asociaciones de progenitores— lleva una semana ensañándose con el nuevo proyecto de ley de educación, o sea, con el embrión de la futura Lomce. Por supuesto, no toda la comunidad educativa, pero sí buena parte de la que se mueve en el sector público y se define de izquierda o nacionalista —sin que la cópula pueda descartarse—. A juzgar por sus palabras, lo que atrae gran parte de sus puyas es, de un lado, el carácter evaluable de la asignatura de religión y, de otro, la introducción de las reválidas. Es decir —por recurrir a sus propios términos—, la vuelta al franquismo. En este sentido, tal es su obsesión con el pasado que hasta dicen, ¡y escriben!, que la religión, con la nueva ley, será obligatoria. Vaya por delante que yo soy de los que creen que la religión no debería ser evaluable y sí debería serlo, en cambio, una asignatura llamada «Historia de las religiones», sin la que resulta imposible entender el mundo en que vivimos —algo que ya sostuve, por cierto, hará un par de lustros, a raíz de los debates surgidos en torno a la malograda Loce—. Pero, al margen de esta discrepancia y de otras que pueda tener con el modo en que se ha resuelto —un decir— el ya tedioso asunto de la enseñanza del castellano en Cataluña, lo verdaderamente relevante, a mi juicio, de la Lomce es que propone una alternativa al único modelo en uso en las últimas décadas y que nos ha llevado a encabezar por la cola todos los ránquines educativos del mundo económicamente desarrollado. Eso es lo único que importa: el cambio de paradigma. Por eso a nada conduce reclamar un pacto por la educación. Los modelos son irreconciliables. El todavía vigente ha demostrado sobradamente sus aptitudes; no tiene sentido alguno perpetuarlo, ni que sea en parte. El que propone la Lomce, por el contrario, ni siquiera ha gozado de una oportunidad, puesto que la Loce no llegó a aplicarse. Es de justicia, pues, ofrecérsela. Y casi casi una obligación si queremos salir del hoyo.

(ABC, 25 de mayo de 2013)

Una oportunidad

    25 de mayo de 2013
Ni me asomé al balcón ni seguí la retransmisión que la televisión del régimen ofreció puntual y animosamente a todos los catalanes de pro. Pero, a juzgar por lo recogido en los papeles y en los digitales, la comunión fue perfecta. Bien es verdad que esta vez el espectáculo adquirió un perfil más dionisíaco de lo que suele ser habitual, hasta el punto de que algunos actores, y no precisamente los más noveles, perdieron la compostura y recordaron por momentos a esos turistas de tres al cuarto que recorren las Ramblas ligeros de ropa y rebosantes de alcohol. No faltó, todo hay que decirlo, quien criticara al día siguiente, desde el propio enjambre nacionalista, semejantes excesos tildándolos de poco ejemplares. Pero aun así, insisto, la comunión fue perfecta. Al fin y al cabo, vivimos tiempos de exhibicionismo y lo que esos héroes del balón convertidos en símbolo de la patria hicieron este lunes en lo alto del autocar que los paseaba por el centro de Barcelona no distó mucho, en el orden de la moral, de cualquiera de las declaraciones que Artur Mas haya podido realizar desde que puso rumbo a Ítaca. Hoy en día, el FC Barcelona es uno de los tres pilares del catalanismo. Los otros dos son TV3 y la escuela. Eso sí, mientras estos poseen un valor meramente instrumental, de propaganda y adoctrinamiento, el club que es más que un club concentra toda la esencia de la nación que, ¡ay!, sigue siendo menos que una nación. No hay más. Sólo sentimiento y pasión. Si algo ha caracterizado al catalanismo en los últimos años es el Barça. Y, así las cosas, no entiendo por qué en esa Biblioteca del Catalanismo que RBA acaba de sacar del horno no figura ninguna obra que trate del asunto. Suerte que la lista de títulos, según sus promotores, no está todavía cerrada. Mientras tanto, y por si se les sirve de ayuda, ahí va una propuesta: una selección de artículos de Manuel Vázquez Montalbán, que, aparte de haber teorizado hasta la náusea sobre el Barça y su circunstancia, tiene la indiscutible ventaja de haber sido también un charnego agradecido.

(ABC, 18 de mayo de 2013)


La esencia del catalanismo

    18 de mayo de 2013
Evidentemente, una biografía constituye, ante todo, un ejercicio de comprensión. Mejor o peor, pero de comprensión. Incluso aquellas biografías que cargan el peso del lado de la información y dejan la interpretación en la reserva, lo son. Ahora bien, las buenas, las que llevan el ejercicio comprensivo hasta sus últimas consecuencias y terminan erigiéndose en un referente para el conocimiento de la vida y la obra de una persona, suelen equilibrar ambos aspectos, cuando no privilegiar de forma manifiesta el segundo. Por lo demás, ese acto interpretativo —que debe asentarse siempre, no hace falta añadirlo, en un sólido andamiaje fáctico— admite a su vez intensidades diversas, según sea el grado de implicación del biógrafo en lo que está contando. Jon Juaristi ha optado en su Miguel de Unamuno (Taurus, 2012) por la máxima intensidad. Y le ha salido un libro magnífico, una de las mejores biografías que se han escrito en muchos años.

Es verdad que a favor de esta decisión del biógrafo estaba la cantidad de prosa invertida ya en glosar la figura y la obra del biografiado —tal como puede comprobarse en el exhaustivo «Comentario bibliográfico» con que Juaristi completa su ensayo— y la consiguiente necesidad de ir más allá. Súmese a ello la dificultad de aportar nuevos datos que ampliaran de modo sustancial lo conocido hasta ahora, o —por recurrir a un ejemplo del propio texto— la imposibilidad de discernir si la zapatilla que se le quemó en el brasero a Unamuno en la hora fatal de su muerte fue la derecha o la izquierda, y se entenderá que al autor no le quedase más remedio que optar por lo que optó. Aun así, en su afán por trazar un retrato veraz de Don Miguel y su circunstancia, podía haberse limitado a interpretar el enorme material existente separando el grano de la paja, corrigiendo errores —los Rabaté, acaso por ser los autores de la biografía más reciente y ambiciosa, se llevan la palma— y pertrechando el conjunto con cuantas reflexiones vinieran a cuento. Y no ha sido este el caso. Porque, si bien todo lo anterior se halla también en el libro, lo que hace de su Unamuno una obra redonda es otra cosa. El propio Juaristi alude a ella en el proemio —«Cómo se hace una biografía», un título de clara resonancia unamuniana— y hasta la describe profusamente. Me refiero a la comunidad biográfica entre autor y personaje, concretada, entre otros aspectos, en la ciudad natal —Bilbao—; la lengua sobrevenida —el vascuence—; las crisis religiosas; los ataques de ansiedad; la militancia socialista; las oposiciones a instituto y universidad; el descuido de la filología en beneficio del periodismo y la literatura, o el caer antipático a los nacionalistas vascos. Es, pues, la singularidad del punto de vista lo que confiere a este libro un encanto maravilloso.

Lo cual no debería inducir a creer que estamos ante una biografía entregada. En absoluto. La proximidad desde la que escribe su autor no le impide reconocer en Unamuno todo lo que este tenía, pongamos por caso, de energuménico. O realzar, en múltiples ocasiones, sus contradicciones entre pensamiento y acción —o entre pensamiento y pensamiento, y acción y acción—. O insistir en su engreimiento, tan connatural. O, lejos de intentar exculparle como han hecho otros biógrafos, reprocharle con vehemencia el haber escrito una «nota abominable» contra el alcalde republicano de Salamanca que acababa de ser asesinado por unos falangistas en una de las innumerables sacas de nuestra guerra civil. No, la comunidad biográfica no supone ningún salvoconducto moral. Sólo un mayor acercamiento, una mayor comprensión del personaje, en la medida en que su vida —salvada sea la distancia temporal— ha transcurrido por unos derroteros parecidos a los del propio autor. La consecuencia de semejante artificio es la proyección de una enorme ternura sobre la figura del biografiado, una ternura que recuerda la que el común de los mortales suele proyectar sobre los niños o los viejos, tan proclives al exabrupto y la cabezonería y, a un tiempo, tan indefensos. Como si Unamuno no hubiera dejado nunca de ser niño —no en vano la infancia, lo señala Juaristi, es omnipresente en su obra—, o como si ya hubiera nacido viejo.

Pero, envuelto en esa ternura, está el modus operandi, que es como decir la filología. Porque se trata de Juaristi, claro. Pero también, y sobre todo, porque se trata de Unamuno y de su obra. El que esta obra posea una matriz notoriamente autobiográfica permite al biógrafo un doble movimiento de aproximación: de una parte, el que consiste en glosarla en tanto que producto sustancial del pensamiento de su autor; de otra, el que resulta de ir descubriendo entre sus pliegos no pocas claves de la trayectoria vital del biografiado, lo que le lleva a menudo a refutar exégesis anteriores, ya proponiendo una nueva lectura de un fragmento, ya puntuando debidamente ciertos pasajes, ya aclarando el sentido de determinado vocablo. Sin embargo, allí donde la práctica filológica alcanza tal vez su máxima expresión es en los últimos compases del libro, cuando Juaristi califica El resentimiento trágico de la vida —esas notas fragmentarias en prosa que Unamuno escribió en plena guerra civil— de «gran poema modernista». Los tres frondosos párrafos que sirven de justificación al aserto constituyen por sí solos toda una lección de literatura.

Por lo demás, el libro se ajusta, como es lógico, al patrón de toda biografía. Es decir, va del nacimiento a la muerte del escritor, de 1864 a 1936, o, lo que es lo mismo, de los prolegómenos de una guerra civil, la tercera guerra carlista —o de antes incluso, si tomamos en consideración los antecedentes familiares—, a los primeros meses de otra, la guerra civil por antonomasia —lo cual, tratándose de Unamuno, que tanto teorizó sobre las bondades catárticas de un enfrentamiento civil entre españoles, no deja de ser una ironía del destino—. A lo largo de estas siete décadas, la tormentosa historia de España se entrecruza con la no menos tormentosa historia del pensamiento europeo y sus fluorescencias hispánicas. Por una y por otra transita el personaje. A codazos, podría añadirse, tal es su afán por hacerse un hueco, por encontrar su lugar. Le vemos en el sitio de Bilbao, atento ya a lo que él mismo, con el tiempo, bautizará como intrahistoria; en el Madrid de los primeros años de la Restauración, ejerciendo de universitario y poco más; en Salamanca, claro, como catedrático y pronto como rector; en los exilios a que le condenó el otro Miguel, el dictador, ya en Fuerteventura, ya en París o Hendaya, y de nuevo rector en Salamanca, donde hallará la gloria, el infierno y la muerte. Y le vemos abrazando el evolucionismo, tanto el de Spencer en lo cultural como el de Schleicher en lo lingüístico, lo que le llevará, en el segundo caso, a romper con su vasquismo incipiente, en la medida en que el vascuence, lengua no flexiva, se le aparecerá desde entonces como un impedimento para el anhelado progreso de sus coterráneos. Y, más adelante, el objeto de sus deseos será el socialismo, en el que incluso llegará a militar; pero no por mucho tiempo: demasiado dogma, demasiada obediencia debida para un individualista acérrimo como él —además, el regeneracionismo cumplirá mucho mejor esa función modernizadora a la que siempre aspiró—. Aunque nada tan efímero como su republicanismo, de carácter reactivo, producto más de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera que de una convicción arraigada.

De todo eso y de mucho más trata, in extenso, este Miguel de Unamuno de Jon Juaristi. Y lo hace desde la ternura, con una prosa brillante y caudalosa en la que el humor y la ironía —los episodios de la casta relación del escritor con Delfina Molina, la poetisa argentina que le sometió a un verdadero acoso amoroso durante un par de décadas, no tienen desperdicio— sirven de contrapunto a la densidad del relato. Lo dicho: para enmarcar.

(Letras Libres)

Desde la ternura

    14 de mayo de 2013
Para saber si la huelga educativa del jueves fue un éxito o un fracaso, primero habría que ponerse de acuerdo sobre la unidad de medida. Si tomamos como referencia la suspensión de la actividad docente, es evidente que la huelga fracasó. Si nos fijamos en la movilización, o sea, en la capacidad de sacar gente a la calle y armar ruido, el fracaso queda ya algo mitigado, aunque difícilmente puede hablarse de éxito. Pero si dejamos a un lado las cifras y nos ceñimos a los efectos del paro, esto es, a la reacción de quienes tienen en sus manos la responsabilidad de sacar adelante esa ley contra la que claman los huelguistas, no hay duda de que los convocantes pueden sentirse satisfechos. Porque la decisión de aplazar la aprobación del anteproyecto de la LOMCE —estaba prevista para el Consejo de Ministros de ayer y ha sido trasladada, en principio, al del próximo viernes—, por más que no guarde relación con la jornada de paro y sí con la necesidad de acabar de pulir lo que ya debería estar más que pulido, ha sido interpretada «pro domo sua» por quienes exigen la retirada del anteproyecto. Como si en España no primara otra ley, en definitiva, que la de la calle.

Con todo, esa huelga ha evidenciado también el grado de destrucción de la enseñanza. Los medios, siempre a remolque de las consignas y las pancartas, han destacado que por primera vez una huelga educativa era unitaria; no sólo la convocaban, todos a una, padres, profesores y alumnos, sino que encima afectaba a todos los niveles del sistema, desde la educación infantil hasta la superior. En efecto. ¿Y? ¿Acaso puede esperarse otra cosa de quienes desde hace más de un cuarto de siglo —repasen, por favor, las siglas de los convocantes—, con el apoyo resuelto y entusiasta del poder político, han convertido la enseñanza española en un inmenso e indiviso falansterio para párvulos, cuyo último estadio ha sido la reforma boloñesa de la universidad? ¿Y los resultados del experimento? ¿Hace falta recordarlos?

Confiemos en que la nueva ley no sufra más contratiempos y entre pronto en vigor.

(ABC, 11 de mayo de 2013)

Una y la misma

    11 de mayo de 2013
Hiperactividad, lo llamaban. Y todo el mundo sabía de qué se trataba. Luego vinieron los psicopedagogos y popularizaron el palabro TDAH, o sea, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, como si lo primero resultara indisociable de lo segundo. Y no, lo de Joan Estelrich era hiperactividad, sin más. Quienes se han ocupado de su vida —y no son muchos, por desgracia— ponen el acento, y con razón, en esa característica de su personalidad y, en especial, en su inusitado impulso juvenil. Con dieciocho años cumplidos y recién terminado el bachillerato, Estelrich —nacido en Felanitx (Mallorca), el 20 de enero de 1896— había entrado ya en política, había practicado ya el periodismo y había fundado incluso un semanario. Junto a la cultura, esos iban a ser en adelante sus centros de interés permanente, a los que pueden sumarse, si bien en un plano distinto, los viajes y las mujeres. Y, last but not least, su propia persona, él mismo. En todos estos campos se comportó como un emprendedor; mejor dicho, como un emprendedor enfermizo, capaz de simultanear un sinfín de ideas, proyectos y pasiones y, lo más importante, de materializarlos cabalmente.

Pero semejante aptitud, a la que se añadía un considerable don de gentes, no eximía a Estelrich de la obediencia debida, aunque no fuera más que a un nombre: Cambó. Desde que en 1917 trabara relación con él y durante tres décadas —o sea, hasta la misma muerte del empresario y banquero en 1947—, el mallorquín fue, en lo político y en lo cultural, su mano derecha, su brazo ejecutor, amén de su «devotísimo servidor y amigo». Compartían un mismo ideal, el del catalanismo conservador encarnado en la Lliga Regionalista —o, si lo prefieren, el del imperialismo catalán, resumido en el lema «Por Cataluña en una España grande»—, y un humanismo granítico, que tuvo como máxima expresión la Fundació Bernat Metge, colección de clásicos grecolatinos concebida por Cambó y Estelrich y dirigida por este último. Ni siquiera la guerra civil, en la que ambos apoyaron activamente la causa nacional, y el posterior exilio de Cambó llegaron a truncar esa lealtad de Estelrich para con su amo y señor.

Aun así, detrás de ese gestor infatigable había un pensador. Y un escritor. O sea, mucho más que un simple activista político, doblado de periodista y conferenciante. Su gran pasión fue el humanista valenciano Juan Luis Vives, de quien aspiraba a editar las obras completas con todo el aparato crítico imaginable. Y también se proponía escribir una vasta memoria de su tiempo —es decir, de él y su tiempo—, para la que había ido llevando desde joven unos diarios en los que no ahorraba detalle sobre cuanto hacía y le rodeaba y que felizmente acaban de ser editados (Dietaris, Quaderns Crema, 2012). La vida no le alcanzó. Joan Estelrich murió a las cuatro de la madrugada del 20 de junio 1958 en París, donde era delegado de España en la UNESCO. Murió escribiendo. Aquel día había anotado en su diario: «He de apresurarme a terminar todo lo pendiente. El tiempo me falta. El proceso de mi deterioro no cesa».

(La Aventura de la Historia, n. 175, mayo de 2013.)

Mi Héroe: Joan Estelrich

    6 de mayo de 2013
Desde hace un par o tres de semanas el PSOE parece haber iniciado el gran cambio. No se trata, claro, de un cambio ideológico. Ni siquiera de nombres. Se trata de un cambio de edades. El fracaso de los Rubalcaba, Valenciano y compañía en su gestión partidista y parlamentaria, evidenciado en las cada vez más paupérrimas expectativas electorales de la marca —y ello pese al creciente y pronunciado desgaste del Partido Popular—, ha convertido a los Madina, Talegón y compañía en hipotéticos candidatos a la Presidencia del Gobierno. Como es natural, los medios más o menos afines se han volcado en la empresa, informando, entrevistando, sondeando, especulando, soñando incluso; se comprende: la juventud es un valor de nuestro tiempo —o, lo que es lo mismo, allí donde haya una cara tierna que se quiten las chuchurridas—. Con todo, harían bien quienes se interesen por el asunto en no confundir edad con renovación, con cambio, con nueva política, en definitiva. En marzo de 1930, cuando la «Dictablanda» del general Berenguer, Josep Pla saludó el acceso del septuagenario Joan Maluquer a la Presidencia de la Diputación recalcando que se trataba de un hombre nuevo, que jamás había ejercido un cargo público y cuyo perfil se ajustaba a las necesidades de la época. Del mismo modo, la importancia de una figura como la de Albert Rivera no radica tanto en su juventud como en el hecho de haber sabido encarnar una forma distinta de hacer política. Por lo demás, ahora que la presencia de Ciutadans en las instituciones ha aumentado de forma considerable, cualquiera puede advertir que la edad de sus representantes no constituye ningún factor determinante, al contrario. Y otro tanto cabe afirmar de los cargos públicos de UPyD. En ambos casos, lo que los electores valoran no es la juventud de los candidatos, sino la del proyecto político. Y quien dice juventud, dice vitalidad y adaptación a las palpitaciones del tiempo. Un tiempo nuevo, duro y difícil, para que el que ya no sirve, agrade o no, la vieja política.

(ABC, 4 de mayo de 2013)

Cosas de la edad

    4 de mayo de 2013