Hay una foto que está dando que hablar. En ella se ve a la presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez-Camacho, frente al Departamento de Educación, rodeada de algunos ciudadanos y mostrando una instancia en la que reclama para su hijo una enseñanza bilingüe. A eso lo llaman la construcción del acontecimiento. Uno se desplaza a donde conviene, avisa a los medios, y si resulta que uno es un hombre o una mujer públicos —observen, de paso, lo útil que es aquí el genérico— tiene garantizado, en el peor de los casos, una foto con pie y, en el mejor, una noticia con cuerpo y alma. Aun así, lo que en verdad ha irritado a más de un nacionalista —y en particular, a J. B. Culla y Patricia Gabancho— no es tanto la imagen de Sánchez-Camacho blandiendo la instancia antedicha como las barbas que por allí asoman. Vaya por delante que esas barbas no son unas barbas cualesquiera, sino de padre y muy señor mío. Pero es que, además, pertenecen a Paco Caja. O sea, al mismísimo diablo. Y les duele, claro, ver a la presidenta del PP —a la que consideran una oveja descarriada, pero catalana al cabo— en semejante compañía.




A mí, en cambio, esa foto me recuerda otra, de hace justo diez años, sólo que por contraste. Corresponde también a un acontecimiento construido y tiene también la lengua castellana como trasfondo. En ella se veía al cuerpo de rectores catalanes, encabezado por el entonces —y hoy de nuevo— consejero Mas-Collell, formando a las puertas de los juzgados de Tarragona. Juzgaban a uno de los suyos, Lluís Arola, de la Rovira y Virgili, por prevaricación, y ellos estaban allí, presentes. Como los nacionalistas no conocen la división de poderes, aquella coacción, sobra decirlo, les pareció ejemplar. En cambio, ahora, la simple presentación de una instancia en un departamento autonómico para ejercer un derecho les parece cosa del diablo. No me extrañaría lo más mínimo que, de tanto mirar la foto, hasta fueran capaces de atisbar un rabo.

ABC, 2 de julio de 2011.

Las barbas de Paco Caja

    2 de julio de 2011