A los jóvenes de UDC no les hizo ninguna gracia que el presidente Montilla utilizara también el castellano en su declaración institucional del martes. Les pareció una irreverencia, como si alguien entrara en una mezquita y se negara a descalzarse. Llevan razón, esos chicos. El templo del nacionalismo tiene sus reglas, y el uso privativo del catalán en toda clase de alocuciones, y muy especialmente si se trata de días señalados, no es la menor. Ahora bien, más allá del dolor que haya llegado a causar semejante profanación en las almas nacionalistas, lo verdaderamente significativo es que la profanación se haya producido en estos momentos, o sea, cuando al presidente de la Generalitat le quedan un par de telediarios. De haberse producido antes —por ejemplo, desde el primer día en que Montilla habló como presidente de la institución—, quién sabe si hasta los cachorros democristianos estarían ya a estas alturas amansados.

Claro que, en el fondo, lo que más le habría convenido al presidente es dirigirse al pueblo únicamente en castellano. Otra de las lecciones de su declaración del martes es que, a pesar de las clases de catalán que prometió tomar a comienzos de legislatura y que supongo que habrá tomado religiosamente, el hombre sigue muy lejos del nivel C. Así, a primera vista, yo diría que está ahora mismo entre el A y el B. Lo que ignoro es si sube o baja, Y esa deficiencia tiene, por supuesto, sus secuelas. Un ejemplo. Las crónicas indican que el presidente pidió a los distintos contendientes en liza juego limpio. Es decir, «joc net». Pues bien, oyéndole en catalán, era imposible saber si pedía «joc net» o «lloc net». Lo cual, convendrán conmigo, no constituye una ambigüedad cualquiera. Después de los casos «Millet» y «Pretoria», que estuviera pidiendo un lugar limpio resultaría incluso mucho más acorde con la situación de la política catalana que la simple y tópica reclamación del juego limpio.

Por no hablar de la alusión a la trascendencia de estos comicios. Sin cortarse un pelo, el presidente afirmó que iban a marcar el camino de «Cataluña no en una legislatura, sino (…) en toda una generación». Ahí es nada, el camino de Cataluña y durante quince o treinta años —según si echamos mano de las generaciones de Ortega o del cómputo tradicional—. Como no hay por qué dudar de que Montilla está en su sano juicio, me temo, queridos lectores, que estas van a ser las últimas elecciones autonómicas en unos cuantos lustros. O, lo que es lo mismo, que vienen tiempos de dictadura.

ABC, 11 de septiembre de 2010.

Lecciones de una declaración

    11 de septiembre de 2010
Todos los finales de legislatura se asemejan a un fin de fiesta. No porque los políticos se lo hayan pasado en grande, que también, sino por el empeño que ponen esos servidores de lo público en apurar sus copas. Téngase en cuenta que el presupuesto que manejan suele ser siempre extraordinario. Lo cual no significa que aquel año dispongan de más dinero que los tres anteriores; significa tan sólo que aquel año van a gastar incluso lo que no tienen, sin pararse en barras. Y ello, lo mismo en el terreno económico que en el ideológico. Vaya, que van a endeudarse —a endeudarnos— hasta las cejas.

Por supuesto, ese frenesí adopta distintas formas. La más común es la subvención. Véase, por ejemplo, la que el Departamento de Cultura acaba de conceder de prisa y corriendo a un trust de empresas relacionadas con el mundo de la edición, el Grup Cultura 03, por un valor de un millón de euros, para que saque a la calle un nuevo periódico en catalán. El Grup Cultura 03 fue fundado, entre otros, por Eduard Voltas, actual secretario de Cultura del Departamento, quien también dirigió y editó la revista «Sapiens», producida por una de las empresas integradas en el trust. Pues bien, si una vez echados los dados electorales, estos no son favorables a la continuidad del tripartito o, más en concreto, a los intereses de ERC, lo más probable es que Voltas vuelva al redil editorial. O sea, a ese proyecto empresarial que él mismo fundó y al que su gobierno acaba de regalar ese milloncete de euros, que viene a sumarse a los repartidos en ejercicios anteriores.

Pero, aun siendo la más vistosa, no es esa la única forma de apurar la copa que tienen nuestros políticos. Está también la del decreto. Como el que acaba de rescatar del olvido el consejero Josep Huguet —ya había amagado con algo parecido hace unos años— y que pretende obligar a los profesores universitarios a poseer el nivel C de lengua catalana si quieren impartir sus clases en la Comunidad. Es verdad que el anuncio de Huguet ya ha sido matizado por las palabras del consejero portavoz Baltasar, que ha desmentido que la medida vaya a aplicarse a los docentes en activo, al tiempo que aseguraba que no iba a aprobarse sin el consentimiento de los rectores de universidad. Pero, con todo, no hay duda que la legión independentista que nos gobierna está echando el resto.

Así pues, querido lector, «take it easy». De aquí al día de las elecciones todavía asistiremos a unas cuantas demostraciones más de ese fin de fiesta. Hasta que no quede en la copa ni una mísera gota.

ABC, 4 de septiembre de 2010.

Fin de fiesta

    4 de septiembre de 2010