Pedro Rascón es el presidente de la CEAPA, o sea, de la Confederación Española de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos —si bien las madres, a juzgar por el contenido de las siglas, deben de haberse incorporado tardíamente—. Y es en tanto que máximo representante de esa entidad autodefinida como «no confesional, progresista e independiente» y mayoritaria en la escuela pública que Rascón está llamado al pacto. Al pacto educativo, se entiende. Al respecto, él se declara «pactoescéptico». Lo cual no es malo; peor sería que se declarara «antipacto». Otra cosa es el alcance real de este y otros escepticismos, y la posibilidad de que terminen confluyendo o no en un acuerdo.

Y es que algunas de las opiniones de Rascón más parecen un remedo de una entrada del «Dictionnaire des idées reçues» de Flaubert que una reflexión sensata y pertinente. Lo que no impide, claro, que puedan extraerse de ellas jugosas enseñanzas. Así, por ejemplo, de la que le sirve para identificar, en una entrevista reciente, cuál es hoy en día el problema de la secundaria: «En muchos institutos, la secundaria se sigue dando como en el siglo XIX, con un profesor que suelta el rollo y dice: “Pasado mañana, examen”».

Difícilmente podrían concentrarse en una frase más tópicos sobre lo que fue la enseñanza. O la educación, que es como su autor se referirá, supongo, a lo que se da en estos pocos institutos en los que no se imparten, según él, las clases como en el siglo XIX. Dejemos a un lado, si les parece, lo del XIX, este siglo maldito del que nada se sabe ni se quiere saber y al que se le suelen colgar todos los sambenitos, y vayamos con el resto de la afirmación. Este modelo antiquísimo que, a juicio de Rascón, constituye el problema de la secundaria, en la medida en que sigue practicándose en muchos institutos, se caracteriza en su boca por dos palabras: «rollo» y «examen». Lo que, vertido a un lenguaje neutro, equivale, respectivamente, a transmisión del conocimiento y a sistema de evaluación. O sea, a invitación al esfuerzo. O sea, a exigencia.

Esto es lo que Rascón no puede consentir. Y, con él, quienes, en las últimas décadas y desde distintas instancias políticas, sindicales y pedagógicas, han llevado la enseñanza española a la ruina. Tanto es así que el propio presidente de la CEAPA, a renglón seguido, no tiene empacho en atribuir los pésimos resultados del informe PISA a las secuelas del modelo decimonónico. Ahí es nada. Claro que, en eso, Rascón cuenta con un ilustre predecesor, presidente también, aunque del Gobierno, que hace un par de años, a raíz el dichoso informe, echó la culpa del fracaso educativo al franquismo. Y se quedó tan pancho.

ABC, 28 de febrero de 2010.

Cuestión de siglos

    28 de febrero de 2010
Ya perdonarán mi ignorancia, pero parece que existe una asociación llamada Horitzó Europa. Por lo que leo en su página web, se trata de una asociación —traduzco— «transversal, apartidista, catalanista y europeísta». Sobra decir que semejantes adjetivos no pueden ir nunca de la mano. Se repelen. ¿Cómo va a ser europeísta una asociación catalanista, si la idea de Europa persigue, con mayor o menor fortuna, la superación de las naciones? ¿Cómo va a ser apartidista una asociación catalanista, si el catalanismo consiste, justamente, en la exclusión de todos aquellos partidos que no comulgan con sus principios? Más le hubiera valido a la asociación declararse nacionalista y dejarse de cuentos. A Horitzó Europa el viejo continente le importa un comino.

Lo cual no impide, claro, que pretenda servirse de sus instituciones, al igual que se sirve, subvenciones mediante, del dinero de todos los catalanes. Un ejemplo de ello, y de su actividad, es el informe «Cataluña independiente en el seno de la Unión Europea», elaborado juntamente con la Fundació Cercle d’Estudis Sobiranistes —presidida por el inefable Alfons López Tena— y que no aspira sino a convencernos de que Europa está esperando con los brazos abiertos el advenimiento de un Estado catalán. Otro es esa «Hoja de ruta para la mejora de la lengua catalana en la Unión Europea en los próximos meses», a la que los eurodiputados catalanes de las fuerzas integradas en el tripartito y de CIU se han adherido este mismo miércoles en el Parlamento de Estrasburgo.

Vaya por delante que la hoja de ruta en cuestión es bastante modosita. Quiero decir que no aspira, pongamos por caso, a que el catalán se convierta en la lengua franca de la UE. Le basta con exigir, por un lado, el cumplimiento de los acuerdos relativos al uso del idioma firmados por España con distintos órganos de la UE y el de los recogidos en las conclusiones del Consejo Europeo de 2005 —¿por qué no se habrán cumplido, lo sabe alguien?—, y con proponer, por otro, nuevas medidas cuyos máximos beneficiarios serían, en el supuesto de que fueran tenidas en cuenta —lo cual, visto lo anterior, resulta harto improbable—, un número indeterminado de traductores e intérpretes.

Pero, más allá de esas miserias, lo realmente significativo son las declaraciones de uno de los eurodiputados adheridos a la hoja dichosa, el republicano Oriol Junqueras. Según Junqueras, resulta lamentable que el reconocimiento de una lengua hablada por 10 millones de habitantes sea una tarea tan ardua. ¿Cómo dice? ¿Desde cuándo el catalán lo hablan 10 millones de personas? Lo hablarán, o sea, lo tendrán como lengua de uso habitual —que en eso consiste hablar una lengua—, unos cinco millones, seis a lo sumo. Y gracias. Lo demás son sueños. O desvaríos, en los que, o bien se confunde la competencia con el uso, o bien se considera que todo ciudadano de Cataluña, Baleares o la Comunidad Valenciana, por el mero hecho de serlo, se convierte al punto en un hablante, presente o futuro, del catalán. Lo cual, no hace falta añadirlo, es falso de toda falsedad. Como esa ruta con hojas a la que se agarra, día tras día, el nacionalismo.

ABC, 27 de febrero de 2010.

La falsa ruta

    27 de febrero de 2010