“Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”. Esta máxima de Francisco de Quevedo les viene que ni pintada a los partidos políticos cuando se acercan elecciones y hay que ponerse a elaborar un programa. Lo que no quita que en determinadas cuestiones algunos partidos opten por la callada. Es el caso del Partido Popular y del controvertido asunto del aborto, también llamado eufemísticamente “interrupción voluntaria del embarazo”. Así, en el programa de las legislativas de 2019 figuraba el compromiso de ayudar a las mujeres embarazadas “para que ninguna mujer deje de ser madre por su situación económica social o familiar”, pero no había ninguna referencia a la ley de plazos de 2010, que el propio PP había llevado en su momento al Constitucional, donde doce años más tarde sigue esperando turno. Tampoco la había al anteproyecto de ley de 2014 del ministro Ruiz Gallardón, un compromiso electoral que venía a ser un regreso a la ley primigenia de 1985, la de supuestos, y que el presidente Rajoy decidió finalmente no presentar, lo que comportó la renuncia de Gallardón al Ministerio de Justicia del que era titular y su retirada de la política. Eso sí, a cambio las Cortes, donde el PP contaba con mayoría absoluta, aprobaron en 2015 una mini reforma que, sin alterar el modelo de plazos, eliminaba la posibilidad de que las menores de 16 y 17 años pudieran abortar sin el consentimiento de sus padres o tutores aunque sí con la obligación de comunicarles con anterioridad la decisión que habían tomado.

¿Qué ha pasado a lo largo de la docena de años que median entre la ley de 2010 y el pasado 30 de agosto, día en que el Consejo de Ministros dio el visto bueno a una nueva reforma de la ley, que, más allá de otras medidas, no sólo restituye la posibilidad de que los menores de 16 y 17 puedan abortar sin la aprobación paterna, sino que además, y al contrario de lo estipulado en la ley de 2010, deja de considerar preceptiva la información? ¿Qué ha pasado en nuestro entorno más cercano, ya sea España misma o el conjunto de la UE, y sobre todo qué ha pasado en el propio Partido Popular? En cuanto a lo primero, un simple repaso a la legislación existente en los distintos países de la Unión permite concluir que, excepto en el caso de Malta, donde el aborto está prohibido, o de Polonia, donde está restringido al máximo, en los demás se da una regulación extremadamente dispar, si bien son mayoría aquellos que permiten el aborto sin restricciones –o sea, sin necesidad de permiso paterno– a partir de los 16 o en los que ni siquiera se fija un mínimo de edad. Difícilmente España puede quedar al margen de dicha tendencia.

Y difícilmente puede quedar, claro, el propio Partido Popular. El cambio de rumbo emprendido por la dirección del partido y su presidente de entonces, Mariano Rajoy, hace ocho años, cuando decidió retirar la ley Gallardón, era, por descontado, uno de tantos incumplimientos electorales a que nos tienen acostumbrados los partidos. Ignoro si se ajustaba o no a la máxima de Quevedo, pero poco importa: no hay duda de que sí respondía a esa tendencia más general a la que me refería anteriormente y a las voces que, dentro del propio partido, se oponían a una vuelta atrás. El PP es un partido liberal conservador, por lo que esa clase de asuntos, que afectan a la moral y a la fe de afiliados y votantes, resultan por fuerza tan delicados como divisivos. Es evidente que las recientes y matizadísimas declaraciones de Isabel Díaz Ayuso en el sentido de que no se puede obligar a su juicio a una joven de 16 años a seguir con un embarazo no deseado no son compartidas por un sector importante de la formación. Pero también lo es que otra parte del partido está de acuerdo con ellas. El propio Núñez Feijóo, aparte de admitir que se trata de un derecho y de que sería bueno alcanzar un gran consenso social y político sobre la cuestión, se ha manifestado a favor del consentimiento paterno –y se entiende que de la información previa a dicho consentimiento, en consonancia aquí con Ayuso–. Con todo, se ha agarrado, al igual que han hecho otros dirigentes del partido, a la tan demorada sentencia sobre el recurso interpuesto en 2010 ante el Constitucional.

Aunque en política lo del “mañana será otro día” vale su peso en oro, un partido que aspira a gobernar y que tarde o temprano tendrá que mojarse sobre un asunto que tanto le incomoda debería tener una postura clara, definida y lo más inclusiva y considerada posible –lo que conlleva, entre otras cosas, el respeto al derecho a la objeción de conciencia de la clase médica y al voto en conciencia de sus propios diputados y senadores–. Al fin y al cabo, los sondeos indican que el crecimiento del PP se está produciendo sobre todo por el centro, allí donde el votante socialdemócrata y liberal, mucho más laxo en esta materia, parece haber renunciado en buena medida al voto por Ciudadanos y ha empezado a romper amarras con el PSOE de Pedro Sánchez.

La mayoría de edad en España está en los 18, es verdad, pero podría estar en los 21 o en los 23, como antaño. Y, de paso, el derecho al voto, que suele ir aparejado a esa mayoría. La tendencia a irla reduciendo e incluso a prescindir de ella y a considerar a los jóvenes de 16 y 17 como adultos también se halla bastante extendida, para bien o para mal. Y eso que la ciencia nos dice que el cerebro humano y, en concreto la corteza prefrontal –responsable de habilidades como la planificación, el establecimiento de prioridades y el control de los impulsos–, no alcanza su plena madurez, en el mejor de los casos, hasta los 25 años. ¿Se imaginan ustedes adónde iríamos a parar si el conocimiento científico influyera de algún modo en la toma de decisiones políticas? Así las cosas, lo más sensato, a mi entender, es tratar esa clase de asuntos con el máximo sentido común. Aunque también es cierto que últimamente este sentido no abunda, en especial entre nuestra clase política.

Si algo no tiene la manifestación convocada el domingo 18 de septiembre en Barcelona por Escuela de Todos –agrupación de 15 asociaciones a cuyo frente se halla la Asamblea por una Escuela Bilingüe– es un carácter meramente educativo. Por más que el lema de la convocatoria sea “Español, lengua vehicular”, lo que en ella se vindica, aparte del cumplimento inmediato de una sentencia refrendada por el más alto tribunal de Cataluña, es un derecho de ciudadanía que resulta de nuestra Constitución. En otras palabras: lo que hoy está en juego y por lo que se movilizarán quienes respondan el 18 al llamamiento de Escuela de Todos atañe al imperio de la ley y a nuestra condición de ciudadanos libres e iguales.

Puede que algunos de ustedes consideren lo anterior como algo ya sabido. De ser así, les pido disculpas por la redundancia, pero me da la impresión de que en los medios no se ha insistido lo suficiente en la trascendencia que esa movilización –y cuantas del mismo signo la han precedido y sin duda la seguirán– tiene para el conjunto de españoles. No diré que estemos ante algo equiparable a lo de septiembre y octubre de 2017, con el golpe de Estado precocinado y finalmente perpetrado por el Gobierno de la Generalidad, aunque sí estamos, a mi entender, ante algo no muy distante: un ejecutivo autonómico que se salta la ley que justifica su propia existencia. Es verdad que en esta ocasión el Gobierno de Pedro Sánchez no le ha hecho frente, como sí hizo entonces el de Mariano Rajoy, sino que ha renunciado a su facultad de impugnar ante el Tribunal Constitucional el decreto de la Generalidad por el que se elimina la condición del castellano como lengua vehicular de la enseñanza y la consiguiente garantía de que una cuarta parte como mínimo de las horas lectivas sean impartidas en esta lengua. Pero es justamente esa complicidad nada involuntaria, ese mirar para otro lado, del socialismo patrio –y aquí tanto vale el PSC de Illa e Iceta, que facilitaron la promulgación del decreto con la aprobación de una ley anterior, como el PSOE de Sánchez y sus mesas dialogantes con Aragonès y compañía– lo que convierte la manifestación del 18 en una cita todavía más imperiosa, si cabe.

Una cita para el conjunto de los españoles, claro está; no sólo para los catalanes. El desafío nos emplaza a todos: entidades, partidos, ciudadanos de España entera. En lo tocante a Cataluña, ya han dado su apoyo al acto Ciudadanos, PP, Vox y Valents. No hace falta decir que al PSC, en esta ocasión, no se le espera, ni siquiera en los minutos finales. Lo cual es consecuente con su contrastado nacionalismo y su responsabilidad primera –junto a aquel PSUC que tanto trabajó para hacer posible el pujolismo– en el modelo de inmersión lingüística obligatoria. Ignoro a estas alturas si los tres partidos de ámbito nacional antes citados van a estar representados también por sus máximos dirigentes estatales. Sería bueno que así fuera, porque realzaría el carácter nacional de la convocatoria y, sobre todo, el compromiso adquirido por cada una de esas fuerzas políticas con sus votantes, presentes y futuros.

La labor de la sociedad civil, de la verdadera sociedad civil, la no subvencionada por el poder de turno –a propósito, no está de más recordar que Escuela de Todos no dispone de otro capital para organizar la producción de la manifestación que los donativos que recibe de particulares–, es empujar a los partidos a tomar decisiones que a menudo llevan en forma de promesas en sus respectivos programas electorales. A tomarlas y a no demorarlas más de la cuenta. Según apuntan todos los sondeos, es muy probable que dentro de año y medio tengamos en España un gobierno de color distinto al actual conformado por algunos de los tres partidos nacionales antes mencionados. Hasta entonces no quedará más remedio que ir recordando tanto como sea preciso la constante vulneración de la ley por parte del Gobierno la Generalidad y de cuantos ejecutivos autonómicos –como el de Baleares, por ejemplo– siguen la misma senda. Y cuando las urnas se pronuncien, habrá que exigir al nuevo gobierno de España el cumplimiento de los compromisos contraídos en este campo. O sea, las medidas imprescindibles y apremiantes para que nuestra lengua común no deje de ser nunca más, en el conjunto del territorio nacional, lengua vehicular de la enseñanza.

Ah, se me olvidaba: les espero el domingo 18 de septiembre en Barcelona, a las 12:30, en Arco de Triunfo. A poco que esté en sus manos acudir, no falten a la cita.

Nos vemos el 18 en Barcelona

    1 de septiembre de 2022