Dicen que el verano es tiempo de mudanzas. Y, si no lo dicen, «è ben trovato». Porque, en efecto, en verano todo muda, todo cambia de estado, de lugar. Para unos, el cambio es discreto. Para otros, radical. Pero nada ni nadie permanece invariable. La presencia misma de las vacaciones —de las propias y de las de los demás— constituye una referencia ineludible. Todo pasa por aquí. Los años no van de enero a diciembre, sino de vacaciones a vacaciones. El curso escolar es el único curso posible. Si uno debe fijar su residencia en otra ciudad o país porque así lo requiere su trabajo, tendrá que esperar a que los niños terminen la escuela. Incluso si sólo debe emprender una mudanza de piso en la propia localidad donde reside, es muy probable que lo deje para finales de junio. Verano nuevo, vida nueva.

Pero acaso lo más relevante de este periodo estival en que nos encontramos sea el cambio de paisaje. No me refiero ahora al paisaje físico, del que huimos casi por obligación para instalarnos durante un tiempo en otros mares, a ser posible del sur. No, me refiero al paisaje humano. Tanto si vivimos en un pueblecito como en una gran ciudad, y a poco que ambos emplazamientos posean algún atractivo, con la llegada del calor todo se trastoca. En el primer caso, la población aumenta de forma considerable; están los de siempre, que no tienen razones ni medios para marcharse, y están los advenedizos. En el segundo, por el contrario, se produce más bien un fenómeno sustitutivo. Los habituales, los de toda la vida, han emigrado temporalmente y han sido reemplazados por otras tribus, venidas de cualquier parte del mundo. De un modo u otro, el paisaje humano se ha modificado.

Y esa modificación, claro, trae consecuencias. Hace un par de domingos, por ejemplo, en una metrópolis mediterránea a la que vuelvo de tarde en tarde más por obligación que por placer, se me ocurrió coger un taxi. Cuando le indiqué al conductor —un hombre manifiestamente suramericano— la dirección, me contestó con suma amabilidad que le disculpara, pues era nuevo en la ciudad y no sabía dónde demonios paraba la calle en cuestión. Como yo tampoco sabía cómo llegar a ella, acabó dejándome en el punto de intersección entre sus conocimientos y los míos, esto es, a unas cuantas manzanas del lugar. Y, una semana más tarde, volvió a ocurrirme lo propio. Esta vez el taxista era manifiestamente magrebí, aunque igual de novato y amable que el del viaje anterior. Y esta vez tenía GPS. Lástima que antes de que lograra escribir en la pantalla el nombre de la calle solicitada estuviéramos un buen rato perdidos en la noche metropolitana.

Ya ven, todo muda. Empezando por uno mismo, claro.

ABC, 2 de agosto de 2009.

Tiempo de mudanzas

    2 de agosto de 2009
1. El Ayuntamiento de Amposta ha retirado al dictador Francisco Franco el título de alcalde honorífico y perpetuo de la localidad, título que ostentaba desde 1963. Me parece una medida acertada. Tan acertada como tardía. Los cargos perpetuos son consustanciales a las dictaduras. De ahí que no deban durar ni un día más de lo que duran estas últimas. Así pues, en este como en otros casos análogos que tienen al anterior jefe de Estado como protagonista llevamos un retraso de más de tres décadas. Pero lo que vale para Franco y su régimen debería valer igualmente para cualquier dictadura. Por ejemplo, para la ejercida por Ramon Aramon en la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans en los mismos años en que el general ejercía la suya sobre España entera. Aramon era el secretario perpetuo de la institución. Y hacía con la normativa de la lengua catalana lo que le venía en gana. Es cierto que llegó un día en que el Institut cambió sus estatutos, por lo que Aramon tuvo que jubilarse. Pero, que yo sepa, no fue nunca desposeído —y han pasado ya unos cuantos lustros desde entonces— de su condición de secretario perpetuo.

2. El alcalde de Barcelona y el jefe de la oposición municipal han alcanzado un acuerdo por el que el Miniestadi, el segundo campo de fútbol del FC Barcelona, va a convertirse en una suerte de «ecobarrio» —así llaman ahora a los barrios construidos siguiendo criterios sostenibles y medioambientales— con 1.600 pisos, oficinas, hoteles y zonas verdes. El proyecto de recalificación de esos terrenos responde a una iniciativa del club, largamente pospuesta por las discrepancias surgidas entre los distintos grupos del Consistorio barcelonés y, en particular, entre los que integran el equipo de Gobierno. En este sentido, resultan muy significativas las razones aducidas por ICV para no suscribir el acuerdo: a su juicio, el plan pactado favorece al FC Barcelona, que aspira a sacar 300 millones de la operación, y no al interés de la ciudad. Lo que me sorprende es que nadie se haya preguntado aún públicamente si el compromiso entre los dos principales grupos municipales tiene algo que ver con la presencia de sus concejales en el palco del Camp Nou o, de modo más general, con la pleitesía rendida por Artur Mas y José Montilla a Joan Laporta en vísperas de las últimas elecciones autonómicas. En otras palabras, lo que me sorprende es que nadie se haya preguntado aún si el hecho esconde por casualidad algún cohecho.

3. Josep Maria Busquets, presidente del Consejo Catalán de la Música, es un hombre profanado. Pero no vayan a confundirse: la culpa de su estado de ánimo no la tiene Félix Millet y su forma de llevar las cuentas del Palau, sino la policía autonómica. Busquets ha considerado una ofensa a las libertades, la historia y la cultura catalanas que los Mossos entraran en el templo de la música en busca de las pruebas del delito. Es de suponer que, en tales circunstancias, la huida de Millet por la puerta de atrás debió de parecerle un acto heroico.

ABC, 1 de agosto de 2009.

Postales veraniegas

    1 de agosto de 2009