Confieso que el día en que descubrí cómo funcionaba eso del uso de las lenguas en la enseñanza valenciana me quedé perplejo. ¿Es posible? ¿Es posible inventarse algo tan complejo, algo tan sujeto a múltiples factores —territoriales, sociológicos, familiares—, algo tan aparentemente irrealizable, en suma, y que la cosa funcione? Según quienes lo han estado gestionando hasta la fecha —o sea, el Partido Popular desde que en 1995 alcanzó el poder en la Comunidad—, así ha sido. Según los catalanistas del lugar —o sea, las fuerzas de izquierda y sus entidades afines—, en modo alguno. Es más, para estos sectores, ese modelo constituía ya el primer paso para la liquidación de la presencia del valenciano en la escuela. Para que ustedes se hagan una idea muy somera de la complejidad del sistema —este espacio no da para más—, sólo les diré que cada centro era un mundo, en el que podía aplicarse uno cualquiera de los tres programas de educación bilingüe existentes, o incluso uno de educación plurilingüe, o incluso ninguno de los anteriores, y que ello podía modificarse de un año para otro de acuerdo con la voluntad de las familias de los alumnos allí escolarizados.

Pero eso se acabó. El consejero de Educación Font de Mora ha anunciado esta misma semana que, a partir del curso 2012-2013, la Comunidad pasará a tener un modelo único, de naturaleza trilingüe, en el que la presencia del valenciano y del castellano será, como mínimo, del 33%, y la del inglés de un porcentaje similar, si bien como máximo. Se trata de un modelo que el PP ya intentó implantar hace años en Baleares —el cambio de color político en el gobierno lo abortó— y que está vigente en estos momentos en Galicia —después de que Núñez Feijoo renunciara a sus promesas electorales de libre elección de lengua—. Se trata, pues, del modelo popular. Aunque no fuera más que para probar la pócima, no saben lo que daría yo por que el PP ganara un día en Cataluña.


ABC, 4 de junio de 2011.

La enseñanza valenciana

    4 de junio de 2011