ABC, 10 de diciembre de 2011.
En Barcelona hacemos las cosas bien, con tiempo y con amplitud de miras —al menos en teoría—. Y ello es así porque disponemos, desde 1988, de una entidad llamada Plan Estratégico. Esa entidad, que empezó ciñendo sus trabajos al ámbito de Barcelona para ampliarlos luego al conjunto del área metropolitana, se nutre del saber de profesionales de todos los sectores productivos. Esos profesionales analizan el estado de cada sector, detectan sus carencias, promueven estrategias, fijan retos y proponen medidas. A partir de ahí, son los políticos afectados quienes deben actuar. Durante el periodo 2009-2010, la Comisión de Prospectiva del Plan realizó una ingente labor, concretada en un documento titulado «Dibujemos la Barcelona del 2020» y presentado a mediados de 2010. Este documento daría paso, en noviembre del mismo año, a un nuevo Plan Estratégico que lleva como coletilla «Visión 2020». Entre los principales requerimientos de los miembros de la Comisión de Prospectiva para que la ciudad del futuro sea competitiva y no lo que es hoy en día —una suerte de reserva provinciana con ínfulas de grandeza—, estaban la drástica mejora de la educación a todos los niveles, la renuncia a la cultura de la subvención y la progresiva transformación de la sociedad metropolitana en una sociedad trilingüe. Esto es, la eliminación, de una vez por todas, del peaje identitario, ejemplificado en gran parte en la imposición del catalán como única lengua institucional. Así lo daban a entender en el documento emprendedores, empresarios y toda clase de expertos al reclamar, aparte de un dominio suficiente del inglés, la dignificación del castellano como idioma de relación de la Barcelona oficial —la de la administración, la universidad, la escuela— con sus ciudadanos y con el resto del mundo. Ha pasado año y medio desde entonces y sobra decir que nada ha cambiado. Lo que significa que, en 2020, o mucho me equivoco o vamos a seguir viendo visiones.
ABC, 10 de diciembre de 2011.
ABC, 10 de diciembre de 2011.
Estrategias y visiones
10 de diciembre de 2011
Según el DRAE, un «mamarracho» es una persona o cosa defectuosa, ridícula, imperfecta, que no merece respeto alguno. Así pues, cuando el diputado Alfons López Tena llama «mamarracha» a la diputada Núria de Gispert, cuando se refiere a ella como «la cosa aquesta que presideix el Parlament», no sólo le está faltando al respecto, sino que está rebajándola a unos niveles que atentan contra la dignidad de la persona y de la institución por ella presidida. Por supuesto, no seré yo quien se sorprenda de lo que pueda llegar a proferir el diputado López Tena en cualquiera de sus intervenciones públicas, ni quien discuta a la Mesa del Parlamento la conveniencia de reprobar sus declaraciones. Otra cosa es el origen mismo del conflicto, que está en la decisión tomada la semana pasada por la Junta de Portavoces y consistente en prohibir el uso en sede parlamentaria de la expresión «España nos roba». Una decisión a la que contravino este miércoles Uriel Beltrán, correligionario de López Tena, lo que le valió la amonestación de la presidenta. Y que el propio Beltrán volvió a saltarse anteayer a la torera en otra intervención, lo que condujo al presidente en funciones a retirarle la palabra. Fue entonces cuando López Tena, ya fuera del hemiciclo, reunió a la prensa y se salió de madre.
A mí, que sus señorías traten de mantener el decoro y reprimir determinadas efusiones no me parece mal. Ahora bien, la expresión «España nos roba» —así formulada o en cualquiera de sus múltiples variantes— lleva más de una década instalada en la política catalana. Hoy mismo constituye el principal argumento, de palabra o de pensamiento, de una gran mayoría de nuestros representantes, empezando por la presidenta de la Cámara, en sus demandas de mayores cotas de autogobierno. Así las cosas, ¿tiene algún sentido rasgarse hasta este punto las vestiduras? ¿Acaso no estamos, una vez más, ante ese doble lenguaje, tan de estar por casa?
ABC, 3 de diciembre de 2011.
A mí, que sus señorías traten de mantener el decoro y reprimir determinadas efusiones no me parece mal. Ahora bien, la expresión «España nos roba» —así formulada o en cualquiera de sus múltiples variantes— lleva más de una década instalada en la política catalana. Hoy mismo constituye el principal argumento, de palabra o de pensamiento, de una gran mayoría de nuestros representantes, empezando por la presidenta de la Cámara, en sus demandas de mayores cotas de autogobierno. Así las cosas, ¿tiene algún sentido rasgarse hasta este punto las vestiduras? ¿Acaso no estamos, una vez más, ante ese doble lenguaje, tan de estar por casa?
ABC, 3 de diciembre de 2011.
[ Porque hoy es sábado ]
«España nos roba, mamarracha»
3 de diciembre de 2011
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