Les supongo al tanto de los hechos. Aun así, se los recuerdo por si acaso. El pasado 22 de septiembre trece especialistas de las pruebas de Lengua Castellana y Literatura II de lo que antes se conocía como Selectividad y ahora con distintas sopas de letras según la comunidad autónoma de que se trate –en lo que constituye un ejemplo más del efecto sedante de las siglas, pero también, seamos justos, de cierta pertinencia pedagógica, dado que poco seleccionan ya unas pruebas cuyo porcentaje de aprobados se acerca sospechosamente al de los síes de aquellos congresos de antaño del Partido Comunista Búlgaro, donde el recuento de votos superaba el número de participantes–; trece especialistas, decía, pertenecientes a diez comunidades autónomas, firmaban un manifiesto titulado expresivamente “Competencias para la nada: en contra de la propuesta de las EBAU/EvAU redactada por el Ministerio de Educación” y lo hacían público en la plataforma change.org en busca de adhesiones. Ayer eran ya 3.560 las personas adheridas.

El texto describe minuciosamente el procedimiento por el que se fusionarían, de aprobarse la propuesta ministerial, las pruebas lingüísticas –de castellano, inglés y la lengua cooficial correspondiente– hasta reducirse a una veintisieteava parte de la extensión que tiene en las pruebas actuales cada uno de los idiomas. Lo cual comportaría, claro, una merma análoga de los contenidos y del conocimiento que de su asimilación se deriva. No hace falta precisar que lo importante para los pedagogos del Ministerio no es el conocimiento, sino lo que llaman con gran pompa la evaluación competencial, como si esta fuera posible sin la existencia de unos conocimientos previos. El experimento, por lo demás, eximiría a los alumnos de demostrar, mediante una mayor o menor destreza expresiva, lo que han aprendido y asimilado a lo largo del bachillerato, puesto que el modelo de examen casi no requiere del recurso a la expresión escrita.

Pero, aunque este es el hecho, la noticia está en otra parte. En la Real Academia Española, para ser precisos. A ella se dirigieron también los firmantes del manifiesto pidiendo amparo, y el pasado viernes la RAE respondía. Y no con un simple acuse de recibo, sino con una declaración institucional en la que ponía de relieve su coincidencia con el análisis llevado a cabo por los especialistas en su manifiesto y la consiguiente discrepancia profunda con el nuevo modelo de pruebas que el Ministerio de Educación pretende adoptar.

Como ha destacado la periodista Olga R. Sanmartín, se trata de la primera vez en que la RAE se expresa con semejante contundencia para criticar la política educativa de este gobierno en relación con asuntos que son de su plena incumbencia académica. Y no hay duda de que hace bien al abandonar su habitual prevención y enfrentarse sin medias tintas a quien le da de comer, o sea, al Ejecutivo. En noviembre de 2020, cuando el debate parlamentario de la actual ley educativa tocaba ya a su fin en el Congreso y no quedaba sino el trámite del Senado –resuelto, por cierto, con una premura vergonzosa por parte de la mayoría gubernamental–, la RAE emitió un comunicado sobre la educación en español en las comunidades bilingües. Y, aun cuando la argumentación empleada para defender el derecho de todo ciudadano español a recibir la enseñanza en su lengua materna resultaba impecable, el tono y las formas –“la RAE sigue atentamente la deliberación”, “la RAE confía en que el legislador”, etc.– eran mucho más templados y condescendientes que los actuales para oponerse al cambio de modelo de Selectividad. Quién sabe si lo ocurrido en el campo de la educación española en el par de años transcurridos no habrá convencido a los miembros de la institución de la necesidad de poner de una vez pie en pared.

Y, ya puestos, no estará de más recordar a nuestros académicos algo que sin duda no ignoran. Los derechos de los hablantes de esa lengua que es la de todos se siguen pisoteando en noviembre de 2022 en los centros escolares de muchas partes de España, empezando por los de Cataluña y Baleares, por lo que sería de agradecer que la RAE se pronunciara también sobre el particular. No tanto para conocer qué opina, lo que debería darse por descontado, espero, a estas alturas –en 2010 su director de entonces, José Manuel Blecua, se declaraba partidario de la inmersión lingüística en catalán–, como para que el prestigio y la autoridad de la institución sirvan de aliento a los sufridos movimientos ciudadanos que defienden en el aula y en la calle la enseñanza en español. El mísero 25%, ya saben. Al fin y al cabo, la homóloga de la RAE en Cataluña, la Sección Filológica del Instituto de Estudios Catalanes, no ha tenido ni tiene empacho alguno en defender una y otra vez justo lo contrario.


La RAE al habla

    23 de noviembre de 2022
Cualquiera que se haya tomado la molestia de analizar la evolución de la enseñanza pública en Baleares a lo largo de las últimas décadas y en lo que se refiere al uso de las dos lenguas cooficiales habrá constatado, no sin cierto asombro, lo mucho que se asemeja a la habida en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol y, en particular, desde que en 1992 se generalizara la implantación del modelo de inmersión lingüística, aplicado ya como programa piloto desde el curso 1983-1984. Y digo lo del asombro por un par de razones principalmente. En primer lugar, porque el peso del catalanismo en la sociedad balear era, y sigue siendo, si no exiguo, sí bastante liviano. Luego, porque en estos años finales del pasado siglo, mientras en Cataluña gobernaba Convergència i Unió, en Baleares lo hacía el Partido Popular. ¿Es posible que, aun así, la enseñanza pública evolucionara de forma pareja? Sí, es posible, siempre y cuando nos ciñamos al uso vehicular de las lenguas y al carácter pionero de Cataluña con respecto a Baleares. En otras palabras: en este terreno la administración educativa balear ha sido una fiel imitadora de su hermana mayor catalana.

Con todo, el mismo año en que el nacionalismo catalán ponía en marcha su plan de colonización de la escuela pública mediante la inmersión en la llamada lengua propia de la Comunidad, en el Boletín Oficial del Estado se publicaba una resolución de 18 de junio de 1992, firmada por el entonces secretario de Estado de Educación, Alfredo Pérez Rubalcaba, por la que se regulaba “la elaboración de proyectos curriculares en el ámbito de la Lengua y la Literatura de la Comunidad de Baleares”. El texto advertía de que la resolución se dictaba “previa consulta a la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares” –en aquella época las competencias no habían sido aún transferidas– y hacía hincapié en la necesidad de que en la etapa infantil el niño tuviera un “acercamiento afectivo y vivencial a la lengua propia del territorio en el que vive”, o sea, según el Estatuto de Autonomía, el catalán. Y en este sentido añadía: “(…) es preciso pensar en la posibilidad de implantación de programas como los de Inmersión Lingüística (…)”. La huella del modelo implantado en Cataluña era evidente.

Cinco años más tarde, esa huella encontraría en la ingenuidad y la torpeza del PP balear un terreno abonado. Fue, en efecto, un gobierno presidido por el popular Jaume Matas el que aprobó el llamado “decreto de mínimos” (decreto 92/1997, de 4 de julio), por el que se establecía que el número de horas lectivas que tenían que impartirse en catalán debía ser “como mínimo igual” al de las impartidas en castellano. Un umbral del 50% que, en manos de los gobiernos de izquierda y nacionalistas que vinieron a continuación, ha terminado siendo en la práctica totalidad de los centros públicos de cerca del 100%, como han demostrado los informes elaborados por la asociación de profesores PLIS a partir de los proyectos educativos de cada uno de estos centros. Lo mismo que en Cataluña, en una palabra.

De ahí que produzca vergüenza ajena uno de los argumentos utilizados por esa mayoría de magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Baleares –tres de cinco, encabezados por el ponente Gabriel Fiol, notorio catalanista galardonado por la independentista Obra Cultural Balear– que han denegado a un padre de familia las medidas cautelares que solicitaba para su hija a fin de que esta pudiera cursar en el presente curso un 25% de la enseñanza en castellano a la espera de un pronunciamiento judicial firme. Me refiero al de que ninguna de las sentencias anteriores invocadas por el demandante –en concreto, las relativas a Cataluña y a la obligación de la Generalidad de aplicar ese 25% en la enseñanza– sienta jurisprudencia y debe aplicarse, por tanto, a Baleares. ¿Existe acaso alguna diferencia entre la educación balear y la catalana en lo referente al uso vehicular de las lenguas en los centros públicos y en parte en los concertados? A estas alturas, ninguna, como no sea el grado de descaro y provocación con que actúa cada una de las administraciones, en lo que la catalana, justo es reconocerlo, lleva una ventaja considerable.

Pero hay otro argumento al que han recurrido los tres jueces partidarios de denegar las medidas solicitadas por este ciudadano, y es el del interés general. A su juicio, el que esa alumna pudiera recibir, a la espera de la sentencia, un 25% de enseñanza en castellano, o, lo que es lo mismo, una sola y mísera asignatura impartida en esta lengua en vez de en catalán, desbarataría de modo innecesario el interés social y general. Un interés social y general que supera, según la resolución, “en cuanto a la intensidad de su necesaria protección a cualquier interés particular del recurrente”. Lo que leen. Y el responsable del texto es un Tribunal Superior de Justicia, el de las Islas Baleares, España, donde la lengua oficial del Estado y única que “todos los españoles tienen el deber de conocer y el derecho a usar” (CE, 3.1) es el castellano.

Aun así, no todo está perdido. De una parte, la sentencia definitiva sigue pendiente, mal que le pese a la presidenta Francina Armengol, que no tuvo ayer empacho ninguno en calificar de “buena noticia” la denegación de las medidas cautelares. De otra, lo ocurrido revela que existen al menos en Baleares dos magistrados de una integridad ejemplar –y cuando digo magistrados, entiéndase aquí magistradas– que han emitido un voto particular en el que se deconstruye punto por punto la argumentación de sus colegas de tribunal.