Al poco de advenir la Segunda República, el periodista Agustí Calvet, conocido por el seudónimo de Gaziel, empezó a plasmar en sus artículos lo que para él eran las principales carencias del nuevo régimen. (Por si desconocen la vida y la obra de Gaziel, tienen ahora a su alcance la utilísima biografía escrita por Francisco Fuster: Insobornable, Galaxia Gutenberg, 2026). La primera de esas carencias no era otra que el hecho mismo de que la República adviniese, como si de un milagro se tratara, y no estuviese legitimada por los resultados de unas elecciones generales. Pero eso entonces ya no tenía remedio. Lo que sí lo tenía, creía Gaziel, y cuya carencia constituía un lastre que podía acabar con el propio régimen –como así terminó sucediendo, por cierto, si bien no sólo por ese motivo–, era la conformación de un centroizquierda y de un centroderecha que, al igual que ocurría en las democracias europeas consolidadas –en especial la francesa y la británica–, pudieran alternarse en el ejercicio del poder. Para ello, la conjunción republicano-socialista debía dejar de considerar la República como algo privativo, al tiempo que las derechas, hubieran votado o no la Constitución, debían aceptar el nuevo régimen y desarrollar en adelante su actividad política dentro del marco que la Carta Magna republicana había establecido.

A Gaziel no se le escapaba que era sumamente difícil llevar a buen puerto tales afanes, tanto más cuanto que la coalición de izquierdas descansaba en un partido socialista que no ocultaba su ambición revolucionaria, mientras que en el bloque de derechas había fuerzas monárquicas y clericales cuyo objetivo manifiesto era, si no tumbar la República, sí modificarla hasta tal punto que la propia Constitución, caso de mantenerse, sufriera una transformación radical. Tal vez por ello, consciente del peligro que representaban para la democracia unos fundamentos tan quebradizos, siguió insistiendo en sus artículos en la inexorable necesidad de consolidar la alternancia, o lo que lo mismo, un centro derecha y un centro izquierda que aceptaran las reglas del juego.

Dentro de cinco años se cumplirá un siglo del advenimiento de esa República. Dudo mucho que el país esté entonces para grandes celebraciones, al margen de las que puedan organizar las formaciones levantiscas de izquierda, tan ignorantes por lo general de la historia como interesadas en ignorarla. Pero si gobierna el centroderecha, ya con el apoyo de una derecha civilizada, ya formando con ella una coalición, tal y como prevén los sondeos que ocurra a partir de 2027, uno de sus mayores empeños debería ser el de garantizar la alternancia entre las dos fuerzas mayoritarias a un lado y otro de ese centro político inexistente y siempre anhelado. Dicho de otro modo: debería ser el de devolver el rebaño socialista al redil democrático del que nunca tendría que haber salido. Se me dirá que ese rebaño seguirá vigilado de cerca, para que ninguna oveja se escape, por Perro Sánchez. Sin duda. El Puto Amo se ha cuidado durante estos años de mandamás del gobierno y del partido de preparar el terreno para el caso de que no pueda conservar el poder. Desde el gobierno, mediante una política de tierra quemada en el Legislativo y de acoso y derribo en el Judicial, combinada con la colocación de afines en puestos clave cuya vigencia no prescribe con el final de la legislatura o en reguladores económicos cuya actividad se desarrollará en la siguiente. Y en el partido, tratando de que los barones regionales, presentes y por venir, estén a su servicio, por más que no siempre haya logrado su propósito.

Habrá quien objete que con este PSOE la alternancia, lo mismo que los grandes acuerdos entre partidos en que se sustenta toda democracia representativa, serán imposibles; que el autor del “no es no”, en definitiva, recurrirá de nuevo al bloqueo de cuanto esté en sus manos bloquear, aunque la formación del nuevo gobierno no dependa en esta ocasión de sus votos. Así será, con toda probabilidad. Pero también será tarea del PP ir fomentando la alternancia en el propio partido socialista, confrontando los intereses de los barones regionales socialistas con las directrices que puedan emanar de Ferraz. Algo parecido, para entendernos, a lo que está sucediendo ya en estos momentos con el nuevo modelo de financiación autonómica.

Sea como sea, lo que muchos esperamos es que el futuro gobierno no se arrugue y tenga redaños suficientes para limpiar todo lo que haya que limpiar, reformar lo que chirría un día sí y otro también, y reconstruir, en la medida de lo posible, esta devastada España nuestra.

Deberes del PP para el futuro

    25 de septiembre de 2026