El título de este artículo, lector, es un título robado. Pertenece a una crónica de Julio Camba enviada desde Berlín y publicada en la primera de El Sol hace más de un siglo, cuando en las portadas de los periódicos dominaban aún la opinión y la crónica. Así, en esta de El Sol del 3 de junio de 1920, aparte de la crónica de Camba, había otra firmada por José María de Sagarra, también desde Berlín, y tres sueltos editoriales. El resto, apenas una quinta parte de la superficie, eran telegramas de agencia sobre los conflictos sociales de la época, debidamente ensartados.

Pero, como les decía, el título de este artículo no es mío, sino de Camba. Y si me lo apropio es porque, al igual que el texto que le sigue –centrado, como otros muchos, en los problemas de subsistencia derivados de la devaluación del marco como consecuencia de las reparaciones de guerra acordadas en el Tratado de Versalles–, resulta de lo más actual. Este arranque, por ejemplo: “¡Qué agradable debe ser para un buen patriota el ver que cuánto más se sacrifica por la patria, más dinero ingresa en su cuenta corriente! El periodismo y la política nos ofrecen numerosos ejemplos de hombres cuya fortuna ha ido aumentando a medida que aumentaba su patriotismo y que, al final, cuando hablaban de la patria pensaban en el talonario, y cuando pensaban en el talonario, hablaban de la patria. Como estos hombres, los comerciantes alemanes, si han ganado en los últimos años muchísimos miles de millones, lo han hecho de un modo tan patriótico que el pueblo, agradecido, debe erigirles un monumento, y si no lo hace, supongo que es porque el pobre se ha quedado sin una sola cucharilla que llevar a la fundición.”

Yo no sé ver en esta descripción sino un retrato afinadísimo de lo que ha sido el pujolismo. Desde su génesis, hace ya más de cuatro décadas. La patria y el talonario, el patriotismo del tanto por ciento. Y si me parece obligado recordarlo tal día como hoy es porque el pasado 25 de julio se cumplieron 8 años de la publicación de aquella carta en la que Jordi Pujol confesaba tener una fortuna oculta en Andorra desde el mismo año de su acceso a la Presidencia de la Generalidad, fruto supuestamente de una herencia que le habría dejado su padre, fundador de Banca Catalana, y cuyos beneficiarios debían ser su mujer, Marta Ferrusola, y los siete hijos del matrimonio. En la carta, una verdadera palinodia por su comportamiento a lo largo de 34 años, el expresidente de la Generalidad y principal abonador del estercolero independentista que desembocó en el intento de golpe Estado de 2017 pedía perdón “a tanta gente de buena voluntad” que podía sentirse defraudada. Él no quería, venía a decir. Cataluña era su máxima preocupación, lo que llenaba sus días y sus noches, y, claro, de lo que hacía o dejaba de hacer la familia no podía cuidarse. Aún hoy, con 92 años a cuestas y en espera de juicio junto a su mujer y sus hijos, sigue sosteniendo que lo ocurrido le duele más por la familia y por Cataluña que por él.

Lo cierto es que la instrucción judicial realizada hasta junio de 2020 ya destacaba que a lo largo de la investigación no se había “aportado elemento alguno que permita contrastar la veracidad” de la versión facilitada por Pujol en la carta, ni se había “suministrado explicación alguna razonable y contrastable” por parte de los miembros de la familia investigados; de ahí que propusiera juzgarlos por formación de organización criminal. En mayo de 2021, al tiempo que el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz decidía archivar la causa contra Marta Ferrusola por padecer demencia senil, la Fiscalía Anticorrupción pedía penas de 9 años para Jordi Pujol, 29 para su primogénito Jordi Pujol Ferrusola, 17 para su mujer, y entre 8 y 14 para el resto de los hijos por delitos de organización criminal o asociación ilícita, blanqueo de capitales, delito contra la Hacienda Pública y falsedad documental, amén de la pago de las pertinentes sanciones económicas. Al mes siguiente, la Abogacía del Estado hacía públicas sus conclusiones, en las que el expresidente quedaba exonerado de toda culpa, la cual recaía casi íntegramente en su hijo mayor y su mujer, con una petición de penas parecida a las solicitadas por Anticorrupción. En un auto fechado el 15 de junio de 2021, el juez Pedraz acordaba abrir juicio oral contra la familia y otras 11 personas –la mayoría empresarios afines al partido– acusadas de cooperación necesaria, y requería al primogénito el depósito de una fianza de 7,5 millones de euros y de 400.000 a su mujer. Desde entonces, ninguna noticia sobre la fecha en que ha de celebrarse el juicio.

Comprendo que la actualidad mande y que, por ejemplo, la confirmación por parte del Supremo de la condena de cárcel a Griñán por su responsabilidad en el caso de los ERE –el mayor caso de corrupción de un partido político, en lo que se refiere a la cantidad de dinero defraudada, de nuestra democracia– continúe llevándose los titulares. Sobre todo por las secuelas exculpatorias que ha generado en el ámbito gubernamental y en el propio PSOE; la última, la de Felipe González afirmando que “si pudiera designarlo hoy para formar parte de un Gobierno de España (…), lo volvería a hacer”. Pero no por ello deberíamos olvidar, en tanto el juicio no se celebre, el caso de la familia Pujol. Porque ese enriquecimiento inmoral y patriótico se ha hecho a costa del erario público y ha contribuido a la mayor quiebra convivencial habida, en lo que llevamos de democracia, entre catalanes y entre españoles. Confiemos, pues, en que no tarden mucho en llegar la verdad y la justicia.

El diputado de Ciudadanos en el Congreso Guillermo Díaz, orador talentoso y portavoz del “Equipo para la Refundación Liberal” engendrado por el Comité Ejecutivo del partido para cumplir con la promesa de su presidenta, Inés Arrimadas, al día siguiente de perder toda representación en el Parlamento de Andalucía; Guillermo Díaz, decía, ha declarado que están “dispuestos a crear unas nuevas siglas que aguanten”. Vayamos, pues, con el propósito expresado por el representante de los depositarios de la promesa.

Para empezar, quiero creer –es más, estoy convencido de ello– que en la expresión que hace al caso el verbo crear está usado en la acepción de ‘dar lugar a algo como consecuencia de una o varias acciones’ y no, por ejemplo, en la de ‘producir algo de la nada’. En otras palabras: lo que salga del experimento refundacional no puede sino tener como fondo de armario los principios que concurrieron en la fundación de Ciudadanos, más o menos remozados en los distintos idearios aprobados en las Asambleas del partido y adaptados, si acaso, a las necesidades políticas del momento. Parece que el próximo mes sabremos con algo más de precisión por dónde van a ir los tiros.

Lo de las “nuevas siglas que aguanten” tiene más tela. De entrada, se entiende que aquí las siglas están por el nombre. Lo que en realidad se plantea es un cambio de nombre y, de resultas de ello, un cambio de siglas. En un mundo como el presente, gobernado por la imagen y lo simbólico y en el que todo, o casi, es puro reclamo, las siglas, nos guste o no, han ido suplantando los nombres. Incluso ese Ciudadanos que todavía existe es más Cs que otra cosa.

Pero lo que en verdad me tiene intrigado es lo del aguante. ¿Qué son unas siglas que aguanten? ¿Qué es un nombre que aguante? Demos por bueno que estamos hablando de la resistencia en el tiempo y no en el espacio. Hasta que sea refundado, Ciudadanos habrá aguantado cerca de 17 años. Y si quieren tomar como referencia la publicación del manifiesto que llamaba a fundarlo, cerca de 18. No está nada mal tratándose de un partido político de nuevo cuño. Además, como recordó Arcadi Espada en una columna (“Que le pongan Clientes”, El Mundo, 21-7-2022), es difícil encontrar un nombre más apropiado para un partido que se definía de acuerdo con los derechos de ciudadanía –seriamente amenazados, entonces como ahora, por el nacionalismo imperante– que el que sugirió con manifiesto acierto –y perdón por la redundancia– una de las firmantes del manifiesto fundacional, Teresa Giménez. Si los principios no van a variar en lo esencial, ¿a qué viene privarse de un nombre que tan bien los encarna?

La culpa la tiene el desgaste de la marca, aducen los actuales gestores y a la vez gestantes de lo por venir. Como si Nokia, pongamos por caso, cuando su estrepitoso derrumbe de ventas de hace más de una década hubiera renunciado a la marca sustituyéndola por otra, a fin de salvar la cara de quienes habían gestionado de forma tan deplorable aquella crisis. No seré yo quien rompa una lanza por el futuro de Ciudadanos o el ersatz que se le adjudique en adelante. Pero, ya que hablamos de marcas, dudo que alguna empresa emprendiera una iniciativa de este tipo sin cambiar previamente el CEO y demás directivos.

Y aún hay más. Dícese que el partido en Cataluña es muy reticente al proceso –al de cambio de nombre, se entiende; lo otro se da por descontado–. Que apuestan por mantener el Ciudadanos y hasta el Ciutadans, como han hecho desde el nacimiento de la formación, por más que las siglas vayan a mudar en el resto de España. El hecho diferencial, vaya. Y no sólo dentro del propio partido. También como el PSC en relación con el PSOE. O como el viejo PSUC con respecto el PCE. O como En Comú Podem en relación con Unidas Podemos. Un partido aparte. Si así fuera, a Cs ya no se le podría reprochar, desde el propio nacionalismo, no ser un partido catalán. Aunque dudo mucho que esto pudiera calificarse de buena noticia.

Unas siglas que aguanten

    5 de agosto de 2022