Dice Andreas Schleicher —responsable de Educación de la OCDE y, en consecuencia, de los sucesivos informes PISA— que «en el siglo XXI debe haber un enfoque diferente en la enseñanza». A su juicio, el que los alumnos españoles hayan logrado en las pruebas de habilidades prácticas resultados incluso peores que los ya de por sí calamitosos obtenidos en ciencias, matemáticas o comprensión lectora —esto es, por recurrir a una de las preguntas del examen, el que uno de cada tres quinceañeros patrios no sepa encontrar la ruta más corta en un mapa de carreteras—, demuestra que nuestros jóvenes carecen de creatividad o, lo que es lo mismo, que sus profesores no ponen el énfasis suficiente en «estudiar de forma creativa los conocimientos». La culpa, pues, la tiene el método. Según Schleicher, hay que cambiar, sí o sí, de metodología, que es como decir, en muchísimos casos, que hay que cambiar de profesor.

Sin duda. La cosa no funciona, y algo habrá que hacer para subsanar ese déficit de creatividad y, digo yo, de espíritu crítico de los jóvenes españoles. Ahora bien, lo que a mi entender resulta más preocupante es que el día en que Schleicher se manifestó de ese modo tenía a su lado a la secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, que también se manifestó al respecto. En estos términos: «Hace falta un cambio radical en la metodología de la enseñanza, (que es) anticuada (y) pone todo el énfasis en el aspecto memorístico». ¿De qué enseñanza estaba hablando la secretaria? Por supuesto, no de la primaria, donde la llamada renovación pedagógica arrasó hace ya décadas todo vestigio de memoria y de transmisión del conocimiento. Tampoco de la secundaria, que la Logse convirtió en una prolongación de la primaria. Quizá se refiriera a algún reducto de la vieja enseñanza media, tan extraordinario en todo caso como aquel poblado galo de Astérix y compañía.

No, secretaria, la memoria y su cultivo fueron barridos de la escuela hace ya mucho tiempo. Lo que se estila desde entonces es la «tabula rasa», condición «sine qua non» de la tan alabada comprensividad. Con los resultados de todos conocidos, por cierto.

(ABC, 5 de abril de 2014)

Memoria y desmemoria educativas

    5 de abril de 2014
En un artículo publicado ayer aquí mismo, Mercè Vilarrubias volvía sobre el asunto que ya le ocupó en su valiente y utilísimo Sumar y no restar. Este asunto es la creencia, convertida en doctrina por el nacionalismo catalán, de que la inmersión lingüística favorece la cohesión social hasta el extremo de que cualquier otro modelo educativo no puede sino acarrear su quiebra. Por supuesto, tal y como demuestra Vilarrubias, esa creencia no tiene base alguna. Ni racional, ni factual. En otras palabras: no existe ningún vínculo entre inmersión y cohesión, aparte del eco de una vulgar rima consonántica. Si los apóstoles de la escuela catalana insisten en pregonar lo contrario es justamente para blindarse ante cualquier crítica, para no tener que dar explicaciones de sus actos, próximos —y la justicia se encarga de recordárnoslo casi cada día— al delito. La cohesión social depende de múltiples factores, y entre ellos, muy en primer plano, los educativos. Pero esos factores educativos son la calidad, la equidad y los índices de fracaso escolar. La lengua vehicular no está ni se le espera.

Excepto en la Cataluña nacionalista. Porque este es, al cabo, el problema. Estamos tan acostumbrados a reducir nuestro marco analítico al que los propios nacionalistas nos imponen, que a nadie se le ha ocurrido, que yo sepa, contraargumentar del siguiente modo: de acuerdo, demos por bueno que la inmersión lingüística —o sea, la existencia de un único idioma vehicular— es el factor educativo determinante de la cohesión social; siendo así, ¿a qué espera el Gobierno central para recuperar sus competencias plenas en educación y establecer un modelo educativo cohesionador para el conjunto del territorio nacional en que el castellano sea la única lengua vehicular? ¿O acaso no merecen los españoles, tomados como un todo, el mismo privilegio del que hasta ahora sólo se ha beneficiado una parte, la de aquellos que también disfrutan de la condición de catalanes? ¿O acaso no son todos sin distinción, hayan nacido donde hayan nacido y residan donde residan, ciudadanos libres, iguales y fraternos?

No hace falta añadir cómo sería recibido en la Cataluña nacionalista semejante contraargumento. Se armaría la de Dios es Cristo. Que si supone una agresión contra Cataluña; que si se trata de una medida totalitaria, dada la pluralidad idiomática española; que si estamos ante una vuelta al franquismo; todo menos reconocer su identidad con el argumento al que los propios nacionalistas recurren para defender su statu quo educativo. Pero esa ampliación del foco, ese convertir por sistema los asuntos catalanes en asuntos españoles, no debería utilizarse tan sólo como reactivo. También como acto afirmativo. Todo cuanto afecta a Cataluña afecta a España entera. Lo que significa que todos los españoles, hayan nacido o no en Cataluña y residan o no residan en esa Comunidad, tienen algo que decir sobre sus asuntos. Y ese algo adquiere proporciones considerables cuando el tema en cuestión trasciende el campo familiar e interesa el espacio público. La inmersión lingüística, por ejemplo. O, ya que estamos y no parece que vayamos a salir pronto de ella, la pomposamente llamada «transición nacional».

No se me escapa que tres décadas y media de nacionalismo gobernante tienen que haber hecho mella por fuerza en las conciencias y en las costumbres. Uno no es de piedra. Pero los catalanes, si en verdad aspiramos a seguir siendo libres, iguales y fraternos, o sea, a seguir siendo españoles, no tenemos más remedio que reafirmar nuestra españolidad. Y no me refiero ahora a simbologías o identidades. Sólo a algo tan simple y, sin embargo, tan olvidado como es el convencimiento de que los problemas de los demás españoles son nuestros problemas, del mismo modo que los nuestros son los suyos.

(Crónica Global)

Para seguir siendo españoles

    2 de abril de 2014