Desde el 28 de octubre y hasta el pasado martes no ha habido probablemente otro tema en las conversaciones públicas y privadas que el del futuro de Óscar Puente. ¿Dimitirá?, ¿no dimitirá? O bien, como se oye y se lee ahora, ¿lo dimitirá Sánchez?, ¿no lo dimitirá? Hasta se han apostado cenas a que dimitiría y a que no lo haría. Pues bien, ya tenemos respuesta. No lo han destituido; ha dimitido. Y acaso esto sea lo más relevante del asunto. En ocho años y medio de legislaturas, a Pedro Sánchez no le habían dimitido más que dos ministros de su primer gobierno: Màxim Huerta y Carmen Montón, y ambos por razones de índole ética, lo que sin duda les honra, y más teniendo en cuenta la ristra de casos de corrupción en que se han visto envueltos más tarde muchos compañeros –y compañeras, claro– de banco azul.
Pero lo de Puente es distinto. De entrada, por lo insólito del formato: un texto leído tras su comparecencia en el Congreso para responder a las preguntas de los grupos parlamentarios sobre el accidente de Urda, y en la que todos los portavoces, excepto los de Bildu y PSOE, terminaron pidiendo su dimisión. Ya por la mañana, después del Consejo de Ministros, el propio Puente había comparecido ante los medios para informar de las medidas tomadas por el Ejecutivo en relación con la tragedia ferroviaria, lo que daba a entender que seguía ejerciendo sus labores ministeriales. En definitiva, una dimisión en tres fases, aunque nada hiciera prever que a las dos primeras iba a seguir la tercera.
Con todo, lo que convierte la dimisión de Puente en un caso singular es que se haya hecho pública sin que el presidente del Gobierno estuviera al tanto. En su intervención, el dimisionario aseguró que acababa de comunicárselo allí mismo, segundos antes de su alocución final, y al día siguiente los medios reprodujeron incluso el cruce de mensajes entre ambos. El de Sánchez, en respuesta al anuncio de Puente, era “ni se te ocurra, no lo hagas”. Y, aun así, no sólo lo hizo, sino que el hecho mismo de que lo llevara escrito y no hubiera avisado al presidente de sus intenciones indica que se trataba de un acto meditado, que la resolución estaba tomada y no tenía marcha atrás.
Más de uno creyó entonces que semejante puesta en escena no podía obedecer a una simple iniciativa del dimisionario; que a Sánchez nadie le dimitía por las buenas, ni los más allegados; que estábamos ante un montaje destinado a aparentar que el presidente era ajeno a la decisión del ministro cuando, en realidad, habían tomado la decisión de común acuerdo. Las presiones procedentes del partido, presa del pánico en vísperas de la campaña electoral, y la indignación ciudadana ante la falta de asunción de responsabilidades políticas por parte del Gobierno, cuyos efectos se percibían ya dramáticamente en los sondeos, aconsejaban sacrificar cuanto antes una pieza y no iba a ser, por supuesto, la del presidente. Pero una vez más la navaja de Okham se había impuesto. No era una estrategia, no era una artimaña. El ministro tuitero había dicho basta. Sin previo aviso. En vivo y en directo, como manda el pleonasmo.
¿Hasta qué punto esta dimisión servirá para devolver los ánimos a la militancia? ¿Serán capaces los spin doctors monclovitas de convertir al caído en una víctima más de la ultraderecha? ¿Hasta qué punto va a notarse todo ello en los sondeos? Las algo más de tres semanas que faltan para el 29-N no parecen tiempo suficiente para que los ciudadanos olviden la tragedia y pasen página. Ni siquiera la anunciada presencia del presidente del Gobierno en el funeral por las víctimas en contra de su costumbre de no acudir a actos religiosos va a cambiar el curso de la historia. Esta en cuyo lado correcto, caso de haberlo, nadie le espera. **
** El texto fue escrito antes de que Pedro Sánchez desistiera de ir al funeral por las víctimas del accidente de Urda
