Hubo un tiempo en que el presidente de Òmnium Cultural era un hombre llamado Josep Millàs. Ese tiempo, cuyo origen se remonta a 1987, terminó en abril de 2002, después de que Millàs se negara a reconocer la victoria en las urnas de Jordi Porta y de que Jordi Pujol se viera obligado a intervenir forzando la renuncia definitiva de Millàs al frente de la entidad.

El episodio no dejaría de constituir una simple anécdota, si no fuera porque con él desapareció de la escena política catalana un personaje singular. Gris, engreído, malhumorado, colérico, con un pensamiento rayano a veces en el racismo, Millàs fue siempre un hombre al servicio de Pujol y «su proyecto de país». Y hasta puede decirse que su carrera transcurrió en paralelo a la de su patrón: cuando Pujol decidió que a Millàs se le había acabado la cuerda, la suya tenía ya los días contados. Había llegado, pues, la hora del cambio. Y, aunque eso lo supimos más tarde, ese cambio, en el orden político, iba a seguir el mismo curso que el experimentado por la presidencia de la entidad. De un nacionalismo contenido, de doble faz, tartufesco, iba a pasarse a un nacionalismo desacomplejado, exhibicionista, pornográfico.

Y no sólo eso. La evolución de Òmnium desde un perfil patriótico-cultural hasta uno patriótico «tout court» ha traído aparejado un nuevo sistema de financiación. En la época del gris Millàs lo importante era el maletín. Las subvenciones que los gobiernos de Pujol otorgaban a la entidad no diferían demasiado de las otorgadas a otras entidades culturales. Había que guardar las formas. Cataluña era un país serio —o eso decía, al menos, su presidente—. Pero, claro, los costes de las actividades promovidas por Òmnium superaban con creces el presupuesto. Y entonces Millàs se acercaba al Palacio de la Generalitat y salía de ahí igual de gris pero la mar de contento, con el maletín lleno.

Ahora las cosas han cambiado. Ahora Òmnium se ha convertido en el ariete del independentismo, hasta el punto de convocar, ella solita, las grandes manifestaciones, como la del pasado 10 de julio. Y a nadie se le escapa que eso cuesta dinero. Mucho dinero. Pero la entidad ya no precisa de maletines para financiarse; le basta con las subvenciones que el Gobierno de la Generalitat le concede generosamente. Esta semana, sin ir más lejos, le ha llovido una de 170.000 euros para un supuesto programa de integración de inmigrantes. El programa se llama «¿Quedamos?».

¿Quedamos? Estupendo. ¿Qué tal media hora antes, en Paseo de Gracia-Rosellón, frente al Samoa?


ABC, 24 de julio de 2010.

Del maletín al DOGC

    24 de julio de 2010