Suelen llegar entrada la mañana, en forma de cuantías y gráficos, como un chaparrón repentino al que no ha precedido goteo alguno. Innominados, sin rostro, privados de una fe de vida que los acredite y nos instruya; mera estadística. Son, desde hace ya demasiado, nuestros muertos de cada día. Sólo cuando alguno de ellos reviste a la vez la condición de conocido, de amigo y no digamos de familiar, la frialdad de las cifras deja paso al duelo. No al acostumbrado, por desgracia, dadas las restricciones a que nos somete la pandemia, pero sí al que cada uno, en su reclusión involuntaria, es capaz de llevar y sentir.
         Esa mortalidad inusitada que ha situado a España, para vergüenza de nuestros gestores públicos, en la cúspide del palmarés mundial atendiendo al número de fallecimientos por millón de habitantes, nos ha traído asimismo los peores presagios. En el orden económico y, por descontado, en el social. Nuestra dependencia de un sector como el turismo, basado en el libre desplazamiento de las personas a través del orbe, sumada a la endeblez de un sistema productivo falto de reformas y al insensato incumplimiento por parte del Gobierno del objetivo de déficit acordado con Bruselas para 2019 –lo que va a dificultar en el futuro la petición de ayuda a la Unión Europea–, anuncian lo más parecido a unos años negros. Una negritud a la que corresponde en el ámbito social la migración de asalariados hacia las oficinas del paro de resultas del inevitable cierre de empresas, y, en general, el más que previsible arrasamiento de las clases medias, personificadas en la triste y desvalida condición de trabajador autónomo. (Para muestra de malos augurios, los del FMI, que cifraba hace unos días para el año en curso un desplome del PIB español en un 8% y un crecimiento del paro hasta una tasa del 21%). Y, ya como corolario, no deberíamos subestimar las consecuencias que puedan seguirse de la indignación y el malestar de tantos ciudadanos a los que no sólo se habrá hurtado los sueños, sino también muchas realidades de las que se creían, hasta la fecha y con razón, legítimos propietarios.
          Pero, aun así, existe un efecto de la pandemia tan perverso o más incluso que los anteriores y al que no se ha prestado, a mi entender, la suficiente atención. Como es sabido, la mayoría de esos muertos tan nuestros que van quedando por el camino pertenecen a lo que convenimos en llamar la tercera y la cuarta edad. Se trata de personas que apenas vivieron la guerra civil –aunque a muchos sí les tocó sufrir la posguerra– y que vieron su esfuerzo recompensado con la transformación del país y la obtención, para todos sus habitantes, de cotas de libertad, justicia y bienestar jamás imaginadas. Por más que el reconocimiento suelan llevárselo los políticos que protagonizaron la Transición –y acabamos de perder a dos ellos, Enrique Múgica y Landelino Lavilla, este último sin que mediara en su defunción el coronavirus–, fueron los ciudadanos de entonces –que constituyen en gran medida los muertos de ahora– quienes influyeron de forma decisiva, con su determinación y su voto, en que la llegada de la democracia fuera, a un tiempo, un hecho y un éxito. (Lo que no quita, por supuesto, que los representantes políticos de aquellos años sean también merecedores del aprecio y la gratitud de sus compatriotas.)
          Si bien se mira, pues, ese mal bicho que nos asola está golpeándonos en una parte del cuerpo social que no tiene recambio posible: la memoria. Una generación entera se ve diezmada día a día. Y con ella, los valores de los que es portadora. Se me dirá que en cualquier país la memoria se transmite de generación en generación. Que para eso está la escuela. Y la universidad. Y, claro, la acción política e institucional. A quien así discurra no le faltará razón. Pero eso vale para cualquier país de nuestro entorno menos para el nuestro. Aquí vivimos sometidos a la permanente erosión de nacionalismos y populismos, empeñados en barrenar, con cierta contención al principio y ahora ya sin contemplaciones, la convivencia, la libertad y la igualdad de las que llevamos disfrutando, desde hace más de cuatro décadas, los españoles. O, lo que es lo mismo, empeñados en barrenar los propios cimientos de la Transición.
          Las estrategias para lograrlo son diversas, pero una de las más eficaces atañe a la transmisión del conocimiento. En nuestras aulas el conocimiento no sólo ha perdido valor, sino que se ha convertido para muchos en un estorbo. La pedagogía actual rechaza de plano la memoria, en toda su extensión. Y si alguna vez se sirve de ella, no es para trasladar la robustez de un saber cualquiera, sino la deformación ideologizada de un tramo de nuestra historia común, llámese Segunda República, guerra civil, franquismo o Transición –por no movernos de la que tenemos más cerca–.
         Añadan a lo anterior eso que podríamos denominar “el descrédito de la edad”. Vivimos en un mundo donde la insolencia de la juventud es un valor; donde el latiguillo y la improvisación huera pero ocurrente cotizan mucho más alto que el razonamiento pertinente y sosegado; donde la tradición y la continuidad institucional son vistas como rarezas, y donde el respeto a los demás, concretado, entre otras fórmulas, en el trato de usted, es despreciado por el propio presidente del Gobierno de España cuando se dirige al conjunto de los ciudadanos.
            En un mundo así, ¿qué papel aguarda a los supervivientes de esa generación profundamente mermada por la pandemia, esa generación integrada grosso modo por los que tienen hoy entre sesenta y noventa años? ¿El de echarse a un lado? Aunque sólo sea como tributo a la memoria de quienes, formando parte de ella, ya se han ido sin remedio, yo espero que se trate de un papel importante y decisivo. Por su bien y por el de todos los españoles.



La memoria de nuestros muertos

    19 de abril de 2020